miércoles, 24 de diciembre de 2014

La rumba

Un vagón de metro en la Avenida de América. Estoy mirando mis pies, cabizbajo.

Los zapatos de tacón de una mujer que va, tal vez, a una comida de empresa, rodeada de moscones con zapatos italianos. Los zapatos lustrosos de dos jóvenes encorbatados que acaban de salir de trabajar y parlotean sobre política al mismo nivel que se hace en un debate televisivo. Las botas de trabajo de un hombre con los pantalones azules llenos de pintura. Las deportivas de una mujer con un pantalón de uniforme verde. Las botas de montaña de un tipo desubicado y las zapatillas de jugar al fútbol sala de un chaval con las medias rotas. Zapatos y zapatillas en mal estado que se utilizan para sentirse cómodo al ir al trabajo. Calzado que se desprenderá de sus dueños en algún momento al llegar a casa.

Es entonces cuando unas deportivas rotas y sucias se aproximan con paso cansino, arrastrándose. Cuelgan sobre ellas unos pantalones vaqueros raídos por los bajos y manchados de barro. Es un hombre alto, a juzgar por el tamaño de sus pies, que parecen querer salir de las zapatillas por alguno de los rotos. Se aleja de mí y se coloca un par de metros a mi izquierda, justo donde los vagones se mueven al tomar el tren una curva durante el recorrido. Entonces lo que hay sobre las zapatillas raídas saluda a los presentes y toca las cuerdas de una guitarra, pero nadie mira ni contesta al saludo, pues el metro es un lugar hostil.

Suena una rumba que pretende ser simpática, así, de repente. Canta: "Yo no soy de aquí, yo soy de Alcalá..." mientras rasga una guitarra española, y a media canción se le va la voz, el tono fuerte con el que empezó se apaga y apenas puedo entender la letra, hasta que la voz desaparece entre rasgueos. 

El hombre es de Alcalá de Henares, porque en esta ciudad de mierda exportamos miseria, como si en Madrid no tuvieran ya suficiente, como si el dolor y el hambre no se pudieran contener y tuvieran que salir corriendo a confluír con los zapatos de personas encorbatadas y algo bebidas en diciembre.

El chico vuelve hacia mí, paseando un vaso de plástico para recoger monedas por la actuación. Por primera vez veo sus manos, las de un trabajador, y levanto la cabeza y veo el rostro escondido en una mueca de un tío de treinta y tantos, con barba de varios días, mirada dulce de ojos claros incrustados en la piel morena. Busco en el bolso algunas monedas y las pongo en el vaso sin mirar. Él asiente con la cabeza y se da media vuelta para salir en la próxima estación. Guarda el vaso en el bolsillo de una chaqueta de lana de otro tiempo, y lo hace sin cuidado alguno. Lleva la guitarra a rastras. Mientras espera, apoya el instrumento en la zapatilla derecha, y acto seguido van otros zapatos detrás, más brillantes, o más trabajados, y se va el dolor, cabizbajo, y todos pisan el mismo suelo, y quiero que nadie escuche otra vez esa rumba.

martes, 9 de diciembre de 2014

Los patos

El Pato era conocido por ese nombre debido a que se había hecho tatuar un pato en el pescuezo. Era un pato feo, apenas una silueta de trazo grueso, un dibujo infantil que recordaba la silueta de un pato, más bien. Tiempo después de tatuarse conoció a la Pata y se hicieron inseparables.

Caminaban por el barrio sonriendo, con esas extrañas sonrisas de quienes saben que se están difuminando, y entre los dos apenas juntaban media dentadura. A veces me los encontraba sentados en el escalón de mi portal, pegados al rincón y apretados entre ellos, intentando sobrellevar el frío en invierno y esperando a que uno de mis vecinos, que era familia del Pato, les bajara algo de comer, o algún dinero, o tabaco, o nada, o idos a tomar por culo.

Iban sucios y olían mal. Los dos fueron alguna vez rubios, él con una ingobernable mata de pelo duro, ella con un moño que parecía estirarle la cara y le daba el aspecto de una de las gemelas Snow, no sé si Pip o Zip, del Freaks de Tod Browning. No era extraño verla dormida con la cabeza apoyada en el pecho de él, mientras él la rodeaba con toda la fuerza que le permitían los dos palillos agujereados que tenía por brazos. Algunos vecinos les decían que se largaran de allí, algunos no nos atrevíamos a decir nada, no fuera a despertarse la chica en un mundo de pesadillas reales. 

Poco a poco, el Pato se iba encogiendo y supongo que murió, pues nunca más volvimos a ver su pequeña y escuálida figura. Ella empezó a andar sola por el barrio, con los ojos muy abiertos, la mirada fija, perdida en algún punto inexistente, o bien con la cabeza gacha, o bien parecía que se iba a poner a llorar, pero en algún momento de la larga historia de su adicción se había dejado las lágrimas olvidadas dentro.

Apenas era una persona ya, pues para serlo alguien te debe tratar como tal, y quien lo hacía ya no estaba. Se le fueron hundiendo los ojos y las mejillas, y envejeció aún más si cabe, apenas una momia diminuta con una mochila al hombro que de vez en cuando comía caliente cuando era detenida por la policía por intentar mangar en un supermercado. Supongo que murió, y que fue de esas muertes del barrio que no sabes si fue por las drogas o por la soledad. Como si hubiera alguna diferencia.

jueves, 27 de noviembre de 2014

La familia gris

Fuimos a catequesis e hicimos la primera comunión juntos. Sí, yo hice esas cosas.

S. tenía mi edad. Tenía ojos rasgados pequeños y verdes, era delgado, un poco más alto que yo y muy moreno de piel. A medida que nos acercábamos a la adolescencia, mientras yo seguía haciendo como que estudiaba, él empezó a llevar camisetas sin mangas y chupas vaqueras llenas de pintadas a bolígrafo Bic con los nombres de las bandas de heavy metal del momento. Se dejó crecer el pelo por detrás.

Siempre que nos encontrábamos por el barrio se paraba a saludarme y pasábamos un rato hablando, preguntándonos por nuestros compañeros de catequesis, o sobre la serie de televisión del momento, o sobre las vacaciones. Él nunca había ido con su familia de vacaciones. A veces se le perdía la mirada mientras le contaba cosas, y a veces contaba cosas él y no las terminaba de contar y se le perdía la mirada, y él y yo terminabamos con la mirada clavada en el suelo, sentados en un banco de la plaza. Al rato sonreía con aquella boca de labios gruesos y dientes extrañamente perfectos y me daba una palmada en la espalda, y nos íbamos a casa, y yo seguía un buen rato pensando que su sonrisa quizá era la más triste que había visto nunca.

A S. los problemas le llovían. Un terremoto de hermanos conflictivos y padre ausente, de alcohol y ludopatía, le hacía huír de casa en cuanto podía para pasar un rato en la calle, y pronto sus conversaciones conmigo las amenizó con tabaco que le había mangado a su madre, y pronto a los cigarrillos se les unió la cerveza cuando yo ni había empezado a masturbarme.

Quedaba poco de aquel crío con el que hice la catequesis desde hacía tiempo. S. había dejado el colegio en último curso. S. había robado una bicicleta en algún lugar y la había pintado con Titanlux para que nadie reconociera el vehículo como si en la ciudad no hubiera cientos de bicicletas como aquella. S. se peleaba con su madre y con su hermano mayor, y andaba por la plaza dando vueltas con la bicicleta. S. caía de la bicicleta después de dar vueltas y más vueltas por los soportales en avanzado estado de embriaguez y se dejaba los dientes y le tenían que dar varios puntos en la barbilla. Éramos niños. S. me ofrecía cigarrillos que yo rechazaba. Yo seguí con mi edad y él se convirtió en un viejo en el cuerpo de un crío.

Su madre había ido haciéndose gris con los años. Le había encanecido el pelo, pero el color gris se averiguaba en toda ella a pesar de compartir el color de piel con S. Era gris su mirada, la bata con la que bajaba a por el pan era gris, el perro diminuto que siempre iba a su lado era gris, y era una mujer menuda que arrojaba grandes sombras grises a los que se la encontraban. 

Una tarde en la que volvía de hacer un recado a mi madre, me encontré con él. Hacía tiempo que no le veía. Estaba subido en la bicicleta, quieto, en el centro de la plaza interior del bloque. Me acerqué a saludarle antes de subir a casa, pero aquella mirada vacía que tantas veces había visto en nuestras conversaciones estaba anclada en sus ojos y parecía no verme. 

- ¿Estás bien? - pregunté.

De repente despertó del trance y frunció el ceño. Me insultó, al parecer yo era un hijo de puta y un maricón que le estaba jodiendo de alguna manera incognoscible. Tenía los ojos irritados, y hablaba y gesticulaba con lentitud, con pesadez. El brazo derecho se le fue a mi hombro izquierdo, me empujó y retrocedí un paso. Se bajó de la bicicleta y por un momento pensé que iba a perder el equilibrio del todo y caería al suelo. Sin soltar el manillar, tambaleándose, levantó la bicicleta hasta dejarla apoyada en el suelo únicamente con la rueda trasera y me  puso la delantera en el pecho. Dolió poco, o quizá es que estaba tan confuso por todo aquello, su aspecto, su furia incomprensible conmigo, que aquello sirvió de analgésico. Justo cuando parecía que la rueda iba a volver a caer sobre mí, su madre, la mujer gris, se asomó por la ventana de la cocina, justo frente a él. 

