martes, 9 de abril de 2013

A los genes no les importa nuestra felicidad, pero al juez no le importan las excusas



Algunos de los escritores que he leído con entusiasmo en mi vida, no son aptos para todos los gustos: J.G. Ballard, Willaim Borroughs, Charles Bukowski, James Elroy.  El primero de ellos pasó parte de su infancia confinado en un campo de concentración japonés durante la II Guerra Mundial, lo que, en cierto modo, le hizo como persona.  El segundo, se cargó a su mujer un buen día en el que iba hasta el culo de drogas y decidió jugar a Guillermo Tell con ella, fallando la puntería. Bukowski quizá es el más conocido de los tres, y algunas feministas no podían ni verle.  James Elroy consumió drogas, fue alcohólico, robaba ropa interior de mujeres, e incluso perteneció de niño a una especie de organización nazi.

Los tres primeros están muertos.  Sus obras están en las librerías o en internet, son autores de culto.  Los cuatro llevaron a sus espaldas vidas complicadas, extrañas, tortuosas.  Eso no quiere decir que para ponerte a escribir algo parecido, tengas que ser un tío torturado por un pasado estremecedor o un borracho y un vagabundo.  Tampoco estoy seguro de que Bukowski buscara transgredir nada con sus relatos.  James Elroy escribe bien, pero lo que quiere es ganar pasta.

Luego hay algunos que intentan transgredir, y se comparan con alguno de ellos.  Queda muy bien, es una forma de tener asustados a los jubilados de tu portal. 

Todo esto viene al caso por el revuelo que ha causado - revuelo es algo relativo en las redes sociales - la entrada en el blog del escritor Enrique Rubio A los genes no les importa nuestra felicidad ni nuestra supervivencia.  Lejos de estar ante un comentario sobre El gen egoísta de Richard Dawkins o algo así, lo que nos encontramos ahí es una justificación de las violaciones.  Violaciones a mujeres, se entiende, que para eso es muy macho.

Para que no diga que no se han leído su artículo entero, enlazo su entrada.  Básicamente, después de dar muchas vueltas, llega a la conclusión de que cuando un hombre ve unos labios pintados de rojo, lo que ve es un coño.  Y cuando una mujer va con los labios pintados de rojo y una falda corta, está pidiendo un pollazo.  Así, Enrique Rubio equipara al violador y a la víctima, diciendo que si una mujer no quiere que la violen, no debería vestirse así.  Efectivamente, es una opinión monjil.  Violar a una mujer porque va así por la calle, es natural.    Cuenta Carl Sagan en El mundo y sus demonios que un tipo que entró en un tren y se lió a tiros con los pasajeros, fue defendido en el juicio con el argumento de que, al ser negro, llevaba una hostilidad hacia los blancos en los genes después de siglos de opresión y se vio casi empujado a hacer algo así.  Evidentemente, el juez se pasó las explicaciones pseudocientíficas por el forro de la toga.




En Twitter, ha intentado presentarse como un mártir de la libertad de expresión.  Suele olvidársele a muchos que la libertad de expresión tiene ida y vuelta: tú dices una subnormalidad, los que escuchan esa subnormalidad tienen derecho a criticarla y refutarla.  Alguien parece haber denunciado su cuenta en la red social, y se la suspendieron unos días.  Cuando llegué del trabajo, me encontré un chorro de contestaciones a lo que dije después de leer su artículo.  

Como parece que le pica que al exponer un texto se le critique - gajes del oficio, majete - , se ha visto en la necesidad de justificar su post de apoyo al violador.  El segundo artículo tiene una mucho peor catadura moral, así que me limitaré a citar:

Es curioso, a los progres y a los izquierdosos se les llena la boca con expresiones como 'libertad de expresión', 'tolerancia', 'pluralidad'... pero cuando escuchan algo que trastoca levemente sus ideales, cortan la cabeza de quien sea antes siquiera de mirarle a la cara. No soportan que haya puntos de vista diferentes. No me preocupa ni voy a quejarme de todo lo expuesto, pues asumo todas las consecuencias de lo que escribo y no me asusta ni me ofende nada de lo que puedan decir las feministas o cualquier otra cárcel mental que termine en –ista. Sin embargo, sí me ha sorprendido la magnitud desproporcionada que ha alcanzado el asunto.

Como soy uno de esos izquierdosos de mierda que se ofenden cuando alguien equipara víctimas con agresores, sólo le diré a Enrique Rubio que para asumir todas las consecuencias de lo que se escribe, no sirve con decirlo, también debería, al menos, parecer que es así.  Lo digo, Enrique, hijo mío, porque no dejas que te comenten directamente en el blog.  Lo de la cárcel mental después de haber equiparado víctima y agresor, creo que está de sobra comentarlo.  El retrato se lo hace él solito:




Unos labios rojos pueden sugerirte muchas cosas, y verlos y hacerte una paja pensando en ellos es algo que sólo te incumbe a ti, pero violar a una mujer por ir así o por ir tapada hasta el pescuezo, es un delito nauseabundo.  Decir que una mujer va buscando polla por ir vestida de una manera o pintarse los labios de color chochomona, es equiparar víctima con agresor, es justificar una violación, pues ya se sabe que la culpa es de los padres, que las visten como putas.

Y es que, hay algo que se le olvida señalar a Enrique Rubio.  Aquí unos labios de rojo:





Y aquí, un coño.  Santísimo, además:



Y ni una cosa ni otra se tocan sin permiso de su dueña.  Transgredir está muy bien, y uno puede escribir un cuento cerdo si le da el talento para ello. Pero es que Enrique ha escrito una entrada en la que da su opinión.  Y ahí, no puede esperar que no le lluevan palos.

Por cierto, yo jamás he tenido esos impulsos, Enrique.  Háztelo mirar.