lunes, 1 de julio de 2013

Hazañas etílicas.

Por las consecuencias de una ruptura sentimental especialmente siniestra y la tensión en otros aspectos de mi vida, caí en el alcohol.  Bebiendo era un tío insoportable.  Bocazas, inconsciente, pesado, depresivo, voceras.  Cuando el alcohol pasó de ser una forma de diversión a ser un hábito inprescindible, fui aislándome poco a poco. 

Un recuerdo me persigue de aquellos años.  Una comida con unos amigos, un domingo de primavera.  Acabé yo solo en un bar de búlgaros, con los que me hice fotos.  No he vuelto a mirarlas, pero recuerdo sus rostros borrosos por mis manos temblorosas y sus sonrisas de condescendencia con un español greñudo y con barba que parecía estar fuera de sí.  Aquel día pasé de beber cerveza a beber vino, de beber vino a beber orujo.  No recuerdo el dinero que gasté, no recuerdo qué hice al salir del bar de los búlgaros ni recuerdo como llegué a casa, pero tardé más de una hora en un trayecto que no puede ocupar más de 10 minutos. 

Fui a los chinos del barrio antes de subir y compré 8 botes de cerveza.  Siempre los compraba de ocho en ocho, aunque algún tiempo después tuviera que bajar corriendo antes de que cerraran para comprar otros ocho botes.   Al entrar en casa después de más de 5 minutos intentando encontrar la cerradura para poder introducir la llave, sentí cierto alivio al dejar atrás los licores fuertes, (la cerveza enmascaraba mi alcoholismo) y mucho más al haber salido indemne del bar de los búlgaros ante algún comprensible cabreo por su parte.  Me dirigí al dormitorio, y puse la cerveza junto a la cama, en la mesita de noche.  Pensaba tumbarme , encender el ordenador, ponerme los auriculares y escuchar música mientras bebía hasta caer exhausto, tal vez vomitando en la almohada como algunas otras ocasiones.

En lugar de ello, al desabrochar el cinturón para quitarme los pantalones, perdí el equilibro y caí al suelo, y mi cabeza golpeó en la mesa, y la mesa cayó al suelo no sin antes golpear mi cabeza, y los botes de cerveza rodaron bajo la cama.  Y me quedé allí, en el suelo, dormido contra mi voluntad.  Cuando desperté eran las 3 de la madrugada.  Me dolía la cabeza y tenía un chichón del tamaño del Teide.  Aturdido, me desnudé y me metí en la cama. 

Este hecho no fue un hecho aislado.  Muchas películas muy parecidas habían ocurrido con frecuencia en aquellos últimos años.  Sin darte cuenta te vas metiendo en la bebida y alrededor de ti nadie parece desaprobar lo que estás haciendo con tu vida.  Pasas por una etapa en la que eres demasiado borracho como para compartir tu borrachera con los demás.  También tenía una depresión que intentaba enmascarar con el alcohol.    Caí en un pozo del que salir fue complicado y terrible, al principio.  Para quien no ha sido alcohólico, es difícil de entender, algo de lo que sólo ahora, después de algunos años, me doy cuenta.

Cuando dejas el alcohol, también te dejas otras cosas.  Amigos que creías tener ya no lo son.  Nunca más te llaman.  Es complicado divertirse bebiendo con un tío que no bebe más que café o cocacola y que vocaliza perfectamente cuando tú no sabes ni donde tienes la lengua.  En cualquier caso, y sin rencor alguno, que los que están a tu alrededor se retraten así para contigo es un favor que te hacen.  Asumir que tienes un problema grave te aisla tanto como el alcoholismo.  Y, afortunadamente, también entiendes que algunos siguen y seguirán a tu lado para siempre, o al menos no te darán de lado cuando más necesitas su apoyo.

Cuando llega el verano, siempre me asaltan estos recuerdos.   Fue a finales de agosto cuando dejé de beber, el día después de mi cumpleaños.  Una amiga a la que nunca estaré suficientemente agradecido, me llamó desde un lugar lejano y me dijo las cosas como son: tienes un problema, Yayo.  Y por primera vez lo asumí. Al parecer era estrictamente necesario que alguien desde fuera me dijera cómo me veía.

En el fondo, siempre supe que tenía ese problema, pero nunca había tenido el valor suficiente para afrontarlo, ni tan siquiera cuando acudía al trabajo por las mañanas con manos temblorosas y sudores de todo tipo. 

Ese día, el día de mi cumpleaños, me senté en una terraza en la Calle Mayor de Alcalá de Henares.  Pedí una jarra de medio litro de cerveza, y me dije que aquella jarra, era la última. 

Saboreé la cerveza consciente de la decisión tomada.  Bebí lentamente, mirando como descendía el contenido de la jarra a cada trago, y me sentí muy vacío.  Mi amiga acababa de arrancar de cuajo una parte de mí.  Esa tarde, fui a los chinos del barrio y compré donuts, zumo de naranja y un mechero.  El chino me miró muy serio:

-  ¿Hoy no cerveza,  amigo?

-  No, hoy no, tío.

Y hasta el dependiente sabía que era un puto borracho.  

Por supuesto, no soy un ejemplo de nada, ni quiero dar lecciones a nadie. Pero hoy estoy siempre lúcido, y soy dueño de mis equivocaciones y mis aciertos.  Y ligo más, todo hay que decirlo.   Tampoco mucho más, no os vayáis a pensar.  Y he conocido mucha gente maravillosa desde entonces que hoy son estupendos amigos.  Es más fácil soportarme.

Fueron varios años que están borrosos en mi memoria, pero siguen ahí, con su extraña persistencia de recuerdos pegados: un collage de vomitonas, broncas, pérdida de amistades y recuerdos dolorosos.  Pero hoy me puedo mirar al espejo.

Llega el verano, y con él alguna estridente campaña en pro de algo llamado "cultura de bar", que es muy español.  Si algún día un presidente decide que hay que cerrar la mitad de los bares españoles, ese mismo día se derrocará al gobierno en las calles.  Ese día, o el día en el que el Real Madrid baje a 2ª división.   6 millones de parados no son motivo suficiente, al parecer.