domingo, 19 de febrero de 2012

Lo que no cuentan las imágenes


Cuando una foto es publicada, en el soporte que sea, casi todo el mundo piensa que lo que nos dice la foto es real.  También ocurre esto con grabaciones de video ( ya sabes, esos videos caseros de teléfono móvil que se cuelgan en youtube y de los que sólo su autor conoce las circunstancias en las que se grabaron ) lo que, en las circunstancias de histeria en las que vivimos gracias (arf) a la crisis, se transforma ineludiblemente en un estado de opinión (contraria).

En junio de 2011, las manifestaciones del movimiento 15M eran el plato habitual con el que nos desayunábamos, merendábamos, almorzábamos y cenábamos.  Los abrumadores testimonios en la red dieron lugar a un continuo goteo de videos y fotografías, unas en las que podíamos saber lo que ocurría exactamente cuando se tomaron, y otros en los que el público hacía su interpretación libre de lo que veía.

Tan libre, que el periodista Ignacio Escolar se vio obligado a rectificar ( algo que no es absolutamente nada habitual entre los periodistas españoles ) en Escolar.net, al haber identificado a un manifestante del 15M como un infiltrado de la policía.  Las famosas imágenes provocaron un alud de comentarios y actitudes linchadoras, de las de plaza de pueblo y garrote vil, en su más algodonosa versión virtual, que incluían la rocambolesca acusación de que el policía falsamente infiltrado tiene algo que ocultar y la prueba es que viste un polo de marca.

Hoy mucha gente tiene un teléfono capaz de grabar videos en alta resolución, o de sacar fotografías.  Las fotografías pueden ilustrar una realidad, pero también pueden manipular la realidad en beneficio de una opinión particular, o como en los casos que voy a relatar a continuación, los prejuicios pueden hacer que veamos en una fotografía una confirmación de lo que pensamos sobre cualquier cosa. 

Estoy seguro de que todos conocéis la siguiente fotografía:




También estoy seguro de que conocéis alguna de las variantes de leyendas urbanas que rodean la historia de la foto.  El fotógrafo sacó la foto de la niña africana acosada por un buitre y no quiso ayudarla.  La niña murió, como presagiaba el ave carroñera, y el fotógrafo fue premiadísimo por su trabajo.  Finalmente, acosado por el sentimiento de culpa por no haber ayudado a la niña, el fotógrafo se suicida.  ¿No es una historia demasiado buena para ser cierta? Bien, esto es porque la historia no es totalmente cierta, precisamente.

Kevin Carter fue el fotógrafo sudafricano que tomó la famosa foto, en Sudán en 1993.  La niña no era una niña, era un niño llamado Kong Nyong.  Y no, Kong Nyong no murió ese día, ni los días siguientes.

El niño en cuestión lleva en su mano una pulsera de la estación de comida de la ONU.  Así que, al menos momentáneamente, el niño estaba salvado de morir debido a la desnutrición.  Carter había sacado muchas otras fotos de niños africanos en situaciones dramáticas.  Al parecer, quería retratar la hambruna por la que pasaba el país africano, denunciar la situación.  Kong Nyong estaba sólo porque sus padres habían ido a por la comida que traía el avión de la ONU.  Carter se acercó sigilosamente al niño para no asustar al buitre.  Sacó la foto, y esperó a ver si con un poco de suerte, el buitre abría sus alas - lo que sin duda añadiría aún más dramatismo a la escena - pero el animal no debía saber mucho de arte, y se fue por donde vino.  El hecho es que Kong Nyong sobrevivió a la terrible hambruna gracias al programa de la ONU, y murió muchos años después debido a alguna de las enfermedades endémicas de la zona, en 2008.

La fotografía fue premiada con el Pulitzer.  No es ningún secreto que se puede usar una fotografía como metáfora de una situación, y así lo atestigua la foto de Carter, que no es "real", es una metáfora de la horrorosa hambruna que vivían los sudaneses.  Kevin Carter se suicidó aspirando el humo de su vehículo.  Sufría depresiones.  No fue capaz de soportar la presión de la crítica, y recibió un mazazo al morir a su compañero y amigo Ken Oosterbroek que cubría un tiroteo en Johannesburgo.  También era amigo de algunas drogas, estaba prácticamente sin dinero, su vida sentimental era un desastre, en su trabajo no daba pie con bola.  ¿Por qué no pensó nadie en alguna de sus otras fotografías realizadas en situaciones dramáticas para explicar su muerte? Es sencillo, las otras fotografías no removían la mala conciencia, ni alimentaban la imagen del terrible hombre blanco que abandona a una niña a su suerte.  Flaco favor hacemos a los africanos al no buscar su dignidad más que nuestra compasión.

La cosa no acaba ahí.  Los fotógrafos españoles José María Arenzana y Luis Davilla, andaban en el mismo lugar que Carter el día de la foto.  Y, oh sorpresa, tomaron una foto muy parecida.  La foto es ésta:



Según los españoles, los buitres solían deambular por aquella zona porque allí había un estercolero al que acudían los pájaros en busca de alimento.  En aquella zona, la gente iba a defecar.  Kong Nyong estaba cagando, vaya.

Al parecer, Carter intentó explicar la foto en numerosas ocasiones, pero fue inútil.  Unos parecían verle como un monstruo incapaz de ayudar a una niña, y otros le vieron como un hábil manipulador fotográfico.  Los más, en cambio, elaboraron sus propias explicaciones de la toma de la foto.  Pero ya es tarde para cambiar eso.

La otra fotografía de la que quiero hablar es la del famoso jefe Raoni.  El amigo de Sting.  Bueno, el ex-amigo. Bueno, el otra vez amigo.  La foto es ésta:



Las primeras informaciones sobre la llorera de Raoni, decían que lloró al enterarse de que iban a construir una planta hidroeléctrica en el territorio de su tribu.  Es para llorar, efectivamente.  Pero el caso es que, una vez más, se apela a nuestra conciencia y a nuestros sentimientos de culpa.  La frase que escribí sobre la dignidad de los africanos vale también para el pueblo de Raoni.

Por supuesto, la foto no es falsa.  Lo que es falso es que Raoni llorara por eso.  Pero internet es el paraíso de la llorera, y junto con la información veraz, podemos encontrar un número elevadísimo de falsedades.  La realidad era también triste en el caso del jefe del pueblo Kayapó, y no es otra que la que podemos leer aquí.  Raoni lloró por el fallecimiento de un amigo, nada menos que en 2002.  Así que, como escriben en el enlace, el jefe Raoni ( que no lloró por la construcción de la planta hidroeléctrica, más bien piensa plantarle cara con dos c...) no es posible que lleve 10 años llorando.  Las leyendas urbanas suelen ir cargadas de moralina, como este cuento que enfrenta progreso-indígena, casi como Pocahontas.

Como se suele decir, no es oro todo lo que reluce.  Se pueden remover las conciencias prescindiendo de la manipulación.  Y también se puede investigar un poco antes de dejarse llevar por la rabia, que es muy fácil.