jueves, 15 de octubre de 2015

Portero automático.


Las chapuzas suponían unos ingresos extras para familias numerosas a las que les costaba trabajo llegar a fin de mes. En mi casa, éramos los pintores. En la del vecino de abajo, vivía el fontanero. Entre ambas familias sumábamos catorce personas. No era extraño que alguien llamara al telefonillo de casa confundiéndose:

- ¿Está el Fonta?

- No, es abajo.

O bien:

- ¿Está el pintor?

- No, es arriba.

Los telefonillos del bloque también servían para abrir la puerta a la policía. En busca de alguien o a preguntar a alguien o a decirle al del 4º que bajara el volumen de la música y a preguntarle si eso que estaban oliendo era droga. También llamaban los tipos de las ambulancias, y subían a un cuarto sin ascensor y se llevaban un poco de miseria agonizante o dañada. Bajaban las camillas mientras sus frentes y espaldas chorreaban abundantemente. Cargaban la vida hacia la muerte, a veces. Se llevaban un anuncio incierto y el hospital nos devolvía un cadáver.

Una vez, un gamberro quemó el portero automático. Las celdas de los pisos y los botones se derritieron y ennegrecieron, y ya nadie preguntó durante una temporada por el pintor por allí. Mi padre y el Fonta cambiaron el portero automático por otro nuevo con los botones de aluminio. 

A veces llamaba al telefonillo un heroinómano preguntando si queríamos comprarle algo. Nunca queríamos, pero cuando bajabas estaba en el portal con una bolsa de la compra llena de cacharros: mecheros de gasolina, radiocasetes para el coche, colonia, discos o lo que fuera. Los tenía baratos. Al rato volvía a llamar, no por ver si habíamos cambiado de opinión, más bien por no tener la memoria en su sitio. 

Si te venían a pegar, llamaban al telefonillo. Los Testigos de Jehová llamaban al telefonillo, y la primera chica de la que me enamoré llamó al telefonillo. Los que vendían aceite de colza a domicilio, llamaban al telefonillo. La vida y la muerte en una voz distorsionada, el olor hediondo del aceite que subía por los tendederos desde las cocinas, y como al hambre le daba igual, algunos dejaron que la muerte les invadiera las tripas. Venid a las cloacas. Y la gente se iba. Abandonaban los portales para no volver. Cuando mi vecino de arriba apuñaló a su cuñado en el brazo y el pobre tipo bajó sangrando como un cochino, dejó un reguero de sangre por todo el portal, justo hasta el escalón bajo el portero automático. Allí se ató un cinturón de cuero en el brazo y cortó algo la hemorragia. Desde arriba, alguien había descolgado el telefonillo:

- No te vayas, por favor - dijo su mujer al otro lado.

Se ha roto muchas veces, como los vecinos. A la señora del 4º vinieron a llevársela. Sus hijas pulsaron el botón compulsivamente para abrir la puerta, y los hombres subieron con la camilla. Mientras bajaban o no, junto al portal, uno de sus hijos pequeños era sujetado por su hermana mayor. Los ojos chorreando y la boca abierta, y vino un tío y llamó al portero automático.

- ¿Está el Fonta?

- No, es abajo.

Y mientras, un crío vio pasar a su madre, visiblemente asustada. Ella le dedicó la mejor de sus sonrisas de agonía y le dijo adiós con la mano, y el niño bajó la cabeza como si se acabara de dar cuenta de que le habían arrancado algo del pecho, que es como se queda uno cuando se le va la madre.

A veces llamaban porque algún chorizo había intentado robarle la moto a mi hermano mayor. A veces llamaba el tipo de la luz y entraba en el portal y dejaba a una familia sin suministro eléctrico. A veces, dejaba sin luz el portal. A veces, algún vecino le amenazaba y el hombre salía corriendo sin cumplir su cometido. 

Periódicamente, llamaba al portero el de los muertos, que venía a cobrar el seguro, pues por alguna extraña razón, saber qué van a hacer con tu cuerpo cuando se está pudriendo, es algo muy importante.

- Al menos tengo los muertos pagados - decía mi madre.

Y así subía y bajaba la muerte. 

No había ascensor allí.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Parques y jardines

Hay un jardín entre dos bloques del barrio. En esa zona de los bloques no suele haber nada, salvo maleza que el ayuntamiento decide cortar cuando intuye que los vecinos podrían salir ardiendo dada la frondosidad que suele adquirir. No es que les importe más allá de titulares feos en la prensa, supongo.

