lunes, 5 de julio de 2010

Jack el destripador y Walter Sickert, los asesinos que nunca estuvieron allí



Pongamos que hay un asesino en serie rondando por mi barrio. Pongamos que la policía jamás da con él. Pongamos que conozco a un tipo muy raro de mi calle, del que apenas conozco su nombre y tengo una vaga idea de a qué se dedica. Pongamos que me pongo a investigar los crímenes del asesino en serie de mi barrio partiendo de la idea de demostrar que el tipo raro al que apenas conozco es el asesino.

Así, durante mi investigación, puedo encontrar indicios de su culpabilidad. Todo puede conducirme, en cierta manera, a él. Sólo tengo que hacer encajar las piezas.


La dama del crímen - siempre aborreceré estas palabras - Patricia Cornwell, hace unos años salió en todos y cada uno de los telediarios presentando un libro-ensayo-lo que sea en el que presuntamente demostraba que Jack el Destripador era el pintor impresionista Walter Richard Sickert. El libro, titulado pretenciosamente Retrato de un Asesino. Jack el Destripador - Caso Cerrado, aseguraba que el pintor cometió los tristemente famosos asesinatos de Whitechapel.

Para su investigación, Cornwell se gastó el oro y el moro en cuadros de Sickert, compró todo tipo de cuchillos usados en el siglo XIX en Inglaterra para intentar averiguar qué arma utilizó Jack. Dicen las malas lenguas que se cargó alguno de los cuadros para intentar extraer ADN del pintor. Contrató forenses grafólogos, extrajo muestras de ADN de las cartas - casi con total probabilidad falsas - que presuntamente el asesino envió a la prensa durante aquellos oscuros días de 1888... en fin, tiró la casa por la ventana para que todo encajara en su teoría. Y ahí se quedó.

Cuando a Patricia Cornwell le sueltan en la cara que existen pruebas de que Sickert estaba en Francia durante los acontecimientos de Londres, ella lo rechaza de plano, alegando que no son pruebas concluyentes. Pues más o menos como su teoría de el pene deforme de Sickert, señora, que comentaré más abajo. En fin, el caso es que Sickert mantuvo correspondencia con su familia durante su estancia en Francia, y eso es algo indiscutible al parecer. En última instancia, Cornwell y sus defensores esgrimen la delirante teoría de que Sickert podía perfectamente coger un barco, asesinar en Whitechapel y volver a Francia como si tal cosa. Así cinco asesinatos. Un poco cara la psicopatía, ¿no?.

El pene de Sickert en los ojos de la escritora

La escritora afirma que el pene de Sickert era deforme, lo que le impedía mantener relaciones sexuales, lo que le convirtió en un misógino asesino de prostitutas. El caso es que Sickert era bastante conocido por su agitada vida amorosa, y tenía hijos. Supongo que esto es un detalle menor, claro.

Cornwell, parte de una falacia lógica, pues asume como verdadero algo que intenta probar al mismo tiempo. La propia autora admite que no es muy científico que digamos.

Walter Sickert era un tipo excéntrico. En 1907 pintó el cuadro El Crimen de la ciudad de Camden, basado en el asesinato real de una prostituta. El cuadro también fue exhibido con el nombre de ¿Qué tenemos que hacer por el alquiler? (foto). Este es uno de los cuadros que sirven a Cornwell para ir entretejiendo su teoría.

El orígen de la teoría

Pero su teoría, por mucho que se empeñe, no es nueva. Stephen Knight, escritor británico, publicó el libro Jack the Ripper: The Final Solution en 1976. En este libro se afirma que Sickert estuvo involucrado en los crímenes, y por cierto, en este libro es también donde comienzan las famosas teorías conspirativas acerca de una trama masónica y monárquica. Pruebas de ello, ninguna, sólo conjeturas. La novela gráfica From Hell de Alan Moore se basa en el libro de Knight, y la película del mismo nombre protagonizada por Johnny Depp se basa en el cómic. El film Asesinato por decreto, con Christopher Plummer y James Mason, utiliza a Sherlock Holmes para resolver los crímenes usando la misma trama conspirativa basada en el libro de Knight.

La sospecha

Es muy fácil enmarranar la vida de un tipo excéntrico, sobretodo si es un pintor bohemio que gustaba de pintar prostitutas y cabareteras y recrear lo sórdido en sus lienzos. Vale que Sickert era un tipo al parecer muy dado al exceso y a dar la nota en sociedad, pero ser excesivo no es delito.

Sickert aseguraba, cada vez que tenía oportunidad, que alquiló una habitación en la que los caseros aseguraban que un estudiante de veterinaria un poco loco había sido descubierto por sus padres como el auténtico Jack el destripador, motivo por el que se lo llevaron de allí. Tiempo después, un tal Joseph Gorman, que aseguraba ser el hijo ilegítimo de Sickert, suministro una información al escritor Stephen Knight, información que años más tarde admitió haberse inventado, y el resto es historia.

No hay pruebas consistentes que avalen de ninguna manera las teorías de Cornwell, esa es la verdad.
Así suelen empezar las teorías conspiranoicas. Alguien suelta un bulo que se desplaza por el tiempo y se va deformando como el juego infantil del teléfono estropeado. Al final, la historia es totalmente irreconocible, pero ya es demasiado tarde para pararla. Después de todo esto, algunas mentes lúcidas sospechan que los asesinatos de Whitechapel no fueron la obra de un sólo asesino, y sí quizá el primer copycat del que se tiene noticia, alimentado o tal vez creado por los muy sensacionalistas medios ingleses, que intuyeron no sin acierto que si daban bombo y platillo a los crímenes, podrían incrementar sus tiradas para llegar a quienes normalmente no leían la prensa: los pobres inmundos y abandonados a su suerte de Whitechapel y las putas baratas atemorizadas por la figura casi mitológica de Jack el destripador. En aquel reverso de la Inglaterra victoriana, muchas putas morían a manos de sus maridos, amantes o clientes. Sólo la especial virulencia de algunos crímenes hizo pensar en la figura de un asesino único y casi omnipresente. Existen demasiadas diferencias entre al menos tres de los cinco crímenes canónicos atribuídos a Jack, y el último de ellos, el de Mary Jane Kelly es bastante significativo a este respecto, pues fue cometido en una habitación en lugar de en la calle, y las heridas sólo coincidían con las del asesinato de Catherine Eddowes, el penúltimo de los atribuidos a Jack.

Pero eso cuéntaselo a la gente. Mi vecino raro tendría todas las papeletas para acabar en la cárcel mientras un señor perfectamente normal mata a su mujer a palos en cualquier esquina. Pero eso no queda tan bien en una película.