viernes, 19 de marzo de 2010

Culebras en mi pelvis



Cuando tenía diez u once años, sufrí un herpes zóster, que al parecer es algo relacionado con una reactivación del virus de la varicela o algo así. Este tipo de herpes tiene forma de culebra, vamos, poniéndole una imaginación descomunal al asunto, uno podía ver una culebrilla en mi pelvis. En realidad, no es una culebrilla y su parecido con ella es de una vaguedad extraordinaria. Como las caras de Bélmez, no es otra cosa que una pareidolia, una jugarreta que nos juega la mente, como cuando vemos caras en las nubes o el rostro de un gato en el gotelé de las paredes.

El herpes empezaba - o terminaba, a saber - más o menos sobre mi nalga derecha, y terminaba - o empezaba, a saber - en la pelvis, justo encima de la entrepierna. Mi vecina andaluza, que tiene eso que llaman sabiduría popular, aseguró que aquello no sólo era una culebra, sino que además podía verse a la bicha con la boca abierta, lo que, dada la zona en la que desembocaba la infección, me ponía muy nervioso.

Mi madre, obviamente preocupada, me llevó al médico. El médico, obviamente, me recetó un medicamento. El medicamento era un líquido que debía administrarme todos los días durante quince días. Después de eso, debía acudir una vez más al médico a ver como iba la cosa.

Pero... como la medicina no es magia, como los medicamentos no son el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura desde las hemorroides hasta el mal de amores, ni curan al instante, mi familia decidió que aquello no funcionaba... más o menos a los dos días de comenzar el tratamiento.

Como aquello dolía y me impedía mover la pierna derecha con normalidad, en casa empezaron a hacer elucubraciones. La más temible de ellas era que si la culebra seguía creciendo, y la boca llegaba a la cola, mordería la cola o algo así y me dejaría parapléjico. Ni que decir tiene que me faltó muy poco para cagarme encima.

Entonces surgió la magia potagia. Una vecina aseguró a mi madre que una conocida suya curaba herpes. Y allí nos fuimos, pues la superchería ya me había desahuciado en nombre de la medicina. Quiero dejar claro que, a pesar de ir de visita a la curandera, seguía aplicándome el líquido de marras en el cada vez más incómodo herpes.

Una señora extremeña que parecía todo amabilidad y buenas maneras, aplicó su presunta sabiduría a mi pelvis: yo me bajaba los calzoncillos para dejar que la culebra asomara la cabeza, con perdón. La mujer rezaba algo ininteligible mientras con pajas de centeno hacía cruces a escasos centímetros de la infección. Después cortaba en pedazos las pajas con una tijera, las envolvía y luego en casa yo tenía que quemarlas en una cazuela y arrojar las cenizas al retrete.

Al principio, gastamos una botella de alcohol para poder quemar las pajas. No ardían. ¿Magia? Pues no, aplicando un poco de sentido común, la explicación más razonable es que la curandera cogía pajas más secas según avanzaba el, ejem, "tratamiento". Eso se demuestra fácilmente: la última sesión brujeril, las pajas de centeno ardieron con sólo arrimarle una cerilla ligeramente. Y ya está, me curé... debido a la medicina, por supuesto.

A pesar de que no estuve todo el tiempo que el médico recomendó con el líquido, estuve nueve días aplicándolo. Es decir, lo que me recomendó el médico convivió durante unos días con las brujerías de la señora extremeña. Al cuarto o quinto día, no recuerdo bien, pero supongo que cuando llevaba dos sesiones brujeriles, la infección se detuvo. Seguía ahí abajo, pero ya no crecía... dos días de brujería, y algo más de una semana de tratamiento médico... creo que la realidad sólo tiene un camino.

Para mi familia, cuando alguien habla de curanderos y las profundas sabidurías de este tipo de gente, en seguida sale a relucir mi historia con el herpes. Como en mi familia el que más grita es el que tiene razón, y yo de un tiempo a esta parte paso de gritar, la razón es de los demás. Pero lógicamente, no hay más razones que las que expongo. Ver otra cosa es negar la evidencia.

Sé que la mujer que cortaba pajas frente a mí y rezaba algo que yo no entendía, creía que curaba. Era sincera. Y no cobró ni un céntimo, ni una peseta. De hecho, se enfadó mucho cuando mi madre le regaló un pequeño juego de café por los servicios prestados. Pero , ¿qué habría pasado si hubiera dejado de aplicar el líquido a la infección así sin más?.

Ahora tengo mis añitos, y el herpes dejó su impronta en forma de una pequeña cicatriz que no es una serpiente ni una culebra ni nada de eso. Es una cicatriz. Según los sabios populares, contraje el herpes por haber estado sentado o tumbado justo por donde una víbora había pasado. Si esa es la sabiduría popular, prefiero uranio enriquecido en la pelvis, francamente.