El jardín está vallado con rejas, trozos arrancados aquí y allá de la vida de las personas, que son sus hierros, herrumbrosos y descascarillados, chatarra superviviente que poco a poco se ha ido cubriendo por las enredaderas y los rosales, como si por una vez la vida abrazara a la muerte en el desierto de hormigón. 

A veces he visto a alguna vecina regando.  Saca una manguera del portal hasta el jardín. La mujer entra apartando un trozo de somier metálico.  Las plantas enredaderas suben a través de hierros forjados de un lado a otro. Supongo que esa bóveda se debe de ver desde los pisos superiores. Pero nadie entra en el jardín salvo para regar. Nadie puede tocar lo que hay dentro, salvo los vecinos y algún gato callejero. No hay paseos en su interior, sólo plantas. Los vecinos plantaron eso, supongo, hartos de ver un descampado a sus puertas. No está muy cuidado, pero es frondoso. Apenas puedes intuir algo del interior desde fuera. Quizá, desde arriba, se pueda ver lo que hay dentro, un oasis que libera de la asfixia.

Cuando vuelvo al barrio, recorro la parte exterior hasta llegar a mi bloque. A la izquierda comienza el glorioso casco histórico. A mi derecha, unas enormes jardineras de hormigón dejan vivir dentro a algunos pinos. Uno de los pinos ha resquebrajado la jardinera, los escalones adyacentes y parte del pavimento con las raíces. Puedes subir en una de ellas, recorrerla por un sendero de adoquines rotos hasta una zona con chopos talados hace años. Parece como si el pino quisiera huir del barrio, arrancarse del hormigón, salir corriendo sin mirar atrás. Tal vez es el ser vivo más vivo del paseo ancho, y probablemente acabará partiendo la jardinera del todo, y no podrá huir, caerá desplomado al suelo, y operarios del ayuntamiento se lo llevarán donde quiera que mueran los árboles.

De niño veía cómo mi padre cuidaba las plantas de la jardinera frente a nuestro portal. Recuerdo adelfas y romero y un rosal. Recuerdo una pasionaria y mi padre explicándome que su flor duraba apenas unos días. A mí me parecía la flor más bonita que había visto nunca y pasaba mucho tiempo mirándolas. Quizá fue entonces cuando comprendí que la belleza es efímera y que la muerte nos acompaña. 

Hace unos días fui a ver a mi padre. La jardinera está vacía salvo por una solitaria adelfa. Ha sido limpiada en su totalidad, las vallas han desaparecido. No pregunté por el autor de aquello. Ahora, en la plaza, no hay jardines de ningún tipo. Unos pinos torcidos a punto de caer al fondo, cuatro falsos plátanos, nada más. La plaza está un poco más muerta que de costumbre.

El jardín frondoso está dos bloques más allá. No fui a verlo. Me pregunté si habría corrido la misma suerte que el de nuestra jardinera. Deseo con todas mis fuerzas que siga allí.

Los jardines, eso sí, han tardado más en morir que muchos de los que quedaron atrapados en la heroína. Pero como el pino, quieren salir de allí. Por los que no pudieron, tal vez. Por los muertos y los que han caído en el olvido. Un desierto de hormigón salpicado de verde.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Ya te llamaremos

El tío que me entrevistó era un hombre de mediana edad que fumaba Ducados sin parar. Aplastaba los cigarrillos en el cenicero con el logo de la Gran Empresa, una cadena de hamburgueserías conocida mundialmente. Hacía un mes había entregado una solicitud de empleo allí, y me llamaron. A través de unas gafas redondas y bajo unas cejas superpobladas, la mirada escrutadora de aquel hombre se me clavó en el cerebro desde el otro lado de la mesa.

- Mmmm - dijo, y volvió a mirar la solicitud. Dio una calada intensa al cigarrillo y soltó el humo por la nariz. 

Aplastó el cigarrillo y sacó otro que no encendió. Mientras le daba vueltas en la mano derecha, desgranó las condiciones laborales. Según iba hablando, me imaginé vestido con el uniforme de la empresa sudando como un cochino rodeado de freidoras enormes y grasientas. Las condiciones laborales eran insultantes y no demasiado legales. El sueldo, menos de 30000 pesetas. Ahí estaba el fruto del progreso. Del suyo, concretamente. 

- Aquí dice que vives en el Polígono... - dijo.

- Sí, vivo allí.

- ¿Y eso?

No entendí muy bien lo que quería decir. ¿Y eso qué? 

- Esa zona es un poco... - siguió.

- Sí, es un poco. 

