lunes, 29 de marzo de 2010

Snuff movies, leyendas de pasión





Las películas porno son aquellas que, salvo unos pocos iluminados, nadie termina de ver. Eso es un hecho, no sólo por el coñazo que supone ver un mete saca durante hora y media, sino porque no se sabe de persona alguna que tarde una hora y media en correrse con su propia mano. Para eso es una paja, oiga.

La calle 42, en Manhattan, en los años setenta se convirtió en el lugar de rodaje de cortometrajes pornográficos. En esos cortometrajes, el mítico John Holmes comenzó a enseñar su colosal miembro. Dichos cortometrajes se rodaban sin sonido, ya sabes, total, para unas pajillas...

De ahí, la calle 42 pasó a abrir sex-shops, clubes de striptease y cines X, como aquel al que Travis Bickle lleva a Cybill Shepherd en Taxi Driver. La leyenda no se hizo esperar: dado que pocos se quedan a ver el final - el malo siempre es el mayordomo - comenzó a correr el rumor de que en alguna o algunas de esas películas, al final, una mujer era asesinada ante la cámara. Y así, el mito de las snuff movies, aún en paños menores, comenzó su andadura hasta el día de hoy.

En torno a 1971, Michael y Roberta Findlay, matrimonio de directores de cine especializados en rodar bazofia underground y porno chungo de la peor calaña, rodaron en Argentina un film de tetas, motos, asesinatos y demás, algo así como si Russ Meyer le quitara unas cuantas tallas de sujetador a sus actrices. La película se llamó Slaughter, y buscaba sacar partido de los asesinatos perpetrados por la familia Manson. Como nadie quiso saber nada del film, su estreno en 1976 en Estados Unidos se realizó bajo el título Snuff, y en el cartel de la película podía leer: Rodada en sudamérica, donde la vida es BARATA. La película había permanecido cinco años en el limbo debido a su mala calidad, pero aquí es donde entra en escena el director de cine porno Allan Shackleton, que además de darle vidilla al bodrio, añadió justo al final la escena de un intento de violación y asesinato de una técnico de sonido a la que golpean y abren la panza para sacarle las tripas, como podemos observar en las fotos de abajo. Entonces la escena se funde en negro y se escucha la voz del director: ¿Has grabado todo? y contestan si, vámonos de aquí. Luego no se puede ver, al parecer, ningún crédito, lo que da alas a la imaginación popular. Por supuesto, la escena no es la de un ataque real, es bastante cutre y deja poco lugar a dudas respecto a su falsedad.

Shackleton, para dar publicidad a la película, llegó a mandar cartas de queja a The New York Times bajo un nombre falso. Incluso pagó de su propio bolsillo a manifestantes ficticios para que hicieran campaña contra la película a la puerta de los cines. Los manifestantes iban disfrazados de defensores de los derechos humanos, feministas y demás gente de mal vivir. Tampoco es que innovara mucho, pues el padre del cine gore, Herschell Gordon Lewis, para promocionar sus films regalaba bolsas de papel para vomitar durante la proyección. Shackleton simplemente añadio un poco más de sangre al asunto. Al final, no tuvo otro remedio que añadir en un nuevo cartel del filme una aclaración que decía que nadie sufrió ningún daño durante el rodaje del film, ante la insistencia de esos tipos tan pesados que son los jueces.

Con el tiempo, la leyenda se ha magnificado, y todo el mundo conoce a alguien que conoce a alguien que una vez conoció a alguien que asegura que alguien vio una película snuff real... ¿No os suena?

Al Goldstein, director de la revista Screw, ofreció un millón de dólares al que fuera capaz de traerle una película snuff real. Todavía está esperando.

No es el único. Al parecer, Frank Henenlotter, el director de la saga gore Basket Case, ofreció también un millón de dólares al que le trajera una película snuff.

En algunas fuentes, se dice que en los ochenta el mismísimo David Cronenberg ofrecía quincemil dólares al que le trajera un film snuff, aunque no estoy seguro de que tengamos que creer éste rumor sobre el director canadiense.