Giré sobre los talones. Vi y escuché a la mujer gritando a S. con palabras grises que me dejara en paz. Gritaba desde un primer piso, y me pareció que estaba llorando. Cuando volví a girar, S. ya no estaba allí. Se alejaba subido en la bicicleta trabajosamente. Sólo tiempo después supe identificar su estado. S. esnifaba pegamento o algún tipo de cola industrial o algún veneno por el estilo, y aquel día estaba como una moto. 

Mientras su familia se caía a pedazos, S. pasó del pegamento a la heroína, y llegó el momento en que supe que jamás volvería a verle por el barrio. Aquí las columnas de hormigón escuchan y los vecinos toman nota para luego ir contando delirantes secretos que quizá no son más que fantasías, y muchos rumores sobre S. me llegaron, aunque hoy ya no llega ninguno.

Unos dicen que se fue a vivir lejos, y otros que murió. Me decanto por la segunda opción. Su madre gris sigue viviendo aquí, y su hermano pequeño, que también ha adquirido ese color, vive con ella. Ahora tienen otro perro diminuto gris que languidece junto a ellos, y tal vez recuerden con cariño la sonrisa sincera y triste de S. con la mirada perdida en alguna parte.

Estoy seguro de que murió, aunque nadie me lo ha confirmado. Era mi amigo, y era un buen chaval. Nada podrá hacerme cambiar de opinión sobre él.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Mi viejo, el del PCE

Aún no había muerto Franco.

Él fue uno más de los que tumbaron el Sindicato Vertical del gobierno en la zona.

Cuando cierto futuro ministro del PSOE era inspector de trabajo durante el franquismo, mi viejo y los suyos intentaron contactar con él, y para ello estuvieron rondando su despacho varios días, hasta que finalmente accedió a hablar con ellos. El objetivo era convencer al hombre - no a sus tres secretarias - , para que acudiera a Roca a observar las condiciones laborales que allí había, que eran durísimas. El apoyo fue denegado. 

Cuenta mi viejo que en cierta ocasión, el famoso Billy el Niño, el matón que fue segundo al mando de la tristemente famosa Brigada Político-social, no le cazó por poco. Aunque no está seguro de que la persecución viniera de él, todos los camaradas sabían quién era y a qué se dedicaba, por lo que la inquietud les llevó a pensar eso. Una reunión clandestina en la Pista Florida de Alcalá, al fondo del Parque O´Donell, en la que más de 2000 personas, entre trabajadores y sus familias, intentaban organizarse para plantar cara a Roca, fabricante de retretes y otros artículos indispensables en occidente, terminó con una colecta de 300000 pesetas que iban destinadas a la caja de resistencia para la huelga. Como los malos no se atrevían a meterse en la pista, las calles aledañas eran el lugar donde acechaban los torturadores a los obreros incautos que salían de allí, y mi viejo y los suyos huyeron a sus casas con la policía comiéndoles el culo.

Fueron años de reuniones clandestinas en los alrededores del río Torote, o en cualquier lugar en medio del monte, al que acudían incluso alquilando un autobús como si fuera una excursión, con las familias a cuestas. Se ponían vigilantes para dar el chivatazo si aparecía la Guardia Civil, y cuando llegaba, sólo veían familias de bien jugando con sus niños o tonteando con sus parejas cada uno por su lado.

Muchos fueron los detenidos, y en alguna ocasión hubo que pagar una multa gubernamental de hasta un millón de pesetas para sacar a algún camarada del calabozo, una verdadera fortuna en aquellos tiempos oscuros, pero para eso estaba la caja de resistencia escondida en casa, o en casa de algún camarada del viejo. Aquellas huelgas tremendas terminaron con detenidos y delegados sindicales despedidos. Todos ellos tuvieron que ser readmitidos cuando se ganó el juicio, mi padre fue uno de ellos.

Cuenta el viejo que cuando Roca paraba, paraban la Perlofil, Cointra, Ibelsa, Pegaso, CASA, Fiesta y todas las empresas del Corredor del Henares y alrededores en solidaridad, y Roca hacía lo mismo, obviamente. En palabras de mi viejo, a los empresarios "los teníamos acojonados".  Años más tarde, yo mismo vi, de crío, que los trabajadores de ZUL, empresa de lácteos de Alcalá de Henares ya desaparecida, suministraba sus productos totalmente gratis a los trabajadores de Ibelsa (Zanussi) encerrados en la fábrica, al otro lado de la valla. Varios hombres sacaron cajas de yogures y leche para los trabajadores y sus familias ante mis ojos. Yo estaba allí porque mi padre y mi madre habían ido a ver a un amigo que participaba en las movilizaciones.

Cuando, mucho después de las huelgas de Roca, siendo yo un niño, mi padre vino a la escuela donde aprendí a leer y escribir, fundada por Comisiones Obreras, una mujer con gafas enormes salió de los despachos superiores y gritó desde allí:

- ¿Ha venido Matías el roquero?

Mi viejo, el roquero.

Aquellos roqueros y sus camaradas no tenían nada que perder, y hoy son vistos como algo a despreciar u olvidar, una lacra que nos ha traído el Estado putrefacto que vivimos hoy. Mi viejo cuenta estas historias con los ojos tristes, lamentando nuestra desunión, y quizá, sintiendo que los de su generación no han hecho otra cosa que verse traicionados primero, y escupidos y despreciados posteriormente. Posteriormente quiere decir hoy.




jueves, 6 de noviembre de 2014

Una boda.

Ella miraba con asombro a través de la ventana de la cocina, mientras me tenía cogido de la mano con fuerza. Abajo, en la calle que apenas es un descampado con una farola y lúgubres soportales a un lado, gitanos y gitanas iban y venían frenéticamente, luciendo sus mejores galas, cantando,  riendo y gritando. Algunos iban a esas horas un poco bebidos.

Minutos antes, me preguntó:

- ¿Qué es? ¿Una fiesta?

- Una boda. Una boda gitana.

No es fácil olvidar aquellos enormes ojos verdes, luminosos y tristes a un tiempo. Uno podría perderse en aquella mirada profunda durante horas, o contemplar el asombro de aquellos dos focos sorprendidos ante un espectáculo que para mí no lo era, y desear que le deslumbraran para siempre.

Ella, que nació en una familia acomodada de Galicia, en cuyo vecindario sólo se escucha el mar por las noches, retirado, en lugar de la banda sonora de los reyes del barrio que acompaña sin ritmo alguno los fines de semana, descubría en ese momento otro mundo totalmente distinto al suyo.

Más tarde, cerca del Colectivo Gitano, algunos continuaban celebrando la boda, tocando y cantando flamenco. Recuerdo a una chica con una voz tremenda que se te clavaba en el pecho y te helaba la nuca, sobreponiéndose al mediocre guitarrista y exhibendo el talento que no cuenta, que es el de los pobres, entre columnas de hormigón, papeleras rotas y locales abandonados, casi un oasis en sí misma.

Cuando pasamos por allí, la gallega se agarró a mi brazo derecho y se paró unos segundos, fascinada con aquel portento de mujer, y yo encendí un cigarrillo, y luego los dos nos miramos sabiendo que estábamos separados por una barrera invisible e infranqueable, y lo cierto es que los hechos me confirmaron esto poco tiempo después, sin que aquel recuerdo de la boda pierda su brillo, y sin que se me olvide que en aquel momento supe que lo nuestro no podía ser.

La boda terminó, y no he vuelto a ver a los novios, que eran muy jóvenes, pero sus familias siguen aquí, algunos más muertos que otros, con sus sillas a la puerta de casa en verano y sus niños gitanos a los que les sorprende el payo aquel gordo de las barbas.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Si Walter Hill fuera marxista.

En mi colegio había peleas. En el patio y en los alrededores. EGB era un camino complicado en aquella época y en este barrio. Alumnos de 8º quedaban en el parque de enfrente a las cinco de la tarde para zumbarse unos cuantos mamporros y volver calentitos a casa con notable frecuencia.  Aunque casi siempre los protagonistas eran los mismos, los espectadores variábamos en función de si nuestros padres eran severos a la hora de cumplir horarios después del cole o no. En aquel parque, apenas unas cuestas con hierba a los lados de una carretera asfaltada, he visto gafas rotas y narices sangrantes y hasta abrazos fraternales después de cascarse los contrincantes una paliza de miedo.

Pero la madre de todas las peleas, la tía y la abuela y el padre y el tatarabuelo de las batallas, fue una pelea multitudinaria en un descampado que acabó convertido en campo de fútbol y después en iglesia y edificio de Cáritas contiguo. No hemos hecho más que empeorar.

