sábado, 23 de octubre de 2010

Toda la vida tragando (creencias) y callando.



Uno puede ir por ahí siendo un hincha futbolero borracho. Puedes tocar la zambomba colorado como un tomate en nochevieja habiéndote bebido hasta el agua del escobillo. Puedes dedicar tu vida al ostracismo televidente y pasar de largo ante la información verdadera. Puedes hacer muchas horas extras. Puedes preocuparte de lo que hará el Real Madrid el domingo, o puedes pertenecer a un equipo de decimonquinta para jugar al fútbol los fines de semana y acto seguido endilgarte un considerable número de botellines. Puedes dedicar tu vida o tu pasión a muchas cosas... pero...

¿Ateo?

Hasta hace relativamente poco, yo creía que esa actitud no existía en España. Eso de mirarte de arriba a abajo cuando decides pasar al lado de la confrontación atea contra la religión, o su influencia nefasta en la sociedad, o cuando decides plantar cara en la medida de tus posibilidades a las creencias estúpidas, que no inocuas, como que me parecía algo muy lejano.

Me dice alguien que estoy obsesionado con eso. Que qué mas me da lo que crea la gente. En algo sí que tiene razón: en realidad, me la pela lo que crea la gente... siempre y cuando esa gente que cree cosas insostenibles no reciba subvenciones estatales, ni goce de privilegios de los que los demás no disponemos. Todo ello, porque últimamente mi blog viene cargadito de cosas al respecto, y aún mas mi muro del caralibro.

En realidad, no es que dedique todo mi tiempo a eso. Pero sí que encuentro que los mencionados soportes me dan pie a promulgar un poco lo que pienso. Aún así, se desprende de la reprobación arriba mencionada una actitud muy común, esa de ¿Qué mas te da? y esa otra de ser ateo tiene que ser algo personal.

Bien. Es personal. Muy personal.

El asunto es: puedes ser ateo, se te respeta, hombre. Es algo así como cuando le dan la razón a un loco. Nadie le dice a otro: que creas que todos los domingos comes una galleta y bebes un vino que dentro de tu cuerpo se transforman en el cuerpo y la sangre de tu dios, es decir, la transubstanciación - esto es rigurosamente cierto en la doctrina católica - es algo personal, hombre. Nadie se lo dice, porque el loco es el no creyente. Un Quijote. Un friki.

Pero el caso es que no me da igual. Estoy muy lejos de que me de igual.

No me da igual que para lo único que se ponen de acuerdo los líderes religiosos sea para intentar que la ONU haga que las críticas a la religión estén perseguidas.

No me da igual que un partido democristiano (PP) con dirigentes de una secta ultranacionalcatólica como el Opus Dei se metan en política, que nos afecta a todos.

No me da igual que mi jefe me joda las vacaciones obligándome a tomar una semana en navidades porque es lo normal. Para mí no es normal, no tengo ninguna gana de celebrar una fiesta que no comparto.

No me da la gana aguantar que el jefe de un Estado no reconocido por la ONU, estado que fue concedido por la Italia fascista de Mussolini, un regalito de nada, vaya a otro país y compare a los ateos con los nazis.

No me da la gana aguantar que el mismo individuo vaya a África y asegure a sus muy pobres e ignorantes gentes que el preservativo no sirve para prevenir el SIDA.

No me da la gana que los clérigos musulmanes, machistas, homófobos y medievales intenten ser intocables practicando costumbres neolíticas.

No me da la gana ser permisivo con las teocracias musulmanas.

No me da la gana ser permisivo con los ortodoxos judíos.

No me da la gana ser indiferente ante el conflicto religioso Pakistán-India, un polvorín peligrosísimo.

No me da la gana aguantar que con la crisis que estamos sufriendo, lo único no sometido a recortes sean los millonazos que todos los años España le regala obscenamente a la iglesia católica, y que en mi país siga aún vigente el concordato con el Vaticano de 1953.

No me da la gana que el jefe supremo de los últimos imbéciles de la lista de nomedalaganas venga a mi país en representación de no se qué, pues su Estado no es tal. Como líder religioso no debería recibir ni un duro y costearse él y su iglesia la monstruosa factura que nos costará su llegada.

No me da la gana aguantar que Hazteoir.org, Intereconomía, y demás morralla ultranacionalcatólica se conviertan en el programa electoral del futuro presidente del gobierno, al menos en parte. No me da la gana que medios de comunicación ultracatólicos, racistas, machistas y homófobos siembren mentiras, manipulaciones y delincan impunemente al amparo del arzobispado correspondiente.

Es que, sencillamente, no me da la gana.

Muchas personas en España dicen ser católicas. Pocas, eso si, van a misa habitualmente u observan esas bonitas normas romanas, como la de no masturbarse, no practicar adulterio, no follar antes del matrimonio, no matar, no violar niños (algo que unos cuantos miembros, que no miembras de la Iglesia parecen llevar muy mal ), no comportarse como vulgares porteras, etcétera. Cuando les preguntas por esa contradicción, muchos dicen: no, yo soy católico, pero no estoy de acuerdo con esas cosas... ah, amigo, es que en realidad, objetivamente, no eres católico. (Aplíquese esto a la respectiva religión o creencia irracional que practique).

Y esta actitud es la que otorga cada año una sustanciosa cantidad de milloncejos, con crisis o sin ella, a El Vaticano. Esta es la actitud que hace que todos los años dilapidemos energía en los adornos navideños de todas las ciudades occidentales del planeta, energía que pagamos todos, incluído quien esto escribe y también el planeta al que nadie preguntó. Si, al Papa y sus hombres de honor les viene muy bien eso, Es la excusa perfecta para poder reivindicar su dinero: el setenta y tres por ciento de los españoles es católico. Como los arzobispados han decidido hacer prácticamente imposible o demasiado exasperante la apostasía a fin de poder mantener sus intereses y privilegios medievales, a mi, ateo practicante, me incluyen en sus porcentajes.

Es una actitud muy española. La de qué mas te da. Aquí da igual todo. La huelga da igual, la reforma laboral da igual. Es estupendo tener miles de fiestas patronales en las que poder dejarse el hígado en honor al patrón de turno. Como si hicieran falta excusas para emborracharse.

Pero yo seguiré con mi activismo ateo, porque entiendo que - no me cansaré de repetirlo - la diferencia entre el islam y el cristianismo es que el segundo está desarmado. Pero dadle tiempo.

Las creencias no son inocuas. Y mucho menos pueden estar libres de crítica. El respeto del que tanto se les llena la boca pidiendo, jamás lo piden los creyentes para con otros. Ni tan siquiera sienten que deben respetar no ya las creencias de alguien, que no respetan ni mucho menos, sino a las mismas personas que no piensan como ellos. De hecho, las religiones, sus representantes y tácitamente los que las siguen, hacen todo lo posible para perseguir o entorpecer de alguna manera la labor de los que deciden no callar.

Y una cosa sí que tengo clara, y es que no hay ni una sola prueba de la existencia de Dios. Y eso jode. Porque querer ejercer presión a un Estado democrático en base a unas creencias infundadas, y que algunos no estemos de acuerdo y podamos dejarles en ridículo y encima tener razón, jode.

Hace tiempo que decidí no callar. Para mí, oponerme y luchar contra la irracionalidad y el peligro que representan las religiones, es un deber moral.

¿Personal? Mucho.