El film 8mm, de Joel Schumacher, con Nicolas Cage, aborda el tema de las snuff movies haciéndose eco de la imaginería popular que ha ido acumulando el mito: señores con pasamontañas, chicas asustadas, poderosos ricos dispuestos a cualquier cosa por divertirse, retrasados mentales que hacen las veces de verdugo... en fin, todo un festival de tópicos al servicio del espectador morboso más light.

Tesis, de Alejandro Amenábar, trataba el mismo tema, pero esta vez dentro de una escuela de cine. Un poco menos tópico, pero lastrada por un presupuesto escaso, nos encontramos aquí con una película interesante y bien construida, que reavivó el interés de la gente por el cine snuff, algo que sin ninguna duda será la comidilla en todos las cafeterías de las escuelas de cine del planeta.

En The brave, de Johnny Depp, un joven indio vive el drama de tener que decidir si acepta o no morir ante una cámara por dinero para ayudar a los suyos.

En fin, la lista es larga.

Charlie Sheen, al que antes de ser un alcohólico maltratador y esas cosas, le dio por ver cine gore, se hizo con una copia de Flowers of flesh and blood, uno de los films de la saga ultragore japonesa conocida como Guinea Pig, y la identificó como snuff. Fue a la policía con el video bajo el brazo y la cosa acabó en una investigación que llevó al director de la película (la saga, por cierto, inspiró al asesino en serie real Tsutomu Miyazaki ) a hacer un making of de la misma para demostrar al mundo que todo era coña. Charlie Sheen a raiz de esto se puso a hacer películas malas... o bueno, igual no fue a raiz de esto.

El documental Snuff, enfoca el tema desde diversos puntos de vista, pero parece confundir snuff con películas de muertes reales (accidentes, peleas callejeras etcétera) y eso, no es snuff.

¿Qué es snuff? Pues básicamente, snuff es lo que se ve en la película de Joel Schumacher y en la película de Amenábar, pero con asesinatos reales: eso es snuff.

La serie de documentales Faces of death, famosa en el submundo splatter en los 80 y 90, que ni son documentales ni nada de eso pero no sé como llamarlas, obsequian a sus espectadores con un sinnúmero de muertes reales, muertes ficticias (fakes) y las mezclan todas para darle morbo.

Nada nuevo bajo el sol.

Por último, me gustaría señalar que, aún hoy, los asesinatos de David Richard Berkowitz, el archifamoso hijo de Sam, dan lugar para todo tipo de especulaciones acerca de unas presuntas grabaciones de los asesinatos que perpetró, algo a todas luces ilógico, pues Berkowitz sólo mataba en la calle, nunca en un lugar cerrado. Aún así, se dice que un agente del FBI, del que no se sabe nombre ni edad ni dirección ni teléfono ni absolutamente nada, le comentó a alguien igual de desconocido que él había visto esos videos. A mediados de los años setenta, un semianalfabeto que vivía en la indigencia gracias a las ayudas sociales, no es muy probable que pudiera comprarse una cámara de 8 milímetros (Aclaración: no quiero decir con esto que un film snuff deba estar necesariamente rodado con una cámara de ocho milímetros, es una especulación mía pues en aquel año (1977) el único medio de grabación de imágenes que el gran público podía permitirse es, efectivamente, una cámara de ocho milímetros, el conocido "tomavistas"). Además, Berkowitz era tan tonto que fue cazado debido a que se dejó el coche al lado de uno de los crímenes.

Y ahora, la machada: yo no ofrezco un millón de dólares. Ofrezco mi cuerpo para ser torturado y asesinado ante una cámara a aquel que sea capaz de traerme una película snuff. Es que no sé si podría pagar un millón de dólares.

Que nadie se ponga contento, retiro lo dicho, no vaya a ser...

viernes, 19 de marzo de 2010

Culebras en mi pelvis



Cuando tenía diez u once años, sufrí un herpes zóster, que al parecer es algo relacionado con una reactivación del virus de la varicela o algo así. Este tipo de herpes tiene forma de culebra, vamos, poniéndole una imaginación descomunal al asunto, uno podía ver una culebrilla en mi pelvis. En realidad, no es una culebrilla y su parecido con ella es de una vaguedad extraordinaria. Como las caras de Bélmez, no es otra cosa que una pareidolia, una jugarreta que nos juega la mente, como cuando vemos caras en las nubes o el rostro de un gato en el gotelé de las paredes.