Fue en los primeros días de 8º curso. Corrieron rumores en las aulas de una pelea el viernes por la tarde que tendría lugar en el descampado, y la pelea la protagonizarían los de mi barrio contra los del barrio contiguo. No había ningún motivo especial, más allá de medirse los penes y sacar pecho con esos despreciables seres del barrio de al lado. El odio artificial era mutuo.

Vicente, mi compañero de pupitre, me retó. Por alguna extraña razón, algunos críos del otro barrio iban al colegio del mío. Una extraña razón que consistía en ausencia de plazas escolares en su zona. Al parecer, y siempre según sus palabras, yo no tenía huevos. 

- Vamos a llevar botellas y navajas y cadenas y lo que pillemos por ahí.

- No iré.

- Maricón.

Y diciendo esto, se sacó una chora del bolsillo del pantalón que al parecer le había mangado a su cuñado, que era pescadero (nunca supe la razón de que señalara siempre el oficio de su cuñado), y mostró el metal brillante y afilado por debajo del pupitre. Más tarde dibujó el logo de Iron Maiden en él con la navaja.

Éramos demasiado jóvenes para haber visto en el cine el estreno de The Warriors, la película de Walter Hill de 1979, pero no lo suficiente como para no haber topado con ella en el videoclub. Tardé tiempo en lograr unir estos dos acontecimientos en mi cabeza: aquellos chavales, mis compañeros de clase, estaban emulando a los protagonistas de una de las mejores películas de finales de los 70. Lo que son las cosas. La película me fascinaba y me sigue fascinando hoy. Pero no fue hasta muchos años después cuando me fijé en que se basaba en una novela de Sol Yurick. Ni tan siquiera sabía quién coño era Sol Yurick.

La película diluye considerablemente el mensaje de lucha de clases que se respira en la epopeya de la novela. Aquellos jóvenes barriobajeros que atraviesan Nueva York y tienen que volver a Coney Island, chavales llenos de machismo y estupidez, en la novela tienen una vaga consciencia sobre su situación en la sociedad y lo que les separa de los demás. Odian a la policía, pero aún odian más a todos esos pijos que viven en elegantes e innacesibles castillos de clase media, en sus apartamentos y casas con guardia y perro. No comprenden muy bien todo eso, o lo comprenden de una forma rudimentaria. Lo que hacen lo hacen a modo de venganza contra un mundo que no entienden y que les ha regalado el trozo más raquítico y miserable del progreso, el que nadie en su sano juicio querría poseer. Como no quieren conformarse con ese pedazo, cogen sin permiso parte de lo ajeno.

Sol Yurick escribió su eficaz novela inspirándose en la Anábasis de Jenofonte: los griegos atravesando Asia Menor son los aguerridos y machistas pandilleros que atraviesan territorio hostil para volver a su barrio. Ya no son la Expedición de los Diez Mil, ahora son un puñado de delincuentes juveniles huyendo.  Esta curiosa mezcla de aventura griega y novela marxista me sorprendió aún más que la película.

Pero en aquellos años, con aquellas edades, a nadie le importaba un cojón la lucha de clases, no digamos ya Jenofonte. Llegó el viernes por la tarde, y allí se juntaron una treintena de chavales, unos frente a otros, sacando cadenas, navajas, piedras, palos y lo que se hubieran encontrado por ahí. Armados, pero sin haber protagonizado una pelea de esas características jamás, se miraban a las caras intentando hacer fluir el odio en su interior. Y aquello acabó sin que llegaran los mamporros, pues dos coches de policía nacional que casualmente pasaban por allí, y también fue mala suerte que pasaran precisamente en ese momento quienes no solían pasar nunca, se detuvieron a ver qué ocurría y se encontraron aquel percal inaudito.

No me cuesta imaginar a los maderos sorprendidos al ver a una treintena de menores de edad armados hasta los dientes. Se requisaron hierros, palos, cadenas y navajas, entre estas últimas, la del cuñado de Vicente, el pescadero.

Llegó el lunes, y Vicente no dijo ni buenos días, pero los rumores no tardaron en recorrer la clase, y todos supimos que aquello había sido una decepción total y absoluta, y si hubiera conocido la novela de Sol Yurick, habría pensado que también fue una forma de gastar energías y errar objetivos notoriamente estúpida, pues ninguno de los dos bandos tenía miserias que envidiar al otro.

domingo, 27 de julio de 2014

El demonio.

Muchas veces me he preguntado cómo es posible que ningún miembro de mi familia acabara inyectándose heroína. Cuando era niño, lo normal aquí era ver legiones de drogodependientes, antes de que las enfermedades convirtieran a casi todos ellos en perchas para el pellejo.  Después, lo normal es que acabaran en la cárcel, muriendo, o sobreviviendo al borde del abismo.

El alcoholismo no suele tener esa visibilidad.  A pesar de que muy probablemente el número de alcohólicos no es despreciable por aquí, el único alcohólico que la mayoría es capaz de reconocer es el que está terriblemente deteriorado, física o mentalmente.

Fui un alcohólico silencioso, salvo en las noches de juerga.  Un alcohólico que mentía y se mentía a sí mismo.  Las noches de los sábados no había un rincón de la mesa donde suelo escribir que no tuviera una lata de cerveza. Poco a poco, las noches de los sábados no se diferenciaron en nada de las del resto de los días de la semana.  El comerciante chino más cercano al barrio - aquí no hay comercios - me tenía mucho aprecio.  Quince, veinte botes de cerveza diarios, más lo que pudiera arramblar del mueble bar, más lo que había bebido a la salida del trabajo, más lo que había bebido antes de subir a casa, después de beber a la salida del trabajo. El alcohol era el combustible que necesitaba para seguir funcionando.

No importa mucho lo que  me llevó a ese estado.  Cuando quise darme cuenta, estaba totalmente roto por dentro.  Era incapaz de controlarme.  Me diagnosticaron depresión.  Y únicamente la bronca de una amiga, que en aquellos momentos no vivía en España, me hizo entrar en razón.  El día de mi cumpleaños, concretamente.

Practicamente todas las asociaciones para rehabilitación de adictos, dependen de organizaciones religiosas, como la peligrosa Narconon, que pertenece a la Iglesia de la Cienciología, o Remar, perteneciente a una iglesia evangélica fundamentalista.  Las que no, como Alcohólicos Anónimos, utilizan un lenguaje religioso para sacar el "demonio" que al parecer llevas dentro y también, al parecer, prescinden de profesionales.

El alcohol no fue mi demonio.  El demonio no existe.  Era yo quien sufría la adicción, por lo tanto, dependía exclusivamente de mí salir de ella.  Lo hice sin ayuda.  El médico me preguntó si sería capaz de hacerlo, y dije que sí.  No pensé mucho en la respuesta, dije que sí al no ver otra opción en mi vida que dejar de beber si quería seguir manteniendo la cabeza sobre los hombros.   

No todo el mundo puede dejar la bebida como lo hice yo.  Cada persona tiene sus historias y su pasado, y mucha gente necesita ayuda.  Pero enfrentarse al problema como un adulto es fundamental.  Cargarle el muerto a un "demonio" es infantil.  Es quitarte el muerto de encima.

La parte más dura de dejar la bebida fue la incomprensión.  Mucha gente cree que es un capricho tuyo, que te ha dado por ahí.  Al fin y al cabo, no te han visto mendigando con un cartón de Don Simón en el casco viejo.  Siempre había alguien que te llamaba "maricón" por no beber, y siempre había alguien que se reía de tu decisión.  A cualquier lugar al que vas, hay alcohol.  Está prácticamente por todas partes.  Está muy bien visto.  Y nadie es alcohólico. Sólo tú.  Esta tolerancia con la bebida es lo que llevó a Charles Bukowski a creerse el papel en el que le habían encasillado sus fans. Algunos creen, también, que como William Burroughs fue yonqui toda su vida, pueden controlar la heroína o cualquier otra droga.  Una de las primeras cosas que aprendí al dejar el alcohol, fue a despreciar profundamente esa visión romántica, obscena y falsa de los adictos. 

Entiéndeme, a veces me encantaría beber.  No hay nada malo en tomar algo, incluso en pillarse una cogorza de vez en cuando.  Pero yo rompí los límites, y cuando quise darme cuenta ya no había vuelta atrás. Me pregunto con mucha frecuencia cuántos no han podido dejarlo, o han sucumbido al fanatismo religioso.  Recientemente, una persona cercana con problemas con la bebida fue enviada por el médico de cabecera a una organización religiosa.  El resultado fue que salió de allí muy deprimido y confuso. ¿Es esa la única ayuda que te pueden ofrecer? ¿Sacarte un "demonio" y meterte a Dios? 

Mal.  Muy mal. Lo peor que te puede pasar en la vida es ser adicto y pobre.  La marioneta perfecta.

jueves, 17 de julio de 2014

Un hombre libre.

