jueves, 5 de diciembre de 2013

Subvencionados.

En la puerta de mi portal, hace algunos días, pegaron un panfleto del PSOE.  Emplazaba a los vecinos a una reunión para debatir sobre el abandono de las zonas verdes del barrio.  Me hizo bastante gracia sabiendo como sé que la mayoría de zonas verdes del barrio ni lo son ni nunca lo han sido.  Simplemente, la maleza ha crecido en zonas donde no había más que tierra, hasta el punto de convertirlas en selvas inaccesibles.

No es frecuente que los partidos políticos trabajen este barrio.  De hecho, las pocas veces que vienen, muy probablemente la gente ni se acerque al akelarre.  Quizá si en el PSOE supieran cómo está el barrio, ampliarían los objetivos de la reunión.  Y quien dice el PSOE dice IU en este caso.

No se ven muchos barrenderos por aquí.  La mierda y las hojas secas se acumulan día tras día hasta que alguien envía una máquina para apartarlas. 

Las papeleras no existen en muchas zonas.  En cualquier otro barrio, una papelera rota termina siendo reemplazada.  Aquí no, nunca, lo que ha llevado a que gente del barrio compre papeleras en tiendas de chinos para suplir las del ayuntamiento.

Aquí no hay comercios, apenas algunos bares y un par de farmacias - hasta hace poco más de diez años no había ninguna - y con la crisis alguien ha abierto una tienda de frutos secos ilegal para poder subsistir.  Venden bocatas de chorizo frito por 3 euros.

Esta noche pasada, un libertariano ha tenido la temeridad de decir en Facebook que los barrios marginales lo son por estar subvencionados, delante de un servidor.  Mordiéndome la lengua hasta el envenenamiento, he soltado alguna coz, pero no he querido seguir el debate que, además, no venía a cuento.  El caso es que se me ha quedado grabado lo de las subvenciones.

Es mentira, por supuesto.  Que el Estado ayude a personas que no pueden pagarse una vivienda en el maravilloso, perfecto, idolatrable y acosado por las hordas comunistas, Reino del Dios del Libre Mercado, es normal y deseable.   Y es justo ahí, en esa ayuda a la vivienda, donde acaba la subvención que, por cierto, no ha evitado que se pague por los pisos.  No, no son gratis.

Nadie nos subvenciona la comida, ni el trabajo, ni el coche ni el papel del culo.  La gente trabaja y paga lo que tiene que pagar.  El paro es un mal endémico en la zona, pero no tiene sentido acusarnos de vagos: durante el boom inmobiliario, casi todo el mundo trabajaba honradamente, incluso los traficantes de drogas aparcaron su actividad habitual.  El problema aquí es la falta de dinero, el abandono casi absoluto de las instituciones publicas y el que sus habitantes han asimilado que los que no viven aquí les miran con recelo y que el lugar que ocupan en la sociedad es el que les corresponde de nacimiento.  ¿Mala gente? Tanta como en la puta Moraleja y en el Centro Comercial más pijo que puedas tirarte a la cara.

Cuando leo un comentario así, veo clasismo, veo la mirada de quien nos ve como un reducto de parásitos ingobernables.  Es paradójico que los prejuicios debidos a la lejanía con la que pilla todo esto al libertariano que menciono, sean compartidos por buena parte de la izquierda, que prefiere hacerse fotos con Mario Vaquerizo que dejarse ver con un bacala chungo.

Achacar los problemas de los barrios marginales a la existencia de unas presuntas subvenciones, no es un análisis riguroso.  Ni tan siquiera es un análisis.  Es fruto del fundamentalismo ideológico.

No he ido a la reunión del PSOE.  Esa falsa bondad progre me pilla muy lejos.  Tanto como el libertarianismo.