martes, 7 de junio de 2011

Antivacunas y Testigos de Jehová


Marcos Alegre Vallés tenía 13 años cuando sufrió un accidente mientras paseaba en bicicleta.  Se lesionó una pierna, y algunos días después, sufrió una hemorragia nasal, por lo que sus padres acudieron al médico. La familia militaba en los Testigos de Jehová.

Nunca sabremos si Marcos habría llegado a superar su enfermedad.  Y no lo sabremos porque sus fanáticos padres se negaron a que el niño recibiera una transfusión sanguínea.  Los sanitarios advirtieron de que no existía otra opción en aquel momento.  Los padres de Marcos pusieron su religión por delante de eso, y solicitaron el alta.  Los médicos se vieron obligados a solicitar al juzgado de guardia la autorización correspondiente para salvar la vida al niño.  Como Marcos era menor de edad, y sus padres y sus líderes religiosos le habían mentido con respecto a la transfusión de sangre, rechazó la transfusión "con auténtico terror, reaccionando agitada y violentamente en un estado de gran excitación, que los médicos estimaron contraproducente, pues podía precipitar una hemorragia cerebral ".  Finalmente, se deshechó la posibilidad de realizar la transfusión.

Después de otra nueva autorización judicial, Marcos cayó en coma profundo.  La transfusión se le practicó siete días después del accidente, contra la voluntad de sus padres, pero ya era demasiado tarde.  La muerte de Marcos desencadenó actuaciones judiciales que establecieron que "si el menor hubiera recibido a tiempo las transfusiones que precisaba habría tenido a corto y medio plazo una alta posibilidad de supervivencia ".

La Audiencia Provincial de Huesca absolvió a los padres de Marcos.  Después, la Sala Penal del Supremo, condenó, con todo el sentido común del mundo, a los padres a entrar en prisión.  Y después, el maravilloso Tribunal Constitucional decidió que el integrismo religioso y fanático es un derecho que el menor de 13 años ejerció, sin que existan pruebas de la presión paterna al respecto.  Así que, supuso el Tribunal Constitucional que el menor había llegado a la conclusión de que morir por tu religión es bueno por sí mismo, sin pasar por misa. 

El ridículo apego que se suele mostrar a eso del respeto a las creencias, alcanza categoría homicida sin consecuencias legales,  en el desgraciado caso de Marcos, gracias al Tribunal Constitucional.  Padres, creencias y Tribunal Constitucional, justifican la muerte evitable de un menor de edad.

En cierto modo, la actitud de los testigos de Jehová es incluso mejor que la de los padres antivacunas.  Es injusta la muerte de Marcos, pero aún más injusto es que unos padres, amparándose en la seguridad sanitaria que otorga la inmunidad de rebaño - aunque ellos alegan que a pesar de no estar vacunados, sus hijos no enferman, si bien esto es debido a que los hijos de los demás si están vacunados -, pongan en peligro la vida y la salud de los hijos de los demás.  Y, si, claro, la de los suyos propios, que no tienen capacidad para decidir si deben vacunarse o no.

En España, el movimiento antivacunas está provocando sus primeros frutos: brotes de enfermedades que hasta que ellos llegaron, tenían una incidencia muy escasa gracias a las campañas de vacunación.  Pero como hay que respetar las creencias, aquí no pasa nada.

Donde los Testigos de Jehová imponen su religión, los padres antivacunas ponen su ideología.  Ni los unos ni los otros basan sus afirmaciones en pruebas.  Es ideología, es religión, y provoca enfermedades y muertes.   Padres que amparándose en sus creencias infundadas, deciden poner en peligro la salud de sus hijos.  Lo que yo me pregunto, es a qué esperan las autoridades para retirar la custodia a estos padres irresponsables, y perseguir legalmente a todos aquellos que mienten con respecto a las vacunas actuando como apologistas del movimiento.