N. es uno de los cientos de miles de ciudadanos rumanos que no pudieron disfrutar de las infinitas bondades y ventajas del libre mercado que han convertido su país en uno de los más corruptos de Europa. Muchos Enes se vieron obligados a dejar Rumanía en busca de algo mejor, pero tuvieron la mala suerte de acabar en España.  Sus dos nietas nacieron aquí, a pesar de lo cual N. dice que son rumanas, no españolas. Incluso a pesar de que las dos niñas hablan más español que rumano.  Compartía piso, al menos hace tiempo, con su mujer, su hija, sus nietas y su yerno. Ochenta metros cuadrados para no perderse de vista unos de otros.

Conocí a N. cuando cuidaba de las cabras que un empresario español tenía en los terrenos contiguos a su empresa. Pasó de conducir un camión en Sibiu a beber las mieles del capitalismo español sin contrato y durmiendo en una casucha sin calefacción hasta que pudo reunir dinero para un alquiler. También hacía labores de jardinería ( le recuerdo subido a un árbol en enero, con un pasamontañas, cortando ramas con un hacha ), y cualquier chapucilla que fuera necesario hacer allí. Un año pidió vacaciones para ir a su pueblo, y cuando volvió su puesto de trabajo lo ocupaba otro hombre rumano sin papeles ni contrato.

Así, N. fue dando tumbos por algunas empresas de aquel polígono industrial perdido de la mano de dios: la chatarrería, los jardines de una empresa de componentes electrónicos, lo que fuera necesario para salir adelante.

Cuando viajaba a Rumanía traía varias maletas llenas de comida. Me sorprendió conocer que buena parte de esas maletas contenían un cerdo cortado en trozos y ahumado.

- En España no carne como en Rumanía, Orje – me decía, con esa manera extraña de pronunciar mi nombre.

N. tenía problemas para aprender español, al fin y al cabo ya era viejo cuando llegó a España, con sus arrugas y sus problemas de corazón y su dedo pulgar de la mano derecha cercenado y su sueño de volver a su pueblo cercano a Sibiu. N. aguantaba como una mula de carga todo lo que le tiraran encima, y se ponía a trabajar jurando en rumano, vete tú a saber lo que decía, aunque luego me contaron otros rumanos que mejor que no lo supiera.

Con su último jefe, solía tener unas discusiones tremendas y surrealistas. El rumano juraba en rumano y chapurreaba en español mientras el empresario español ejercía de español.

- N. haz esto, coño.

- N. haz lo otro, coño.

Coño, siempre coño, y con el tiempo dejó de haber N. y todo era “haz esto, coño”.

Un día N. discutió con aquel jefe y acabó obedeciendo algo más desesperado de lo habitual.

- He dicho que tengo yo razón. Tengo yo razón y punto, coño. - le dijo el español.

Si la tenía como si no, N. fue a contarle lo ocurrido a un compañero rumano a la hora de la comida.

- Y me dijo que él tiene corazón. ¡Él! - contó, y se golpeaba el corazón en el pecho con la mano del pulgar cercenado, como señalando lo que el jefe no tenía.

Los problemas de N. con el español no le preocupaban mucho. Había ahorrado para comprar una bonita casa en Rumanía, cerca de Sibiu. Una prima lejana le cuidaba la casa en invierno, y le daba de comer a los perros y le trabajaba el huerto. Se sentía orgullosísimo de aquella casa que él mismo había ayudado a construir. Un año al volver de vacaciones, exhibió fotografías de la propiedad, de sus perros, de su huerto, del cuarto de baño ( de esto parecía estar especialmente orgulloso ), y un compañero de trabajo mío fue de vacaciones a aquel bello país y pasó unos días en casa de N. Casualmente, este compañero compaginaba el trabajo con su afición por la fotografía, así que las fotos que vi hacían parecer la casa el castillo de Vlad Tepes.

Yo sólo había oído hablar de Sibiu. Sabía que estaba en Rumanía, pero poco más. Un día vimos juntos fotografías de la ciudad en mi móvil. N. me señalaba en la pequeña pantalla lo que era cada edificio, esforzándose por que le comprendiera. En verdad es una ciudad bellísima, o al menos en las fotos me lo pareció, y juraría que a N. le faltaba muy poco para emocionarse de verdad y dejar caer alguna lagrimilla, pero un verdadero hombre rumano no llora. Nunca he acabado de comprender eso, yo que siempre estoy con la lágrima colgando por cualquier cosa.

Como en invierno suelo ir por el polígono en manga corta, N. bromeaba con ello.

- Orje, ¿tu madre es rumana? Tú serías buen rumano eh.

Así establecimos una pequeña y superficial amistad, un macarra barriobajero y un viejo habitante de un pueblucho cercano a Sibiu, que las jornadas laborales suelen dar para poco más.

Aquel hombre de manos terroríficamente fuertes había trabajado tanto en España que pudo comprar un terreno para cada una de sus hijas, albergando la cándida esperanza de que ellas quisieran volver a su país algún día y construir su propia vivienda aunque por lo que sé, ni tan siquiera en vacaciones se acercan por allí. Esas manos callosas del huído del Este apretaban las tuyas como piedras, hasta hacerte daño, mientras los profundos ojos grises de su dueño te miraban fijamente con cierta ironía. Siempre se alegraba de verme.

Finalmente, le llegó la hora de jubilarse, y tuvo la suerte de cobrar dos pensiones: una pensión de mierda en España y otra de doble mierda en Rumanía. Los últimos días de trabajo, su jefe andaba diciéndole coño esto y coño lo otro, y mira qué coño y qué coño hace esto aquí que debería estar allí, coño. Hacía mucho calor, era un día de julio, y N. llevaba cosas en un traspalé de aquí para allá frenéticamente, y martilleaba trozos de artilugios de metal para desmontarlos y llevarlos a la chatarrería. Siempre he sabido que la paciencia de toda persona tiene un límite, y aquel día se rompió.

- Vamos, coño, ¿en Rumanía trabajabas así? – dijo el jefe.

N. soltó el traspalé y se puso los brazos en jarra.

- ¡No!. Yo N. ¡N!.

El otro le miró sin comprender.

- ¡Yo N.! ¡TÚ COÑO! - siguió el rumano, y señaló al empresario con el dedo índice de la mano derecha para enfatizar sus palabras.

Para lo que le quedaba en el convento, se cagó un poco dentro.

De vez en cuando vuelvo a ver a N. No ha vuelto a su país, y me dice que quiere estar con sus nietas, aunque intuyo que su situación económica tiene bastante que ver con esa decisión. Periódicamente aparece con algunos cacharros por la chatarrería en la que trabajó durante algún tiempo para sacar un dinerillo extra, y me cuentan que lo han visto aquí y allí buceando en los contenedores de basura del distrito, imagino que respirando libertad.

martes, 15 de julio de 2014

Aclaraciones.

Los comentarios en el blog serán moderados hasta nuevo aviso.

Voy a aclarar alguna cosilla, y después no volveré a interactuar con psicópatas. Ellos saben quienes son.

1- Mi blog no es una puñetera democracia: mi blog es la dictadura de el Yayo, y es el Yayo quien decide si puedes comentar aquí, si tu comentario va a ser publicado o borrado, o lo que sea. Aquí no hay más libertad de expresión que la que me da la gana.

2- No estoy obligado a darte la razón. 

3- Si vas a acusarme de algo, será mejor que aportes pruebas. Luego veré si me sale de las narices publicar las acusaciones.

4- Yo no tengo que contar lo que tú quieres que cuente. No tengo que justificar lo que escribo. No te debo nada.

Es una pena que hoy borrara algunos comentarios. En uno de ellos, el troll habitual admitía tácitamente que es un acosador, lo cual no sé si me reconforta, pero imagino que es un gran paso hacia el psiquiatra más cercano.

Durante este tiempo, he rescatado algunos recuerdos de lo que suelo ver o he visto a lo largo de mi vida en un barrio marginal o en anteriores puestos de trabajo. Los he escrito lo mejor que he podido, algunos están mejor que otros. En parte, lo hago debido a que necesito contar cosas, y entiendo que las historias que se han desarrollado al otro lado de la frontera azul, no tienen cabida en ningún sitio, nosotros no existimos, y en parte debido a que los relatos de ficción que escribo suelen ser más largos y la gente no se para a leer tanto en un blog. No considero apropiados estos textos para este oscuro rincón.

Escribir es lo único que sé hacer más o menos regular. Lo seguiré haciendo. Pero hoy me he saturado bastante.





lunes, 7 de julio de 2014

Los inmortales

Los dos hermanos, morenos, delgaduchos, bajitos, ambos con la nariz partida, iban juntos a todas partes. Habían dejado la esperanza en manos de la heroína, emulando sobradamente a sus hermanos mayores, que eran cuatro, una mujer y tres hombres. A sus padres hacía años que les habían sepultado los disgustos, y antes de morir se les veían las caras largas y curtidas en algún pueblo de Extremadura, simulando una tranquilidad de la que jamás disfrutaron.

