domingo, 18 de octubre de 2009

UN MILLÓN DE NO-ABORTOS



Esta mañana, he visto algunas pancartas de una obscenidad sin precedentes. En ellas, se decía:

"PAREMOS EL HOLOCAUSTO DEL SIGLO XXI".

En otra, pequeñita, he podido leer ( precedido de una frase ilegible en la fotografía) :

"GENOCIDIO".

Indiscutiblemente, si alguien en el planeta Tierra sabe algo sobre genocidios, ese debe ser un líder religioso.

Dicen que un millón - tal vez veinte o treinta millones, vaya usted a saber - de personas, se manifestaron ayer en Madrid contra el aborto. Políticos divorciados, monjas que jamás sabrán qué es tener un hijo, y sacerdotes que nunca la han metido en caliente, acudieron al evento. Por supuesto, todos ellos se apropiaron de la bandera de España, pues ya se sabe que los repugnantes ateos como el que ésto escribe, ni son españoles, ni decentes, ni nada de nada.

A los asistentes a la fiesta sin condón parece importarles tres cojones que los asesinados durante el Holocausto tuvieran recuerdos, antes de ser eliminados de una forma cruel por señores perfectamente conscientes del sufrimiento que causaban. Parece importarles tres cojones que las víctimas del Holocausto poseyeran un organismo con el que podían sentir dolor, sufrimiento, pánico, humillación, hambre, frío, pena y todos y cada uno de los sentimientos habituales en un ser humano. Todavía estoy esperando que alguien me demuestre que un feto tiene algo así. Aunque, si hacemos caso a las ideas predominantes entre los asistentes a la manifestación, hasta un espermatozoide debería ser tenido en cuenta en lo que a derecho a la vida se refiere. Claro que no se han preguntado cuantos espermatozoides no llegan a fecundar el óvulo durante el acto sexual, no digamos ya la cantidad de espermatozoides que desperdicio yo mismo en mis ratos de asueto.

No, no llevo gafas, señores manifestantes.

Mi opinión acerca del aborto no es relevante, aunque si me preguntan, estoy totalmente a favor. Luego podremos sentarnos a discutir días enteros sobre plazos, circunstancias, etcétera. Pero, a diferencia de la mayoría de ese millón de personas que ayer atestaban el centro de Madrid, mi opinión al respecto está basada en la razón.

No digo que yo tenga la razón. Digo que he usado la razón para llegar a ciertas conclusiones. Y es que, fe y razón, no son compatibles: el que sabe, no puede creer, y el que cree, no puede saber. Si la opinión de un millón de personas está basada en la fe, esa opinión debería ser prescindible.

Así de claro.