El herpes empezaba - o terminaba, a saber - más o menos sobre mi nalga derecha, y terminaba - o empezaba, a saber - en la pelvis, justo encima de la entrepierna. Mi vecina andaluza, que tiene eso que llaman sabiduría popular, aseguró que aquello no sólo era una culebra, sino que además podía verse a la bicha con la boca abierta, lo que, dada la zona en la que desembocaba la infección, me ponía muy nervioso.

Mi madre, obviamente preocupada, me llevó al médico. El médico, obviamente, me recetó un medicamento. El medicamento era un líquido que debía administrarme todos los días durante quince días. Después de eso, debía acudir una vez más al médico a ver como iba la cosa.

Pero... como la medicina no es magia, como los medicamentos no son el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura desde las hemorroides hasta el mal de amores, ni curan al instante, mi familia decidió que aquello no funcionaba... más o menos a los dos días de comenzar el tratamiento.

Como aquello dolía y me impedía mover la pierna derecha con normalidad, en casa empezaron a hacer elucubraciones. La más temible de ellas era que si la culebra seguía creciendo, y la boca llegaba a la cola, mordería la cola o algo así y me dejaría parapléjico. Ni que decir tiene que me faltó muy poco para cagarme encima.

Entonces surgió la magia potagia. Una vecina aseguró a mi madre que una conocida suya curaba herpes. Y allí nos fuimos, pues la superchería ya me había desahuciado en nombre de la medicina. Quiero dejar claro que, a pesar de ir de visita a la curandera, seguía aplicándome el líquido de marras en el cada vez más incómodo herpes.

Una señora extremeña que parecía todo amabilidad y buenas maneras, aplicó su presunta sabiduría a mi pelvis: yo me bajaba los calzoncillos para dejar que la culebra asomara la cabeza, con perdón. La mujer rezaba algo ininteligible mientras con pajas de centeno hacía cruces a escasos centímetros de la infección. Después cortaba en pedazos las pajas con una tijera, las envolvía y luego en casa yo tenía que quemarlas en una cazuela y arrojar las cenizas al retrete.

Al principio, gastamos una botella de alcohol para poder quemar las pajas. No ardían. ¿Magia? Pues no, aplicando un poco de sentido común, la explicación más razonable es que la curandera cogía pajas más secas según avanzaba el, ejem, "tratamiento". Eso se demuestra fácilmente: la última sesión brujeril, las pajas de centeno ardieron con sólo arrimarle una cerilla ligeramente. Y ya está, me curé... debido a la medicina, por supuesto.

A pesar de que no estuve todo el tiempo que el médico recomendó con el líquido, estuve nueve días aplicándolo. Es decir, lo que me recomendó el médico convivió durante unos días con las brujerías de la señora extremeña. Al cuarto o quinto día, no recuerdo bien, pero supongo que cuando llevaba dos sesiones brujeriles, la infección se detuvo. Seguía ahí abajo, pero ya no crecía... dos días de brujería, y algo más de una semana de tratamiento médico... creo que la realidad sólo tiene un camino.

Para mi familia, cuando alguien habla de curanderos y las profundas sabidurías de este tipo de gente, en seguida sale a relucir mi historia con el herpes. Como en mi familia el que más grita es el que tiene razón, y yo de un tiempo a esta parte paso de gritar, la razón es de los demás. Pero lógicamente, no hay más razones que las que expongo. Ver otra cosa es negar la evidencia.

Sé que la mujer que cortaba pajas frente a mí y rezaba algo que yo no entendía, creía que curaba. Era sincera. Y no cobró ni un céntimo, ni una peseta. De hecho, se enfadó mucho cuando mi madre le regaló un pequeño juego de café por los servicios prestados. Pero , ¿qué habría pasado si hubiera dejado de aplicar el líquido a la infección así sin más?.

