domingo, 7 de marzo de 2010

Vidas de Santos II: el Padre Pío, estigmatizado profesional.

Francesco Forgione, alias Padre Pío, fue un lunático religioso capuchino a quien el Vaticano canonizó, por la escasa Gracia de Juan Pablo II, el 16 de junio de 2002 con el nombre de San Pío de Pietrelcina.

Pío - π para los amigos - afirmaba sufrir ataques demoníacos desde su niñez. Como su madre le puso el nombre de Francesco por la devoción que sentía por San Francisco de Asís, podemos pensar que la devota mujer influyó en la niñez de π hasta el punto de hacerle ver cosas inexistentes, lo cual entre las personas racionales es conocido como esquizofrenia.

El Padre Pío era un hombre-espectáculo, un verdadero showman del catolicismo. Sus doctrinas eran infantiles: obvias y estúpidas mediocridades mil veces escuchadas. Los cinco presuntos estigmas de Cristo se manifestaron en él nada menos que durante la friolera de 50 años. Lo normal es que por aquellos entonces - nació en 1887 y falleció en 1968, los presuntos estigmas surgieron en 1918 - se hubiera desangrado o hubiera contraído una infección temible, pero, por desgracia, Dios no supo ver el fraude.

Astuto vendedor de pamplinas, π, no dudaba en mostrar sus repugnantes heridas al mundo, heridas que, al parecer, emanaban un olor profundo a rosas, como no podía ser de otra forma, pues todo el mundo sabe que las heridas de Jesús no pueden oler a simple mierda. Como los católicos practican una religión sadomasoquista basada en el dolor y en merendarse y beberse a su Dios durante los rituales, los estigmas hicieron famoso al padre Pío y pronto se vio asediado por cientos de fieles que querían observar el milagro o que les curaran el lumbago.

El que sí vio el fraude fue el padre franciscano Agustín Gimelli, doctor en medicina, que acudió al Convento de San Giovanni Rotondo enviado por la Santa Sede para comprobar si no era tan pío el padre, y determinó que los estigmas eran falsos. Como todos, pero Agustín Gimelli tuvo que comprobarlo por sí mismo, lo que propició tres decretos del Vaticano, el último de ellos condenando a π a la reclusión en su celda y prohibiendo cualquier relación con él, hasta mandarle cartas - ¿con olor a rosas?- y el padre pasó una temporada a la sombra con la ventaja de no tener la obligación autoimpuesta de maquillarse las manos y los pies cada vez que salía en público.

En 1940, π fundó un hospital llamado Casa alivio del sufrimiento. El hospital recibió duras críticas en forma de reportajes en diversos medios de comunicación, y el Vaticano cerró el hospital y sus sucursales en toda Italia. De nada sirvió, pues hoy los hospitales funcionan a todo trapo.

En 1968, el padre π celebró una misa multitudinaria para celebrar los 50 años de la aparición de sus estigmas. Como para aquellos entonces ya había sido restituido, y se ve que le cansaba mucho eso de andar maquillándose como una cabaretera cada vez que salía a actuar, hacía tiempo que había decidido ponerse unas guantes de esos de perroflauta, sin dedos, para tapar las manos, lo que sin duda fue una genial idea publicitaria. Ignoro qué razón lleva a alguien a celebrar que su Dios decida torturarle durante cinco décadas, pero los caminos de Jesús son incomprensibles y la fe, que es un invento divino, impide que nos acerquemos a la razón.

Dos días después del Woodstock de la estigmatización, el padre Pío falleció. Su cuerpo tieso, frío y terrenal, se exhibió públicamente, y, oh milagro, los estigmas no estaban por ningún lado: ni en los pies, ni en las manos. Los que tiene fe dicen que desaparecieron con él, y que eso demuestra lo milagroso de la condición de π. Los que no tenemos fe decimos que son gilipollas.

Como el tiempo lo cura todo, estigmas incluídos, y el Vaticano no pierde ojo a los dividendos que el artista antes conocido como π y otros estafadores afines dejan en sus arcas, y además, al ayuntamiento de San Giovanni le gusta tener un mercado en la localidad que ríete tú del de Lourdes, π fue beatificado y canonizado. Para ello, se presentaron pruebas irrefutables de su santidad: curó a un niño que aseguraba, mintiendo seguro, que un señor con barba veló por él durante su convalecencia. La madre del niño identificó inmediatamente al Padre Pío, de quien, por cierto y sin que sirva como maldad por mi parte, era devota, y el Vaticano no dudó ni por un segundo en la canonización.

Lo realmente curioso es que en la página del Vaticano, se vierten palabras acerca de π como:

Brilló en él la luz de la fortaleza. Comprendió bien pronto que su camino era el de la Cruz y lo aceptó inmediatamente con valor y por amor. Experimentó durante muchos años los sufrimientos del alma. Durante años soportó los dolores de sus llagas con admirable serenidad. Cuando tuvo que sufrir investigaciones y restricciones en su servicio sacerdotal, todo lo aceptó con profunda humildad y resignación. Ante acusaciones injustificadas y calumnias, siempre calló confiando en el juicio de Dios, de sus directores espírituales y de la propia conciencia.

Es decir, que el estudio realizado por el médico Agustín Gimelli, que determinó la falsedad de los estigmas - basándose, eso sí, en la hipótesis de que π sufría algún tipo de neurosis - fueron realizados por un mentiroso, un calumniador y un sinvergüenza. Y es que, efectivamente, la Santa Sede siempre rectifica, aunque el pobre Galileo Galilei tuviera que esperar algún tiempo más que π. Unos cuantos siglos más, de hecho, pero claro, la lista de gente a la que la Iglesia debe pedir perdón es tan larga que uno no puede esperar que no tengan prioridades o preferencias. Antes los locos que los científicos, por supuesto.

Si el Padre Pío nunca hubiera usado guantes, pensaría que estoy ante un loco iluminado, un mesías fanatizado e inconsciente. Pero el hecho de que usara los guantes es lo que me parece significativo. Después de que el médico Agustín Gimelli le pillara, y después de su reclusión, fue cuando empezó a usarlos. Sospecho que no era un loco al uso, sino un chorizo estafador y sinvergüenza. Eso si, canonizado y que queda muy chulo en fotos, llaveros, mecheros, figuritas de cerámica, postales, pegatinas, y un merchandising que para sí quisieran Ramones.

El Padre Pío, hombre de mirada perdida, tan santo era que en su juventud confesó al mismísimo Juan Pablo II, antes, claro está, de que fuera elegido Papa. Y, a pesar de que absolutamente nadie sabe lo que se dijeron el uno al otro - aunque seguro que no fueron otra cosa que sandeces - los creyentes aseguran que el capuchino le dijo al polaco que Serás Obispo y llegarás a ser Papa... y en tu vida correrá mucha sangre profecía a título póstumo, como todas, es decir, cuando ya ha ocurrido el hecho que se anunciaba es cuando todo el mundo puede conocerla.

No podía ser de otra forma. El Papa Juan Pablo II fue el encargado de canonizar a π, y es que el polaco era un entusiasta sadomasoquista. Como revela el muy católico libro que ha levantado polémica en Italia, escrito por el sacerdote polaco Slawomir Oder, titulado Perché è santo, en clara alusión a la posible canonización, fervorosamente deseada por el autor hasta límites homoeróticos:

En su armario, (del Papa) entre las sotanas, tenía colgado un particular cinturón para los pantalones que utilizaba como una fusta y que hacía que se la llevaran siempre también a Castel Gandolfo.

Y así, todo queda en casa, en ese frenopático que es el Vaticano.

Santos varones todos.