miércoles, 25 de diciembre de 2013

Emprendedores.

Si utilizas el Metro de Madrid habitualmente, verás un bombardeo contínuo de publicidad alentando a los madrileños a emprender.  De la burbuja del emprendimiento imagino que hablaremos en breve y nadie lo habrá visto venir.  Hasta el Rey, en el discurso navideño, mencionó a los emprendedores que al parecer ayudarán a España a salir de la crisis monstruosa en la que está metida.

No hace mucho, un pequeño empresario me comentaba que "si la cosa en España no está peor, es gracias a emprendedores como nosotros".  Se referia a él y los suyos, no a mí.  El caso es que este empresario tiene una empresa donde se descuartizan pollos.  

Todo este bombardeo constante para fomentar el emprendimiento me resulta extraño.  No me muevo precisamente entre emprendedores, porque para ser emprendedor hace falta tener dinero, el que sea.  Las edificantes historias de personas que con pocos recursos y al borde de la ruina económica optaron por emprender y triunfaron con su proyecto son una excepción, sencillamente.  Es el sueño americano en su versión ibérica.

En el polígono industrial donde trabajo, hay una chatarrería.  Todos los días, docenas de personas al límite de la indigencia o en la indigencia casi total, acuden allí a vender al peso lo poco metálico que han podido saquear de contenedores y puntos limpios de la ciudad.  Algunos llevan la chatarra en un carrito de la compra, otros en un carro de supermercado, otros en uno de esos carros de dos ruedas, incluso enganchado a una bicicleta.  Los más pudientes, en una destartalada furgoneta llena de mierda. 

La policía suele frecuentar el lugar.  Los que intentan acercarse allí con un carro de la compra donde, en precario equilibrio, se apelotonan radiadores viejos, puertas de aluminio desvencijadas, tuberías cochambrosas y latas, son sometidos a un interrogatorio.  Rara vez he visto que les requisen la mercancía, pero no es raro que tengan a esta gente parada antes de llegar a la chatarrería durante bastante tiempo. Nadie parece pararse a pensar que la economía de subsistencia en su versión urbana, no es un chollo.

Una de estas personas es un tipo algo más joven que yo.  Transporta la chatarra en un carro de Alcampo.  Lleva faja, guantes y botas de seguridad, ropa de trabajo, teléfono móvil al cinto.  Se lo toma en serio.  Pasa por los talleres de chapa y pintura a ver si le dejan algo.  Uno de los talleres le guarda las piezas abolladas.  Las coge, las coloca en el carro con toda la seguridad que le permite, que es básicamente ninguna.  El tío siempre aparece a la misma hora, parece haberse marcado un horario. Fue despedido de su trabajo hace tiempo, y tiene una familia que mantener. 

En 2011 los chatarreros españoles se manifestaron ante el anuncio de la prohibición de recoger chatarra en la vía pública.  Se pretendía que se hicieran autónomos y hasta sacaran una licencia para transportar la chatarra.  Más de uno dirá que una persona caminando por la carretera con un carro repleto de basura es un peligro y hay que regular eso.  Pero me da a mí que el objetivo es eliminar a la parte baja de ese negocio y dejar que únicamente trabaje con ello quien pueda permitírselo.  Es delirante, lo sé, pero no hay chatarra para 6 millones de personas.

Un inmigrante de algún país del este de Europa, Bulgaria o Rumanía, no estoy seguro, recoge cartones.  Es autónomo.  Tiene alguna especie de pacto con el dueño de una empresa de manipulados donde se empaquetan productos alimenticios.  Recoge los cartones en una furgoneta vieja, en cuyo lateral ha puesto una pegatina grande con su nombre y su número de teléfono móvil, además del nombre de la empresa de manipulados.  No sé cuántos viajes hará, y tampoco estoy seguro de que lo que saca de los cartones no lo reparta con el empresario de manipulados.  Hasta hace poco - digo esto porque no sé si ahora es así - vivía en la furgoneta.  Algunas mañanas le he visto recoger la cama de la parte de atrás para colocar los cartones.  Me contaron que el empresario está muy contento con él: no le da ruido, trabaja mucho, recoge los cartones ( lo que le ahorra tener que pagar por un contenedor y pagarle una nómina ) y se los lleva a vender, no pide nada más.  Pero ha subido, claro.  Antes hacía lo mismo con un Ford Fiesta.

Cuando leo algo sobre lo que algunos pomposamente llaman "cultura del emprendimiento", me doy cuenta de lo alejado que estoy de eso.  Me separa un abismo infranqueable, del mismo modo que la suerte de tener un trabajo asalariado ( si es que trabajar es una suerte ) no me separa mucho de andar recogiendo chatarra con un carro robado en el Alcampo.  Únicamente me separa un despido y algunos meses de angustia.  Tíos como yo hay miles que se pegarán de hostias por un trabajo.  Tal vez mi blog se transforme algún día en el diario de un chatarrero.  Lo único que sé hacer un poco bien es escribir, y tampoco es para tirar cohetes.

No es que vea mal que la gente emprenda, sea lo que sea eso ( no es lo mismo un proyecto innovador que poner una taberna ), es que detrás del fomento del emprendimiento desde el Estado o desde la Comunidad de Madrid, también hay un mensaje que pretende culpabilizar al trabajador parado de su situación, sin matices de ningún tipo, sin conocer su realidad.  Una realidad que oprime y ahoga, y que para mí no es nueva.  Mis vecinos del primer piso se ganaron la vida muchos años vendiendo cartones que saqueaban de los contenedores.  Otros se pasaron directamente a la venta de drogas de todo tipo.

Una legión de cuñaos sobrecogidos por la cultura del emprendimiento y del timo de la autoayuda empresarial no va a sacar al país de la crisis.  Queda un ejército de reserva de trabajadores que servirá para mantener puestos de trabajo eventuales cada vez más precarios. Los que tengan la dicha de trabajar tragarán día y noche el discurso vomitado en los medios, la mayoría de ellos de corte conservador, envuelto en papel de regalo,  mientras se emiten reportajes desde los puntos más oscuros y desoladores del país exhibiendo las miserias que pretenden hacer pasar por denuncia.  El periodismo-Cáritas es un género en sí mismo.

Y nadie habla de la clase trabajadora.  Ya no tiene trabajo, es hasta normal.