A. y R., los dos hermanos, eran un dúo cómico involuntario y amargo. Aún recuerdo ver sus escuálidas figuras por el casco viejo de la ciudad buscando la liebre que uno de ellos juraba haber visto. A veces, el hambre no entiende de drogas, ni de que te faltan casi todos los dientes, y como no eran hidalgos y ninguno de los dos tenía lucidez para señalar el espejismo, cualquier rata de alcantarilla les parecía un manjar.

R. comenzó en algún momento un programa de desintoxicación. Poco se podía salvar de aquel autómata sin vida. El sarcoma de Kaposi le invadía el rostro, su organismo albergaba docenas de enfermedades, y por mucho que llevara tiempo sin ponerse hasta arriba se le había quedado la mirada torva y el ceño fruncido para siempre, como si se lo hubieran cincelado. 


Los hermanos se separaron. A. no tuvo otro remedio que buscar un compañero de fatigas. Había muchas de ellas que compartir, cientos al día, y en algún lugar encontró un perro flaco y mugriento, negro y feo, que le acompañaba a todas partes. Buscó un hogar para sí mismo y para su nuevo amigo, pues por alguna extraña razón no quería volver por el barrio. Encontró un local abandonado lejos de aquí, en la otra punta de la ciudad, cercano a terrenos salvajes con un remoto sabor a campo, donde los yonquis y las prostitutas compartían espacio, rotondas y ambiente insalubre.

Allí no tenía luz ni agua, pero como tampoco tenía ganas de vivir era el lugar idóneo. A veces le veía por el centro pidiendo comida en las pastelerías - un crusán, una napolitana - y algo para el perro. A veces iban los dos, él arrastrando la deteriorada carcasa que le sustentaba el alma y el perro dando alegres saltos a su lado, y era terrible verle sonreír al animal con esa sonrisa vacía de dientes, tan ajena a su mirada.

No sé si le mató la soledad o una sobredosis. A. llevaba varios días muerto cuando alguien, alarmado por los gemidos del perro, llamó a la policía. Lo que quedaba de él yacía en el suelo de cemento, apenas unos harapos sucios y malolientes, y junto a él, aquel perro feo sufriendo su ausencia. La noticia salió en algunos medios de la región, básicamente por lo fiel que fue el animal de cuatro patas con su compañero, pues a nadie le importaba una mierda otro yonqui muerto.

R. apareció por el barrio poco después y no tardó en volver a la heroína. Ahora que se sabía inmortal, no tenía ninguna razón para eludir su destino: la aguja. No se hizo cargo del pobre perro feo, que a saber donde está si es que sigue aún vivo.

R. sigue deambulando por aquí. No hace mucho le vi junto a su hermano mayor - desintoxicado hace años - paseando a varios cachorros de teckel, seguramente robados y con la intención de sacar un dinerillo extra con el que llenarse las venas. De vez en cuando monta algún número en medio de la plaza, gritando a presuntos chivatos de la policía y amenazando a unos supuestos "maricones" que no tienen huevos a no se muy bien qué. Es valiente, pues se sabe inmortal, a pesar del sarcoma y del número indeterminado de enfermedades que sufre, sin contar las mentales.

Ahora quedan él y su hermano mayor. Sólo puede quedar uno.

martes, 1 de julio de 2014

Nº 8 de la Calle 3.

Un hombre de más de sesenta años, alto, calvo y barrigón, atraviesa la Calle 3 del polígono industrial acompañado de su hijo, algo más bajo, delgado, pantalones cortos y camiseta de tirantes, que luce carísimos tatuajes en brazo derecho y pantorrilla izquierda, de cuando se podía adornar el cuerpo, y arrastra un carrito de la compra sin la bolsa de tela del carrito de la compra. Vienen de vender chatarra, de la chatarrería en la nave número 8 de la Calle 3.

El hijo tiene entre veinticinco y treinta años. El padre lleva una mueca de incredulidad y camina como avergonzado por el maltrecho asfalto triturado a diario por los camiones, tropezando con las grietas y los desniveles. El hijo parece haberlo asimilado mejor. Tal vez, si juntan algún dinero, puedan comprar un carro más grande para arrastrar penosamente hasta la chatarrería.

Miran a los que aún conservamos un trabajo con curiosidad. Nosotros salimos y entramos de las naves, llevando y trayendo cajas, empujando traspalés con transicubas encima, mil litros de podredumbre sobrante, bamboleándose a izquierda y derecha.

Tal vez la incredulidad del padre viene de haberse prometido un futuro tranquilo, para él y para su hijo, el de los tatuajes de otro tiempo. No pensaba arrastrarse con más de sesenta años por las feas calles de un viejo polígono industrial que anuncia su decrepitud crepuscular desde la entrada, exhibiendo sus naves vacías o abandonadas y a sus trabajadores sudorosos que no quieren verse arrastrando un carrito de la compra con chatarra.

El calor me está matando. Siento la camiseta pegada a la espalda, los pantalones pesados y los pies cociéndose en las botas de seguridad. Se me pega el pelo en la cara, siento el sol cayendo como una pedrada al salir de la nave, y ahí están padre e hijo volviendo con el carrito lleno de tuberías de plomo que malamente les darán para comer. No sé la cantidad de viajes que han hecho ya.

En el patio de una de las naves abandonadas hay un olivo. Las ramas del árbol han sido atraídas hacia el suelo por algún poder desconocido, y el único trozo de valla que queda impide que se desparrame del todo en la acera. Las vallas han ido desapareciendo de esa nave y apareciendo tiempo después en la misma chatarrería en la que padre e hijo han ido a vender las tuberías. Parece como si los ladrones de vallas no quisieran que el olivo toque el suelo, que luce calvas aquí y allá, y lo cierto es que no se merece un olivo tan innoble final.

Después de vender las tuberías, padre e hijo se plantan en la esquina, junto al árbol. Allí hay algo de sombra para resguardarse del rugido del sol que nos fustiga. Hablan un rato. El padre se apoya un poco en la pared y mira a su hijo. Se pone las manos en los ojos y quiero pensar que no está llorando.

Finalmente se van. A la hora de la comida, un gitano joven lleva un carrito de la compra lleno de chatarra. Detrás va un niño de unos ocho o nueve años. El carro se tambalea, una puerta de nevera amenaza con desplomarse, y al pasar por el olivo, se paran un rato tras sus ramas para recuperar el aliento. El crío se sienta en la acera. El padre enciende un cigarrillo. Media hora después los encuentro en el restaurante del polígono compartiendo un refresco, pues un padre debería cumplir sus promesas. Igual crees que esto es un cuento, pero en los cuentos se narran cosas extraordinarias e inusuales. Piénsalo.

domingo, 22 de junio de 2014

La gente normal.

Me quedé sin colorante para la pintura. Tan sólo necesitaba un botecito para dar con el tono que me pedían.

- ¿Hay alguna droguería o tienda de pinturas por aquí?- pregunté.

El dueño de la casa me dijo que sí, que había una más o menos cerca. Yo no conocía demasiado bien aquella zona, es el barrio contiguo al mío. Una carretera nos separa y la pobreza y el abandono municipal nos une. Es paradójico compartir tantas cosas y no conocerse.

E. era la hija del matrimonio al que le estaba pintando la casa.

- Anda, E., acompaña al pintor a la casa de pinturas, que tú sabes donde está.

E. me miró sonriente. Tenía seis años. Era rubia, y llevaba el pelo recogido con una coleta a cada lado de la cabeza. Tenía los ojos enormes de un gris imposible. Vestía pantalones vaqueros cortos, zapatillas deportivas, una blusa roja. Yo llevaba el traje de luces oficial de pintor de estranjis. La niña me dio la mano y bajamos a la droguería.

Aquellos edificios no tienen ascensor. Las escaleras son viejas, parece como si se fueran a derrumbar en cualquier momento. Los escalones no están rectos. La niña bajó casi tirando de mí. Al llegar al portal vimos a través de los cristales traslúcidos de la puerta las siluetas recortadas en la luz del sol de la tarde de unas gárgolas encogidas en el umbral, por fuera.

Eran yonquis. Ese es el último barrio que hay en Alcalá en dirección a Madrid. Los yonquis de mi barrio también se apelotonan en esa zona, al final de la ciudad, donde pueden encontrar descampados o sitios abandonados donde dormir, a las afueras, y sitios tranquilos donde inyectarse heroína. Aquellos eran, quizá, las últimas almas en pena del Distrito II, empujadas al olvido en tierra de nadie, conscientes de su agonía, apaleados y destruídos.

Abrí la puerta. E. salió tirando de mí. Eran cuatro drogadictos, tres hombres y una mujer, momificados en vida, sucios y temerosos. Los despojos que no quieres ver. En estos cementerios escupen la poca vida que les queda, se pudren.

- Hola, E., ¿como estás? - saludó la mujer.

- Bien. Voy con el pintor a comprar colorante - contestó la niña sonriendo, sin soltar mi mano.

Todo el barrio parecía conocer a E. Hasta los yonquis tenían palabras amables para aquella niña inteligente de mirada penetrante. Ella veía, como yo a su edad, todo aquello con cierta normalidad. En la droguería, el dependiente no me saludó a mí.