Encendió el cigarrillo. Hizo los mismos malabares con él en la mano, y de repente, el local, lleno de carteles de la última película de dibujos animados estrenada en los cines, me pareció un lugar terriblemente hostil. Un sitio gris donde la gente va a hacer sudar a los desdichados. 

- Verás, no solemos contratar a personas de por allí. No digo que no vayas a trabajar con nosotros, pero nuestra política...

El tío no estaba seguro de si vivía donde el creía que vivía por la dirección, por eso preguntó. Y yo fui tan estúpido que se lo confirmé. Quién sabe lo que podría haber llegado a hacer de haber sido contratado allí un chaval de dieciocho años como yo. Ir con el revólver a trabajar, o matar a mis compañeros metiéndoles la cabeza en la freidora. O robar dinero de la caja para comprar porros en el barrio. O robar a algún cliente. O vender heroína a los niños. 30000 pesetas de mierda para mí eran un mundo. Es más, no había visto tanto dinero junto en efectivo en mi cartera nunca. Casi podía escuchar monedas cayendo de mi bolsillo, hasta 30000 pesetas huyendo de mí. Treinta talegos que minutos antes soñé gastarme en una chupa de cuero.

- Pero bueno, vete a casa e igual te llamamos. Tendré que consultar.

Igual te llamamos si todos los solicitantes de empleo han fallecido repentinamente por un virus desconocido. Tal vez te llamemos cuando chavales de clase obrera como tú, pero que no viven en un barrio marginal, decidan amotinarse en la cocina y secuestrar al encargado. Tal vez te llamemos si queremos carne de cerdo en lugar de carne de vaca, y las alegres familias que traen a sus niños podrán degustar tus jugosas carnes a la parrilla entre dos trozos de pan. Con patatas fritas y refresco a elegir. Vamos, que no te llamaremos.

El odioso encargado me acompañó a la puerta del establecimiento. Antes de despedirme con su mano fofa y sudada, me dio una palmadita en la espalda. Sentí unas ganas horribles de hacerle sentir de lo que es capaz un poligonero y romperle esa fofa y sudorosa mano y hacerle comer sus apestosos cigarrillos. Vives donde vives, eres lo que queremos que seas. Cuando ven que quizá no eres lo que suponen que eres, es casi peor: te ven como alguien digno de admiración y de pena al mismo tiempo. Tú no eres como esos. No eres un cani o un lolailo o una choni. Deberías estar orgulloso. Nadie se para a pensar que ellos fui yo. Soy yo. 

Volví a casa cabizbajo rumiando la entrevista. En aquel entonces no fui consciente de la discriminación clasista que había sufrido, sólo pensaba en la chupa de cuero. Algunos dicen que si vives en un barrio así, puedes ser como los demás, como los que viven fuera.

No. No puedes. No te dejan. Y da igual que te largues de allí, llevarás eso sobre los hombros, arrastrarás la mierda en la memoria como un elefante.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Viejos

Era un viejo grandón con la nariz y las mejillas rojas. Sus ojos claros arrojaban miradas mortecinas empapadas en lágrimas involuntarias que se limpiaba de vez en cuando con un pañuelo de tela arrugado. Miraba a las chicas jóvenes y a los chicos en la edad del pavo tonteando en la plaza, quizá añorando esa edad en la que nos volvemos gilipollas.  Arrancaba el pañuelo del  bolsillo del pantalón con bastante dificultad, pues estaba en una silla de ruedas, y tenía escasa movilidad de cintura para abajo. Las manos temblonas subían tirando de la tela que salía poco a poco del pantalón gris, y acercaba una punta del pañuelo y se recogía las lágrimas con cuidado. Volvía a meter el pañuelo en el bolsillo aunque apenas un minuto después tuviera que repetir la operación.

Se alojaban en su rostro las vidas que había visto desaparecer, y le supuraba la muerte por los poros. Allí languidecía las tardes de verano, en el soportal, pues en la plaza podrían freírsele los sesos, aunque no es seguro que eso tenga algún inconveniente cuando te está rondando el pasado y tu vida se ha vaciado desde que no te puedes mover y todo son recuerdos y el presente ya no existe más que como una molestia.

Su hija le bajaba todas las tardes ayudada por algún vecino. En el barrio no había ascensores en aquel entonces, y aún hoy son pocos los que se han construído a pesar de que el gobierno autonómico hizo todo lo que pudo para no pagar la subvención que prometió para ello. Vivir en un tercero sin ascensor es terrible para esto. 

