domingo, 5 de mayo de 2013

El General Ludd no pasó por Bangladesh.

El ludismo surgió durante la Revolución Industrial en Inglaterra.  Generalmente, se asocia al movimiento como contrario a la industrialización y al uso de máquinas.  Con la llegada de las industrias textiles, los artesanos vieron como les resultaba totalmente imposible competir con los grandes empresarios que producían más a muy bajo coste.  Su "activismo" consistía  en sabotear la industria o amenazar a los empresarios para que se largaran de la ciudad  o hicieran desaparecer sus máquinas antes de que ellos las encontraran.  Pocas veces encontraremos un texto en el que podamos leer que el ludismo buscaba en algunas ocasiones, simplemente una política de precios que no provocara la ruina de miles de artesanos.  De hecho, hay pruebas de que algunos empresarios textiles que no reventaban los precios y eran menos proclives a la explotación laboral, no eran objetivo del ludismo, y eran respetados por el movimiento, como podemos leer en la obra "La formación de la clase obrera en Inglaterra" de E.P. Thompson.

El general Ludd es un personaje ficticio. Los luditas firmaban sus amenazantes misivas a los señores industriales con ese y otros pintorescos nombres, como Mr. Pistol o General Justice.  Hay leyendas urbanas sobre la historia de Ned Ludd, en la que se cuenta que era un obrero textil que un buen día se hartó de su trabajo y destrozó el telar industrial en el que se ganaba la vida. 

Es cierto que los trabajadores de la industria textil durante la Revolución Industrial cobraban más que un trabajador agrícola.  Su nivel económico subió gracias a la industria.  Lo que los seguidores de Hayek no quieren ver son las condiciones en las que ese "alto" nivel económico se desenvolvió.  Jornadas extenuantes, viviendas infrahumanas alrededor de las factorías, trabajo infantil, negreros vigilando fusta en mano, poco tiempo para disfrutar de ese pretendido nivel económico.  Los trabajadores eran despedidos después de toda una vida ( 40 años ) dedicados a la industria textil, pues eran inútiles para seguir el ritmo, debido a la insalubridad de sus puestos de trabajo que provocaba terribles enfermedades.  Las comisiones parlamentarias que trataron de arrojar luz sobre las condiciones de los puestos de trabajo fueron habílmente engañadas en el mejor de los casos, y en el peor, los inspectores eran los mismos que disfrutaban a todo trapo de la Revolución Industrial.   Es parecido al panorama que vemos hoy en Bangladesh, y que ha dado lugar a artículos de opinión de pijo occidental que ha provocado malestar en las redes sociales estos días.

Dicho esto, antes de que alguno me mande a los perros de presa, el ludismo era una mierda.  En lugar de luchar para mejorar las condiciones laborales de los trabajadores textiles, en su mayor parte el ludismo iba encaminado a mantener los privilegios de los artesanos.  La prohibición de las Trade Unions o cualquier forma de organización de los trabajadores, que no fueron legales hasta 1871 nada menos, no ayudaba mucho tampoco.  Pero la tecnología no es el enemigo.  La tecnología es más bien inocua, todo depende de como se utilice. 

El neoludismo es otra cosa, eso sí.  Es aún más imbécil.


Unabomber, la prueba viviente de lo bueno que es prescindir de la tecnología.


Unabomber era un hombre muy inteligente, un superdotado, de hecho.  Tuvo la oportunidad de desarrollar una vida académica brillante.  Estudio una carrera universitaria, su familia vivía relativamente bien.  El señor Kaczynski no tenía muchos motivos para matar a nadie, y aún así lo hizo, advirtiendo al mundo de lo terrible que es la tecnología, como si las bombas que mandaba a la gente hubieran sido fabricadas con apios y flores del campo. 

Kaczynski vivía en una sucia cabaña maloliente en las montañas como un mendigo.  No como le hubiera gusado a él, probablemente, como un hombre primitivo en armonía con la naturaleza.  Vivía como un vagabundo, sucio, andrajoso, pasando frío y miserias y retornando al futuro para hacer bombas.  Y lo hacía por voluntad propia, sin opresión capitalista alguna.  Es más, si alguien precisamente nunca había sufrido la opresión de la industria, era él.

Hoy, el neoludismo es cosa de pijos occidentales.  Desde el extremismo de Unabomber, o el paradójico pseudomovimiento neoludita mexicano que se anuncia en internet, vivir para ver, hasta el conspiracionismo anti antenas, los parecidos con el ludismo de la Revolución Industrial son escasos.  Considero ambos muy negativos, pero el que vivimos en la actualidad es evidentemente mucho más imbécil, más descerebrado, y responde mejor al tópico más o menos imaginario del primer ludismo: paletos atacando tecnología.  Si vives en occidente y tienes acceso a internet y vas a la universidad, pero te conviertes en neoludita, eres un paleto, sí.


Unabomber hoy es un icono popular.  Hay una marca comercial de monopatines con su nombre, grupos musicales con su nombre, camisetas, etcétera.  Un poco delirante que se venda por internet merchandising de un asesino anarcoprimitivista, pero, eso sí, en lugar de ser visto como un luchador contra la opresión del sistema, hoy está donde tiene que estar: al lado del merchandising de Charles Manson y otros psicópatas criminales.

Cuando veo lo que está pasando en Bangladesh, me pregunto si realmente somos así de imbéciles.  Me pregunto si es necesario que un país que se está industrializando, tenga que someter a sus trabajadores a las mismas condiciones laborales que los obreros textiles ingleses del siglo XIX, o incluso mucho peores.  Pero en lugar de ponernos a despotricar sobre el terrible progreso y lo malas que son las máquinas, como si una máquina supiera distinguir entre el bien y el mal, más valdría que todos lucháramos para que las personas que hoy en Bangladesh sufren abusos patronales, trabajen en condiciones dignas, con seguridad, con sueldos decentes, en lugares limpios que no amenacen derrumbarse en cualquier momento, con jornadas laborales normales.  Es lo que hacen, si bien tímidamente, los sindicatos.  Pero no, es mejor ponerse a quemar cosas.  O sacar pecho y ponerse medallas porque ahora los trabajadores de Bangladesh pueden elegir entre morir de hambre o arriesgarse a morir por un derrumbe o un incendio.  Sonroja leer opiniones a uno y otro lado.  Como si las únicas soluciones fueran volver al cultivo de arroz que nunca fue capaz de acabar con la pobreza, o caer en las garras de la semiesclavitud industrial. 

En fin.