Ahora tengo mis añitos, y el herpes dejó su impronta en forma de una pequeña cicatriz que no es una serpiente ni una culebra ni nada de eso. Es una cicatriz. Según los sabios populares, contraje el herpes por haber estado sentado o tumbado justo por donde una víbora había pasado. Si esa es la sabiduría popular, prefiero uranio enriquecido en la pelvis, francamente.

domingo, 7 de marzo de 2010

Vidas de Santos II: el Padre Pío, estigmatizado profesional.

Francesco Forgione, alias Padre Pío, fue un lunático religioso capuchino a quien el Vaticano canonizó, por la escasa Gracia de Juan Pablo II, el 16 de junio de 2002 con el nombre de San Pío de Pietrelcina.

Pío - π para los amigos - afirmaba sufrir ataques demoníacos desde su niñez. Como su madre le puso el nombre de Francesco por la devoción que sentía por San Francisco de Asís, podemos pensar que la devota mujer influyó en la niñez de π hasta el punto de hacerle ver cosas inexistentes, lo cual entre las personas racionales es conocido como esquizofrenia.

El Padre Pío era un hombre-espectáculo, un verdadero showman del catolicismo. Sus doctrinas eran infantiles: obvias y estúpidas mediocridades mil veces escuchadas. Los cinco presuntos estigmas de Cristo se manifestaron en él nada menos que durante la friolera de 50 años. Lo normal es que por aquellos entonces - nació en 1887 y falleció en 1968, los presuntos estigmas surgieron en 1918 - se hubiera desangrado o hubiera contraído una infección temible, pero, por desgracia, Dios no supo ver el fraude.

Astuto vendedor de pamplinas, π, no dudaba en mostrar sus repugnantes heridas al mundo, heridas que, al parecer, emanaban un olor profundo a rosas, como no podía ser de otra forma, pues todo el mundo sabe que las heridas de Jesús no pueden oler a simple mierda. Como los católicos practican una religión sadomasoquista basada en el dolor y en merendarse y beberse a su Dios durante los rituales, los estigmas hicieron famoso al padre Pío y pronto se vio asediado por cientos de fieles que querían observar el milagro o que les curaran el lumbago.

El que sí vio el fraude fue el padre franciscano Agustín Gimelli, doctor en medicina, que acudió al Convento de San Giovanni Rotondo enviado por la Santa Sede para comprobar si no era tan pío el padre, y determinó que los estigmas eran falsos. Como todos, pero Agustín Gimelli tuvo que comprobarlo por sí mismo, lo que propició tres decretos del Vaticano, el último de ellos condenando a π a la reclusión en su celda y prohibiendo cualquier relación con él, hasta mandarle cartas - ¿con olor a rosas?- y el padre pasó una temporada a la sombra con la ventaja de no tener la obligación autoimpuesta de maquillarse las manos y los pies cada vez que salía en público.

En 1940, π fundó un hospital llamado Casa alivio del sufrimiento. El hospital recibió duras críticas en forma de reportajes en diversos medios de comunicación, y el Vaticano cerró el hospital y sus sucursales en toda Italia. De nada sirvió, pues hoy los hospitales funcionan a todo trapo.

En 1968, el padre π celebró una misa multitudinaria para celebrar los 50 años de la aparición de sus estigmas. Como para aquellos entonces ya había sido restituido, y se ve que le cansaba mucho eso de andar maquillándose como una cabaretera cada vez que salía a actuar, hacía tiempo que había decidido ponerse unas guantes de esos de perroflauta, sin dedos, para tapar las manos, lo que sin duda fue una genial idea publicitaria. Ignoro qué razón lleva a alguien a celebrar que su Dios decida torturarle durante cinco décadas, pero los caminos de Jesús son incomprensibles y la fe, que es un invento divino, impide que nos acerquemos a la razón.