- Venimos a por colorante. - dijo E.

Compré el producto y volvimos al piso, siempre de la mano. Los yonquis saludaron a la niña. La yonqui sonrió sin apenas dientes, y E. le devolvió una sonrisa radiante. 

Y esta es la normalidad que te hace de otra pasta, y esto es lo que no se puede explicar, y lo que nadie cuenta.
 

lunes, 16 de junio de 2014

El Guarro.

Juanito el Guarro siempre tuvo un aspecto como de vejez perpetua que le encogía y doblaba y le hacía diminuto. Con frecuencia, llevaba los pantalones atados con una cuerda un poco por debajo de los sobacos, con la camisa raída metida por dentro. Recuerdo su minúscula presencia atravesando las carreteras que rodean el barrio, arrastrando un carro de dos ruedas lleno de chatarra o cartones, un carro grande que se había mandado forjar y soldar. Los conductores le increpaban por entorpecer el tráfico, a lo que él respondía con aspavientos e insultos.

Era increíble que una persona tan pequeña pudiera arrastrar todo aquel peso desde su casa hasta la chatarrería, cerca de mi barrio. Pero Juanito era un portento, tenía una energía tremenda en aquellas estrechas dimensiones que gastaba.

 Los críos le salían al paso y le gritaban:

- ¡Eh, Juanito el Guarro! ¡Juanito el Guarro!

Juanito agarraba lo que tuviera en las manos o en el carro y que se pudiera utilizar como proyectil, y con una furia insensata lanzaba el objeto a los críos que se escondían donde podían huyendo de su ira entre risas. Yo mismo vi botellas volando por encima de mi cabeza cuando era niño.

Vivía con dos hijos y algunos perros. Uno de ellos, -de los hijos, se entiende- de una delgadez enfermiza, de desaliño evidente y comunicación escasa, acudía en bicicleta, arrastrando un carro atado a ella, a la cristalería de un amigo mío en busca de los retales que le sobraran.

- Tío, es capaz de cargar en el carro de la bici más de doscientos kilos.

Juanito el Guarro y su familia vivían al principio del centro de Alcalá, justo donde empieza el casco histórico, en una vieja y espaciosa casa de una única planta. Poco a poco, la remodelación de la ciudad en vista de ser nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, que ha convertido Alcalá en una ciudad para domingueros, fue comiendo terreno alrededor. Primero fue la Facultad de Económicas y Empresariales, de donde saldrán las futuras y brillantes mentes preclaras que buscarán nuevas e imaginativas formas de arruinar a la clase trabajadora. Luego la plaza frente a ella, los edificios ruinosos junto a su casa, todo, fue transformado con mayor o menor acierto, pero la casa de Juanito el Guarro ofrecía una resistencia numantina contra los especuladores inmobiliarios.

Cuando salía de mi barrio para ir al centro, miraba de reojo a través de la puerta, siempre abierta, y veía un largo pasillo en penumbra, lleno de desconchones, que desembocaba en un patio enorme repleto de chatarra. Cuenta mi padre que si necesitabas algo, una pieza para una lavadora, o para una nevera, o incluso para un coche, el patio de Juanito era un lugar adecuado para buscar por un módico precio.

En aquel palacio de basura había de todo. Hasta donde alcanzaban los muros del patio, cientos de desperdicios se acumulaban en precario equilibrio: chapas, lavadoras, barras de acero, de latón, de hierro, marcos de ventanas y puertas de aluminio, una cámara frigorífica de bar, cartones, latas... todo un universo de inmundicias, un laberinto de óxido que podría sepultarte sin que jamás pudieran dar con tu cadáver.

Juanito el Guarro murió, y así puso fin a las habladurías sobre su presunta inmortalidad. Allí quedó uno de sus hijos, el de la bicicleta, larguirucho y con una mueca de pena, con sus perros negros de aspecto indescriptible, con sus toneladas de chatarra, y para sorpresa de muchos, con la herencia.

Resulta que varios edificios en esa calle pertenecían a la familia. Los herederos se deshicieron de algunos de ellos, lo que en ningún caso supuso el fin de la frenética actividad de cargar retales de cristal con la bicicleta. 

Una tarde me encontré con el cristalero cerca del barrio, y me contó que el hombre estaba muy deprimido.

- Se le ha muerto uno de los perros, y el otro día se puso a llorar en la tienda como una magdalena. Dijo que no sabía qué iba a hacer sin él.

Aún veo de vez en cuando al hijo de Juanito el Guarro. Sigue luciendo un aspecto desaliñado, una mueca de pena y una mirada ausente. Sigue desplazándose en bicicleta, y ahora tiene otro perro, este de color canela que se ira oscureciendo con el tiempo. Así de caprichosa es la rancia burguesía alcalaína.

martes, 10 de junio de 2014

Los fuegos.

De niño, al volver del colegio, vi a una mujer estampada contra el suelo de hormigón. Al parecer, se había lanzado desde la terraza del tercer piso. Un charco de sangre alrededor de la cabeza indicaba qué parte del cuerpo había chocado primero. El amasijo había sido tapado por los policías y los tíos de la ambulancia. Cuando pasé por allí, el viento destapó parte del cadáver y vi lo que me pareció un trozo de lengua colgando de su boca, y esa mueca espantosa se ha ido deformando en mi memoria, violenta y feroz, tal vez un último grito de ira contenida durante toda una vida.

Aquí antes la gente se moría mucho. Todos los años alguien salía volando por los aires debido a una explosión de gas butano,  y hubo quienes saltaron por las terrazas huyendo del humo, y cuando nos enterábamos de lo sucedido íbamos a veces al lugar de los hechos a ver el destrozo: ventanas involuntariamente abiertas, comedores y cocinas calcinados, toldos partidos en dos, colgando como brazos sin vida balanceados por el viento. 

Los braseros también provocaban incendios. Era difícil mantener caliente estos monstruos de hormigón, y no había dinero para calefacción, ni para nada que no fuera lo básico. 

Uno de estos incendios, hace pocos años, estuvo a punto de acabar con todo el edificio ardiendo de arriba a abajo, un par de bloques detrás del mío. Fue tremendo, pues hay varios portales en cada bloque y el fuego podría haberse extendido sin problemas por los portales colindantes. Estuvo a punto de calcinar todo el bloque debido a que los iluminados que construyeron el barrio no pensaron en la posibilidad de que los bomberos tuvieran que entrar precisamente por esa zona, lo que retrasó considerablemente su actuación. 

Resulta curioso el sentido del humor que exhiben los vecinos del barrio cuando ocurren estas cosas:

- Es que en esa zona ardemos muy bien - me comentó un amigo que vivía en el portal incendiado.

Justo frente a su bloque, años antes hubo otro incendio considerable. Un hombre del portal se jugó la vida y atravesó el fuego para salvar la vida a una cría que se había quedado dentro de su casa. Lejos de parecer un héroe, G., el salvador, camina habitualmente por el barrio arrastrando los pies y con la espalda doblada hacia delante, muchas veces tirando del carro de la compra. El incendio le provoco quemaduras por todo el cuerpo y estuvo a punto de dejarle ciego. 

Tiene la voz grave y potente, y mi primer recuerdo de G. me lo trae a la mente con cuatro libros bajo el brazo. Iba mucho a la biblioteca. Aquel día, entre los libros sacados de allí, llevaba una biografía de Martin Luther King.

- Era un tío muy majete - me dijo con esa voz atronadora.

No recuerdo que G. trabajara nunca. A decir verdad no conozco mucho sus circunstancias personales, más allá de las charlas que me daba cuando era pequeño. Hoy veo su triste figura arrastrarse por los rincones del barrio con poca frecuencia. Siempre me pareció un hombre muy cansado, quizá lo que dobla su espalda es el peso sobre los hombros de algún mal pasado, o tal vez ha ido deteriorándose desde el incendio y aún hoy le salen heridas de dentro.

Por su edad, podría haber caído en la heroína, o haber tenido posibilidades nada despreciables de sufrir esa epidemia, pero fue cauto, tal vez, y prefería leer biografías de líderes negros o lo que quiera que cayera en sus manos regordetas. En su mirada perdida aún parecen clavados restos del incendio, como si le costara ver. Pero en este barrio no hay mucho que ver, así que tampoco se pierde nada.

G. no es considerado un héroe. Hizo lo que tenía que hacer, y quizá lo que deberíamos hacer todos, salvarnos los unos a los otros en este parque de desgracias. Una de ellas, fue la muerte de un vecino en Pamplona durante los encierros de San Fermín. Sus amigos pidieron al alcalde que el nombre del insensato se le diera a una de las plazas del barrio, y el alcalde tuvo a bien atenderles con esa amabilidad derechista que establece muertes de primera y de segunda, e incluso de tercera y cuarta.  La plaza pedida es la plaza 1º de mayo. Los héroes son extraños, pero aún lo son más
sus amigos. Por eso nunca me acabaron de gustar.

domingo, 8 de junio de 2014

Catadores de tierra.

