El cementerio de elefantes. Prácticamente no había semana que no cascara algún viejo, lo que no parecía afectar a nadie. Aquella mañana, el de la 116 se cagó encima como todas las mañanas y me tocó limpiarle el culo.
- Es humillante que me tengas que limpiar el culo - dijo.
- Alguien tiene que hacerlo.
El viejo era todo costillas y pupas reventonas de una diversidad de colores inaudita. No se podía mover de cintura para abajo desde hacía cuatro años. Se pasaba el día entero mirando la televisión.
- Ya ni tan siquiera se me pone dura - dijo.
- Es la edad, hombre.
- No es la edad, coño. Es que aquí no hay nada que me estimule.
- No me extraña.
- Podrías ayudarme. Te pagaré.
- Hostia, no me joda.
- No seas maricón. Te pago para que me traigas una mujer. Una mujer joven.
Conocía a una puta escultural. Acordé el precio con el viejo. En casa, me costó decidir si la llamaba o no. ¿Y si el abuelo se muere con ella encima? Además, existía la posibilidad de que algún compañero o compañera entrara en la habitación en cualquier momento y pillara a la puta practicando gerontofilia.
- ¡No es lo que parece!
- Bájese del caballo, golfa.
Cien euros era todo lo que el yayo podía ofrecer. ¿Y si hacía pasar a la puta por su sobrina, o su nieta, o su sobrina-nieta? ¿O por la señora de la limpieza? Entonces recordé que mi ex se disfrazó en carnaval de monja. El traje que usó aún estaba en mi armario. Cogí el teléfono y llamé a mi amiga.
- Y una mierda me voy a disfrazar de monja, pervertido. - dijo.
En mi cabeza no cabía la posibilidad de una puta beata, pero no insistí mucho. Meses atrás, ella me chupó la polla y no vi ningún símbolo religioso adornando su cuerpo. Aunque con aquellas tetas, un crucifijo en el canalillo me habría pasado desapercibido con total seguridad.
Contemplé pensativo el traje colgado en el armario, como el traje de Batman en la bat-cueva. Alfred, prepara un traje y el batmóvil. ¿Y Robin, Alfred? Llámale, tengo ganas de fiesta.
La luz me deslumbró desde el interior del armario. El olor a ambientador penetró en mi nariz, que, por suerte, no tenía polillas dentro. Epifanía.
Bien afeitadito. Tenía que dar el pego. Cien euros son cien euros, qué coño.
Además, el viejo estaba impoluto. Yo mismo le limpiaba las pelotas.
Daba igual si las limpiaba con agua o con saliva.
- Es humillante que me tengas que limpiar el culo - dijo.
- Alguien tiene que hacerlo.
El viejo era todo costillas y pupas reventonas de una diversidad de colores inaudita. No se podía mover de cintura para abajo desde hacía cuatro años. Se pasaba el día entero mirando la televisión.
- Ya ni tan siquiera se me pone dura - dijo.
- Es la edad, hombre.
- No es la edad, coño. Es que aquí no hay nada que me estimule.
- No me extraña.
- Podrías ayudarme. Te pagaré.
- Hostia, no me joda.
- No seas maricón. Te pago para que me traigas una mujer. Una mujer joven.
Conocía a una puta escultural. Acordé el precio con el viejo. En casa, me costó decidir si la llamaba o no. ¿Y si el abuelo se muere con ella encima? Además, existía la posibilidad de que algún compañero o compañera entrara en la habitación en cualquier momento y pillara a la puta practicando gerontofilia.
- ¡No es lo que parece!
- Bájese del caballo, golfa.
Cien euros era todo lo que el yayo podía ofrecer. ¿Y si hacía pasar a la puta por su sobrina, o su nieta, o su sobrina-nieta? ¿O por la señora de la limpieza? Entonces recordé que mi ex se disfrazó en carnaval de monja. El traje que usó aún estaba en mi armario. Cogí el teléfono y llamé a mi amiga.
- Y una mierda me voy a disfrazar de monja, pervertido. - dijo.
En mi cabeza no cabía la posibilidad de una puta beata, pero no insistí mucho. Meses atrás, ella me chupó la polla y no vi ningún símbolo religioso adornando su cuerpo. Aunque con aquellas tetas, un crucifijo en el canalillo me habría pasado desapercibido con total seguridad.
Contemplé pensativo el traje colgado en el armario, como el traje de Batman en la bat-cueva. Alfred, prepara un traje y el batmóvil. ¿Y Robin, Alfred? Llámale, tengo ganas de fiesta.
La luz me deslumbró desde el interior del armario. El olor a ambientador penetró en mi nariz, que, por suerte, no tenía polillas dentro. Epifanía.
Bien afeitadito. Tenía que dar el pego. Cien euros son cien euros, qué coño.
Además, el viejo estaba impoluto. Yo mismo le limpiaba las pelotas.
Daba igual si las limpiaba con agua o con saliva.



