miércoles, 5 de septiembre de 2012

Dioses de carne y hueso

Por muchos años de mi vida pude trabajar bajo el mayor hijo que haya producido mi pueblo en su historia de mil años. Ni siquiera, si lo quisiera, podría borrar este período de mi existencia. Me siento feliz de saber que he cumplido con mi deber para con mi pueblo; mi deber como alemán; como nacionalsocialista; como leal seguidor de mi Führer. No me arrepiento de nada. Si tuviera que comenzar de nuevo, actuaría tal como he actuado, inclusive si supiera q ue al final me esperase una feroz muerte en la hoguera. No importa lo que me hagan los hombres, algún día estaré ante el trono del Juez Eterno. Ante Él me responsabilizaré y se que Él, me declarará inocente.
                                                                                                                                  Rudolf Hess


El mes pasado, viví una velada nocturna en Madrid con personas a las que acababa de conocer, en su casa.  Suena extraño, lo sé, pero es una larga y surrealista historia que no me apetece relatar.  Lo desagradable no fue exactamente esa noche.  Fueron más bien las circunstancias que rodearon su recuerdo días después lo que me ha dejado un regusto amargo.

Una de las personas a las que acababa de conocer, intentó defender el argumento de que no todas las dictaduras son malas.  No me sorprendieron sus palabras, no era la primera vez que escuchaba algo así.  Pero me dio que pensar.

Es cierto que un dictador benévolo que jamás se equivoque, que tome las mejores decisiones para todos, será un gobernante ideal.  El problema es que alguien así tiene tantas similitudes con dios que cuenta de antemano con mi rechazo.  Un dictador así sólo puede existir en los cuentos de hadas y en los libros sagrados.   En los cuentos, en general.

Para los creyentes, su dios es perfecto: lo sabe todo, lo ve todo, cuida de todos, siempre acierta con sus decisiones.  Desgraciadamente, algunos se dedican obstinadamente a llevar la contraria a sus sagradas palabras: homosexuales, disidentes, feministas, médicos abortistas, izquierdistas, librepensadores, punkrockers... la lista sería interminable.  Por supuesto, para los creyentes, la desviación del camino marcado por dios, no es culpa de dios, es culpa de los propios desviados.  Es una paradoja, teniendo en cuenta que todo lo ve y todo lo puede y todo lo sabe y jamás se equivoca.  ¿Puede un dios infalible crear seres humanos que se rebelen y lleguen a la conclusión de que las palabras sagradas no contienen verdad alguna?  No será tan infalible, entonces.

Mi padre dice que con Franco, dios no tuvo ni puta gracia.
En el caso de un dictador de carne y hueso, es decir, en el caso de algo real, ocurre algo sospechosamente parecido.  El gobernante es perfecto, jamás se equivoca, sus decisiones son sabias, no son discutibles, y buscan el bienestar de la mayoría.  Para ello, como dios, ordena, faltaría más, reprimir o exterminar a todos aquellos que no comulguen con su presunta sabiduría y, por supuesto, ésto también lo hace por el bien de todos.  Para los partidarios del dictador, sus decisiones son acertadas, sean las que sean.  Aquí es donde el creyente religioso y el fanático seguidor de las ideas de un líder mesiánico de carne y hueso se confunden hasta hacerse indistinguibles.

Los seguidores debidamente fanatizados de un dictador, o bien suplantan su creencia religiosa por la creencia en una religión política, o bien la compatibilizan, como en el caso de Francisco Franco, que había sido elegido para dirigir España por la Gracia de Dios.  Hitler se sentía elegido por la providencia, transformado a los ojos de los alemanes en una especie de mesías cuasireligioso, y los afiliados al NSDAP, en su inmensa mayoría, creían en su infalibilidad, aunque eso implicara invadir Polonia y exterminar pueblos enteros.

Pol Pot era un gran líder para sus fanáticos seguidores
El problema, básicamente, es éste.  Los partidarios de una religión política, como mi interlocutor aquella larga noche, esperan la llegada de un líder perfecto.  Esperan un mesías.  Y si partimos de ahí, en el momento en que cualquier iluminado del mismo signo que él acceda al poder, dará igual lo que haga mal.  No puede equivocarse.  Para el creyente, no hay errores en el creador.  Y las bajas que puedan acarrear sus decisiones, son necesarias para lograr la perfección.  El infierno de las religiones políticas se llama Gulag, se llama Auschwitz.  Si alguien osa disentir, será un hereje.  Y a los herejes, hay que combatirlos a cualquier precio.

Últimamente he leído y escuchado afirmaciones en la misma línea en twitter, en el trabajo y en la calle.  Creo que la búsqueda de alternativas a la crisis, puede llevar a mal término si erramos el tiro.  Que tengamos que encontrar soluciones, no quiere decir que cualquier solución sea deseable. Una solución para acabar con el hambre en el mundo es exterminar a los hambrientos.  Es una solución, por supuesto que sí.  Pero es una solución abominable.

Y ésta, repito por enésima vez en éste blog, no es mi izquierda.