lunes, 13 de febrero de 2012

Esclavos de sofá

Llueven piedras en Europa, en todos los sentidos.  Mientras Mariano Rajoy machaca sin piedad a los asalariados a mayor gloria de la CEOE, haciendo uso de la mayoría absoluta que el pueblo español le concedió, y la única salida que queremos ver es la huida, la resignación y la pataleta, surge una curiosa forma de revisar la historia.

En la calle, en las redes sociales, en el bar, en la cola del paro y en cualquier sitio, el síndrome 15M ha ido generando una querencia por las frases empalagosas bonitas y por las consignas de huelga de instituto.  Y de aquí, surgen las comparaciones, que como todo el mundo sabe, pueden llegar a ser muy odiosas.

La comparación que más he escuchado/leído/tragado es la de la situación de los trabajadores, (no sólo después de la inútil y agresora reforma laboral que ha perpetrado el gobierno), con la esclavitud.  La esclavitud no se abolió, simplemente la pusieron en nómina y otras sentencias afines, se sueltan con una facilidad obscena e inconsciente.

Cuando leo frases aludiendo a la esclavitud en nuestras circunstancias, y más aún, cuando leo esa frase escrita en una red social por alguien que tiene ADSL, calefacción, coche, comida y hasta vacaciones - es decir, todos los que han escrito frases como las que he leído o que han dicho algo parecido -, creo que hemos perdido el norte.  Hemos perdido el norte porque cuando hacemos un mal diagnóstico de la situación, existe el peligro de equivocar las soluciones o caricaturizar las protestas.  Nosotros no partimos de las terribles circunstancias de las que partieron los negros de Estados Unidos o los aborígenes australianos para ser libres.  Lo nuestro, es otra cosa.  Otra cosa, sí, y no ésta cosa: 

O ésta otra:

O ésta otra:

O ésta: 



Y no, por mucho que nos empeñemos, por mucho que escupamos nuestro odio con lo primero que se nos venga a la cabeza, la situación no es comparable. Tampoco podemos ni debemos comparar nuestra situación con la que viven en Somalia hoy en día. Es obsceno.  Hay que luchar para que no pisotéen lo que hemos logrado hasta hoy, y para ir más lejos de lo que hoy estamos.  Debajo de los ladrillos está la playa es una frase empalagosa bonita.  Pero a día de hoy, no ha servido para nada.