Cuando visité el Museo Arqueológico Regional con unos amigos hace años, vi algunas fíbulas en las vitrinas. Una fíbula es una pieza metálica que se usaba para atar prendas antes de que existieran los botones y las braguetas.  Algunas habían sido encontradas en un yacimiento situado en un pueblo entre Madrid y Guadalajara. En el museo, estaban limpias, debidamente clasificadas, cuidadosamente expuestas al visitante. Otros objetos extraídos del mismo lugar estaban repartidos en la misma sala. 

El yacimiento era un poblado carpetano. Las fíbulas eran de cobre, creo recordar, y al desenterrarlas tenían una tonalidad verdosa debida al óxido. Había que cogerlas con cuidado para que no se te desintegraran entre los dedos. Estuve trabajando en esa excavación, un par de años antes de ir al museo y descubrir mi insignificante y ridícula contribución a la arqueología.

Nos dieron un mono de trabajo de color naranja que aún conservo. Me lo puse únicamente ese día, no quería parecerme a esos pobres miserables que esperan en el corredor de la muerte de algún lugar del sur de Estados Unidos. Casi podía verme a mí mismo, como en la película de Newman, "La leyenda del indomable":

- ¿Puedo ir a mear, jefe?

- Puedes ir a mear, Gómez. Pero mueve la rama.

- ¡Muevo la rama, jefe, muevo la rama!.

Había pocas ramas que mover. Aquello es un descampado donde no hay ni una solitaria sombra bajo la que cobijarse, y en verano el sol cae como una losa, aplastándote contra la dura tierra de las catas.

Te asignaban por la mañana a una cata arqueológica, junto con uno o dos estudiantes que manejaban el cotarro y otros dos o tres comedores de tierra como yo. Allí transcurrían las horas con una lentitud horrible. Me ponía crema protectora para que la piel no se me desprendiera a jirones, y cuando llegaba el mediodía toda la crema había desparecido como tal, y tenía tierra en los sobacos, en la espalda, en la cara, en la raja del culo, en los pies, en las orejas, en la entrepierna y hasta masticaba tierra crujiente. En algunas partes de mi cuerpo, la crema protectora había formado un barrillo indescriptible con el sudor que te dejaba escocido después de varias horas caminando con él barnizándote la piel. Durante ocho horas, picabas, paleabas, carretillabas y comías mierda. Entre los jóvenes universitarios y los jóvenes tirados que picábamos había una línea que no se podía cruzar, a pesar de estar en el mismo sitio.

Nos contrató una empresa a su vez contratada por la Universidad. El encargado era un canadiense al que casi todos llamaban el Gabacho o directamente el Gilipollas de mierda.

Era un tío de algo menos de cuarenta años, menudo, rubio con el pelo largo, perilla, que iba por la excavación paseando torso desnudo y pavoneándose patéticamente frente a las mujeres de la universidad. Cuando creía ver que en alguna cata no se trabajaba en condiciones, bajaba a ella y agarraba una piqueta, o una azada, y picaba cinco, diez minutos, y  eran unos cinco o diez minutos de una intensidad increíble, y temblaba la tierra a cada embestida. Era tan increíble verle trabajar, que tanto él como nosotros sabíamos que nadie puede picar a ese ritmo durante ocho horas sin provocarse una lesión o fenecer y pasar a la historia de la arqueología.

- Así se hace, coño, maricones - decía, y se largaba de allí y no volvía a doblar el lomo.

- Si fuera encargado de una obra de verdad, ya le habrían tirado por el hueco del ascensor - decía un compañero.

Estoy seguro de que en el fondo, lo que le hubiera gustado al Gabacho es bajar a las catas y picar el suelo o las paredes directamente con el pene.

Me quemé la piel en aquel infierno de tierra y calor, y cuando terminamos el trabajo, la empresa, a través del Gabacho, nos informó de que nos pagarían con un cheque. Algún día indeterminado del siguiente mes. Nos olió mal. 

Una semana después, decidimos quedar unos cuantos compañeros para ir a cobrar lo que nos correspondía a la empresa, en Madrid. 

Ocupaba la planta baja de un edificio de oficinas. A través de las rejas de una de las ventanas, vimos una habitación en la que algunos trabajadores limpiaban piezas frenéticamente: trozos de vasijas y otros cacharros de cerámica, seguramente extraídos de la excavación donde se me había quedado la piel como la superficie de una empanada gallega. Algunos de aquellos trabajadores habían sido compañeros nuestros.

Por la ventana principal, vimos al Gabacho. Nos reconoció al instante: el ejército de Pancho Villa, los tiraos que fueron a trabajar a  aquel llano en medio de la nada al no tener otro sitio mejor en el que dejarse parte de la vida. Nos miró, dio media vuelta y desapareció tras la puerta de una oficina. Cuando entramos, estaba junto a quien identificamos como el Gran Jefe. 

- Caballeros, la secretaria irá dándoles los cheques, si son tan amables.

Nada de coño, maricones. 

Entre los que fuimos a cobrar lo nuestro, había dos personas a punto de jubilarse que vieron como la empresa en la que habían currado toda la vida les despidió justo para no poder tener el 100 % de la jubilación. Algún buscavidas de mi barrio de edad indefinida, de esos que parecen conservados en alcohol y curtidos bajo el sol durante decenios, y jóvenes sin estudios como yo que tampoco teníamos otro lugar mejor a donde ir. El Gran Jefe nos miraba con sorna, y pensé que había muchos huecos de ascensor tristemente desiertos.

En la placidez del Museo Arqueológico Regional, todo tiene un orden lógico, todo está pensado y medido y catalogado, y quizá alguna de las fíbulas que vi, o alguno de los objetos de cerámica, o una preciosa punta de lanza, habían sido encontrados por mí. A pesar de lo que me gustan estas cosas, en aquel momento me dio exactamente igual. No sentí nada. Quería engañarme con la ilusión de haber contribuído de alguna manera a exponer aquellos bellos descubrimientos, e intenté buscar algún tipo de orgullo en mi interior, pero el dinero del cheque hacía años que lo había gastado.





miércoles, 28 de mayo de 2014

El culo de los pobres.

Cuando era niño había un tresillo de scay en casa, de color granate. Hacía juego con dos sillones del mismo material, uno a cada oreja del tresillo, que en verano se te pegaban en la espalda y pretendían despellejarte y cocerte y retenerte en sus regazos.

Si levantabas los cojines de los asientos, podías encontrar tal vez un par de duros, o si el día era bueno, una moneda de diez duros o veinte. Bajo los cojines, también había una raja, más o menos en el centro del tresillo. Siempre pensé que aquella raja estaba ahí debido al paso del tiempo. Mi madre y mi padre lo llevaron a un tapicero para que arreglaran la raja y le cambiaran las correas que hacían de refuerzo interior.

Muchas veces metí la mano en la ranura en busca de monedas perdidas. Lo que no sabía entonces es que allí dentro, en aquella cueva bajo el scay, hubo un tiempo en el que hubo algo más que monedas. Aquella raja no la había causado el uso. Esa raja la hizo mi padre con un cuchillo.

En casa había una caja de caudales que mi viejo conservó durante décadas. Tal vez la conservó por cariño, no lo sé.

Hay algo peor que ser pobres, y es ser pobres, comunistas y del Aleti. Eso, en tiempos de clandestinidad, obligaba a esconder tus pensamientos y vivir entre susurros. Yo he conservado esta tradición familiar parcialmente, pues no me gusta el fútbol.

La raja en el tresillo era el escondite de la caja de caudales. Esa caja estaba ahí para ayudar a los camaradas de mi padre en caso de que lo necesitaran. Me enteré hace muy poco de esto, por boca de uno de mis hermanos mayores.

Había en casa muchas estrecheces, y aquel dinero, evidentemente, no podía tocarse, y mi familia se sentaba allí a ver la televisión. Los culos de mi familia nunca había conocido tanto esplendor económico, y todo sin salir de pobres. 

Mi culo vivió otros esplendores. Cuando tenía unos seis años, entró en casa una silla de enea para niños, pequeñita. Era de color rojo, un rojo que hoy sería estridente y de mal gusto. La silla era mía. Sólo mía.

En aquella época había poco dinero en casa. Quiero decir, éramos más pobres de lo habitual, pues a los pobres sólo les empeoran las cosas. No recuerdo bien si en aquella época mi padre andaba de juicios con la empresa con la que tuvo una batalla por sus derechos que acabó ganando. Pero mientras tanto, había que mantener a cuatro hijos.

Un sábado fui con mi madre a hacer la compra a las galerías de alimentación del casco viejo. Al volver, paseando por la Calle Mayor, vi la silla de enea en el interior de una tienda donde vendían cosas de mimbre, a la derecha de la entrada. Me pareció la mejor silla del mundo: pequeñita, roja, con un cartel de cartulina donde se leía el precio.