Ya sabes cómo funciona. No solemos pararnos a pensar en ello, pero lo cierto es que si logras ser viejo, algún día dejarás de aguantarte los pedos y tus hijos te llevarán a una residencia o a sus casas, aunque no tengan ascensor y aunque tengan que bajarte de la silla, llevarte a cuestas hasta un sillón, y plegar la silla para poderla meter en casa, pues cuando se construyó tu piso nadie pensaba que algún día llegarías a viejo con esa mierda de vida que has llevado y en la actualidad no tienes el dinero suficiente para ampliar todas las puertas de casa. Eso si tienes hijos, que de no tenerlos es mejor que arrojen tu cuerpo lleno de recuerdos, de dolores y alegrías, al primer barranco que vean.  Así, te llevan a casa y bajas a la calle mientras puedes, y luego te bajan, y luego te da un parraque, todo desaparece contigo y los gusanos se comen tus recuerdos. 

El viejo del pañuelo un buen día dejó que la muerte que le supuraba por los poros le abrazara y le envolviera y le secara las lágrimas. Su hija no estaba en casa, a saber donde estaría currando, y cuando volvió se encontró huesos y pellejo en el sillón. Nadie le echó de menos allí abajo, en el soportal. 

Las circunstancias de la vida me llevaron a pasar parte del verano en un piso del Barrio de Salamanca no hace mucho. Por las mañanas cogía un libro y me iba a pasear al Retiro. Algunos viejos me miraban raro al salir del portal, no había muchos tíos con mis pintas viviendo en aquel bloque. Los señores como yo adornamos las tascas y robamos carteras. Algunos viejos en silla de ruedas paseaban por las mañanas empujados por un empleado o empleada generalmente sudamericanos. Parloteaban alegremente con sus cuidadores. Otros sentían un evidente desprecio por ellos. Se respiraba la misma calma previa a la muerte que en el viejo del pañuelo, pero en el Retiro los viejos podían dejarse ahogar en sus recuerdos mientras aguardaban. Si lloras, te limpian las lágrimas. 

Arrojadme a un barranco cuando llegue el día, por favor.

domingo, 30 de agosto de 2015

Chonis

La vulgaridad no es una choni gritando en un  barrio marginal. Infinitamente más vulgar es envolverse en un superficial y absolutamente vacío envoltorio posmo. Las personas que optan por lo segundo creen estar por encima de esa vulgar choni, y jamás hablaría de ellas utilizando esa palabra, lo que le lleva a mirar a los habitantes de un barrio marginal exactamente del mismo modo en el que miraría a una tribu perdida del Amazonas. Admira su coraje y su lucha por sobrevivir, pero hay que ser ordenado en esta vida: jamás permitas una intromisión en el barrio marginal. Deja a esos buenos salvajes a su rollo,  no te apropies de su voz. Es una bonita forma de pedir que no mires al otro lado de Disneylandia, y al mismo tiempo presentarte como un puro ser de luz, casi como un sacerdote, dejando que las cosas sigan su curso y que los habitantes del barrio marginal dejen de serlo colectivamente sin ayuda de nadie. 

Esto es muy parecido a pedir que te olvides de ellos. Como en realidad no son habitantes de tierras ignotas, como lo cierto es que viven y trabajan o están en el paro justo a tu lado, necesitas justificarte. Tampoco es una novedad: en prácticamente todos los barrios marginales de España el olvido dura ya más de treinta años, salvo para ilustrar espantosos programas de televisión sensacionalistas de presunto periodismo para que los autoproclamados ciudadanos de clase media se sientan mejor con su mediocridad.

Los términos. Lo realmente terrible de todo esto es llamar choni a una mujer. Decirle a una persona que no se autodenomine así, que está feo. No vayas por ahí diciendo que eres lo que eres. Y mucho menos digas que serlo no te quita derechos, ni te quita compartir las mismas ilusiones que el resto de los estúpidos mortales del planeta. Sólo te diferencia el morro fino para las drogas y el gusto sofisticado por banalidades musicales de sofisticada mediocridad. Unas gafas de pasta y un poco más de sueldo. La diferencia entre un 15M y los disturbios de Londres. Tú no eres de esos.

Mientras, hay que revisarse los privilegios en las olimpiadas de la opresión. Todo lo que sea necesario para parecer que haces algo y no hacer absolutamente nada. Pero orden, ante todo. Que no crucen la frontera y te restrieguen su vulgaridad y malas costumbres. Al fin y al cabo, ellas y ellos no se revisan sus privis. Que lo importante es cómo llamamos a las cosas. Lo demás viene solo.