Dos días después del Woodstock de la estigmatización, el padre Pío falleció. Su cuerpo tieso, frío y terrenal, se exhibió públicamente, y, oh milagro, los estigmas no estaban por ningún lado: ni en los pies, ni en las manos. Los que tiene fe dicen que desaparecieron con él, y que eso demuestra lo milagroso de la condición de π. Los que no tenemos fe decimos que son gilipollas.

Como el tiempo lo cura todo, estigmas incluídos, y el Vaticano no pierde ojo a los dividendos que el artista antes conocido como π y otros estafadores afines dejan en sus arcas, y además, al ayuntamiento de San Giovanni le gusta tener un mercado en la localidad que ríete tú del de Lourdes, π fue beatificado y canonizado. Para ello, se presentaron pruebas irrefutables de su santidad: curó a un niño que aseguraba, mintiendo seguro, que un señor con barba veló por él durante su convalecencia. La madre del niño identificó inmediatamente al Padre Pío, de quien, por cierto y sin que sirva como maldad por mi parte, era devota, y el Vaticano no dudó ni por un segundo en la canonización.

Lo realmente curioso es que en la página del Vaticano, se vierten palabras acerca de π como:

Brilló en él la luz de la fortaleza. Comprendió bien pronto que su camino era el de la Cruz y lo aceptó inmediatamente con valor y por amor. Experimentó durante muchos años los sufrimientos del alma. Durante años soportó los dolores de sus llagas con admirable serenidad. Cuando tuvo que sufrir investigaciones y restricciones en su servicio sacerdotal, todo lo aceptó con profunda humildad y resignación. Ante acusaciones injustificadas y calumnias, siempre calló confiando en el juicio de Dios, de sus directores espírituales y de la propia conciencia.

Es decir, que el estudio realizado por el médico Agustín Gimelli, que determinó la falsedad de los estigmas - basándose, eso sí, en la hipótesis de que π sufría algún tipo de neurosis - fueron realizados por un mentiroso, un calumniador y un sinvergüenza. Y es que, efectivamente, la Santa Sede siempre rectifica, aunque el pobre Galileo Galilei tuviera que esperar algún tiempo más que π. Unos cuantos siglos más, de hecho, pero claro, la lista de gente a la que la Iglesia debe pedir perdón es tan larga que uno no puede esperar que no tengan prioridades o preferencias. Antes los locos que los científicos, por supuesto.

Si el Padre Pío nunca hubiera usado guantes, pensaría que estoy ante un loco iluminado, un mesías fanatizado e inconsciente. Pero el hecho de que usara los guantes es lo que me parece significativo. Después de que el médico Agustín Gimelli le pillara, y después de su reclusión, fue cuando empezó a usarlos. Sospecho que no era un loco al uso, sino un chorizo estafador y sinvergüenza. Eso si, canonizado y que queda muy chulo en fotos, llaveros, mecheros, figuritas de cerámica, postales, pegatinas, y un merchandising que para sí quisieran Ramones.

El Padre Pío, hombre de mirada perdida, tan santo era que en su juventud confesó al mismísimo Juan Pablo II, antes, claro está, de que fuera elegido Papa. Y, a pesar de que absolutamente nadie sabe lo que se dijeron el uno al otro - aunque seguro que no fueron otra cosa que sandeces - los creyentes aseguran que el capuchino le dijo al polaco que Serás Obispo y llegarás a ser Papa... y en tu vida correrá mucha sangre profecía a título póstumo, como todas, es decir, cuando ya ha ocurrido el hecho que se anunciaba es cuando todo el mundo puede conocerla.

No podía ser de otra forma. El Papa Juan Pablo II fue el encargado de canonizar a π, y es que el polaco era un entusiasta sadomasoquista. Como revela el muy católico libro que ha levantado polémica en Italia, escrito por el sacerdote polaco Slawomir Oder, titulado Perché è santo, en clara alusión a la posible canonización, fervorosamente deseada por el autor hasta límites homoeróticos:

En su armario, (del Papa) entre las sotanas, tenía colgado un particular cinturón para los pantalones que utilizaba como una fusta y que hacía que se la llevaran siempre también a Castel Gandolfo.

Y así, todo queda en casa, en ese frenopático que es el Vaticano.

Santos varones todos.