Mi madre se puso a mirar el escaparate, con aquel rostro de incertidumbre de malos tiempos, la chaqueta de punto sobre los hombros, el carrito de la compra en la mano derecha. Supuse que simplemente estaba cansada y que la razón por la que nos habíamos parado allí era esa. Yo no podía quitar la mirada de la silla de enea, pero recuerdo que incluso entonces era consciente de la situación económica de mi familia, y la silla era mi particular utopía.

- ¿Te gusta la silla, hijo? - preguntó de repente.

Asentí. Yo era un crío muy callado. No sé de donde saco esta verborrea que tengo hoy, con lo lacónico que fui siempre. Seguí asintiendo un rato. Mi madre miró la cartulina con el precio y abrió el monedero. Miró dentro y volvió a mirar la cartulina. Suspiró. Cerró el monedero. En la tienda había cola ante el mostrador. Desde allí, la dependienta no podía ver la entrada.

Mi madre me miró. Miró a la tienda. Abrió el monedero y sacó algún dinero - no recuerdo si era un billete de cien pesetas o eran monedas sueltas - y se acercó a la entrada de la tienda. Puso el dinero en una silla de enea grande que acompañaba a la pequeña alargando la mano desde la fuera. Cuando sacó el brazo, también sacó la silla de enea roja, la que yo no paraba de mirar.

La puso sobre el carrito de la compra y volvimos a casa apresuradamente. No entendí que mi madre mirara de vez en cuando hacia atrás desde la Calle Mayor hasta el barrio. En su rostro creo recordar angustia y cierta satisfacción extraña.

Entramos en casa y mi madre puso la silla en la cocina. Me dijo que me sentara, me senté, sonrió y se fue a hacer la comida. La miré mientras lo hacía. Toqué el esmalte rojo de la silla compulsivamente y no me moví de allí hasta que ella terminó. Los dos estábamos contentos.

Tiempo después, mi abuela hizo una funda de ganchillo para el asiento de mi silla. En esa silla leí mucho, hasta que me convertí en un gandul demasiado grande para que soportara mi peso. Aún así, la silla estuvo en casa hasta que cumplí los diecinueve o veinte años. Tenía muchos arreglos, muchos tornillos y clavos y mucha cola saturando sus ranuras. El rojo se caía a pedazos, y la funda de ganchillo había desaparecido. Cuando mi madre se decidió a tirarla, recordé aquel sábado en el que ella y yo cometimos un delito. Uno pequeño, parcialmente pagado.

Mi madre no dejó en la silla de al lado el precio que costaba la silla. Dejó lo que pudo, que no era mucho. No recuerdo que en casa nos fueran concedidos muchos caprichos, pero aquel fue uno, y durante algunos años, el único que se me permitió.

Hasta para sentarse hay clases.

sábado, 17 de mayo de 2014

Testigos y jueces.

En EGB, tuve un compañero que tenía pluma. Eso le convertía en objeto de todo tipo de crueldades, incluso entre los profesores. Para más tortura, mi compañero tenía la desgracia de haber nacido en una familia que pasó a engrosar las filas de los Testigos de Jehová.

Siempre me resultó curioso el éxito que tuvo esta secta en el barrio. Antes que farmacia, antes que ambulatorio, antes que biblioteca, e incluso antes que una Iglesia católica, en el barrio tuvimos un Salón del Reino de los Testigos de Jehová. 

El Salón parece un búnker. Cuando se construyó, la heroína todavía era una epidemia terrible que desparramaba toda su podredumbre en los oscuros soportales del barrio. Por eso pusieron rejas por todas partes en aquel edificio, que está entre dos bloques y sobre el que podías andar desprendiéndote por alguna de las ventanas del primer piso de alguno de ellos.

Mi compañero decía que su pluma era una enfermedad hormonal, sea lo que sea eso. Sus padres le habían llevado a todo tipo de curanderos y charlatanes, sin obtener el resultado que esperaban. Los domingos, le veía predicando con una chica de su secta, ambos muy bien vestidos, - o lo que suponían que es ir bien vestido - él con su americana y su corbata, endomingado, con el pelo cortado a cepillo, llamando a las puertas de los pisos del barrio para que se las cerraran en las narices entre aspavientos.

Una vecina de mi portal, que pertenecía a la secta, me decía:

- ¿Vas a clase con F.? Yo creo que es un poco mariquita, aunque sus padres le llevan al médico a ver si pueden con él.

"...pueden con él". Eso se me quedó grabado a fuego. Me imaginaba una lucha infructuosa de los padres de F. por erradicar cualquier reflejo de la palabra maldita en la personalidad de su hijo: homosexualidad.

Un barrio pobre como el mío es carne de cañón para sectas. De niño, vi cómo muchas familias acabaron abrazando la secta intuída por Charles Taze Russell y fabricada por Joseph Franklin Rutherford. El fundamentalismo cristiano llegó aquí mucho antes de que llegaran las sectas evangélicas desquiciadas que hoy están por todas partes. Curiosamente, estas últimas siguen cazando a sus adeptos entre los más pobres.

Un Salón del Reino de los Testigos de Jehová hace que los miembros de la secta se sientan unidos. El aislamiento progresivo al que son sometidos, probablemente agudiza esta sensación: en todas partes hay un comprensible rechazo a su religión, esto les refuerza y les une. Supongo que la endogamia es algo que buscan. Les proporciona una falsa sensación de seguridad, y lo que es peor, una falsa creencia de que tienen razón y los demás estamos equivocados. Vivir en una burbuja alejada de la realidad, es dañino. Tanto como dejar morir a tu hijo por no dejarle recibir una transfusión de sangre.

Y todo esto, evidentemente, dejaba en una situación complicada a mi compañero F. En un mundo aislado, ajeno a la realidad, dominado por los prejuicios, sin una rendija de aire fresco, F. estaba aislado por partida doble: dentro del mundo real y dentro de su secta. Y esto es muy inquietante. El rechazo que provocaba en algunos su mera presencia en el colegio debía ser una tortura para él. Muchas veces las burlas terminaban en peleas en las que se defendía violentamente y solía acababar llorando y con las gafas rotas. Allá donde fuera, era rechazado.

Ignoro qué fue de él. Quiero pensar que finalmente decidió tomar las riendas de su vida y hacer lo que le saliera de las narices. En realidad no sé si era homosexual, pero da igual, todo el mundo había emitido un juicio sin que nadie se lo pidiera y sin que existiera nada que juzgar, y casi todo el mundo había decidido que era culpable de algo. Lo único que sé es que no me gustaría haber estado en su pellejo.

martes, 13 de mayo de 2014

Nosotros, la clase media.

Debería haberlo sabido.

Los años de despidos, encierros, huelgas indefinidas, números rojos, clandestinidad, aunque a estos últimos yo no llegué. Acompañar a mi padre a la sede del Partido, acompañar a mis padres a un mitin, ver a Dolores Ibárruri bajando del quiosco de la Plaza de Cervantes y mi madre conmigo en brazos acercándose a ella, que me pareció tan terriblemente mayor y tan incomprensiblemente entera.

Hubo malos años, años de comer patatas casi a diario, y días de llevar tortilla de patatas a los amigos de mi padre que se encerraron en Ibelsa – Zanussi – para no ser despedidos  en los 80, años de heroína y despidos.

Hubo noches en las que un hermano mayor me metió miedo al no ver a mi madre en casa a una hora razonable.

- Ha ido a la manifestación con la tía y las han detenido.

Mucha gente cree que esto en aquellos años ya no ocurría, lo de pasarlas canutas para comer. Que no había hambre, pero había un estrecho cerco a nuestro alrededor, cuéntaselo a algunos, en estos tiempos de individualismo sin sentido donde lo único que importa es salvar tu propio culo.

Gracias al sindicato, pudieron escolarizarme. En un local del Paseo de los Curas, mi padre y los suyos pusieron una escuela, y fue allí donde aprendí a leer. Allí también podían comprarnos los regalos de reyes en diciembre, a precios más reducidos que en los comercios. Allí tuve la mejor profesora que uno podría tener, que era jipi y siempre sonreía, Charo, de la que no he vuelto a saber nada en toda mi vida, y es poco probable que yo la reconociera hoy a ella, no digamos ella a mí, que parece que acabo de salir de Juego de Tronos.

Luego, cuando construyeron un colegio en el barrio, me cambiaron de centro. En 3º o 4º de EGB, la profesora Dolores repetía mucho eso de “nosotros la clase media”. Y lo di por hecho, aunque no entendía qué nos estaba diciendo exactamente ni a qué venía.

Ocurrió durante una cena en casa, con la televisión encendida.  Hablaban del paro.  Mi padre despotricaba contra Felipe González, y entonces lo dije:

- Nosotros somos de clase media.

Es difícil entender lo que sentí cuando las miradas de tres hermanos, mi padre y mi madre, se posaron en mí y el silencio incómodo que se estableció en la mesa, y el momento que pasé sin tragar la croqueta, mirando sin comprender.

- Una mierda vamos a ser nosotros de clase media. Nosotros somos de clase obrera - dijo mi hermano mayor.

Y así se me quitó la tontería y descubrí que no existíamos más que para nosotros mismos.