martes, 25 de marzo de 2014

Más barrios.

El sábado, en las marchas por la dignidad, vi mucha gente reivindicando la lucha de la clase obrera. Me vino a la mente el recuerdo de una manifestación, hace un par de años quizá, a la que acudí solo, en la que vi a una mujer haciéndose una fotografía, lo que hoy llaman un selfie, en la que intetaba tomar su rostro, la hoja de un calendario de ese día, y la multitud subiendo por Banco de España al fondo. Jamás se me hubiera ocurrido hacer algo semejante, y me chocó mucho. Suele ocurrirme en algunas manifestaciones. Veo ese abismo entre muchos manifestantes y yo. Siempre me he preguntado si había más gente con ese sentimiento en ellas, y estoy seguro de que es así, pero es difícil localizar eso dentro de ti, más allá de sentirte extraño. 

La noche del sábado dormí en Madrid, en casa de un familiar, cerca del Parque del Retiro. Siempre que duermo allí, me asombra el silencio de las noches. Donde vivo, el silencio no llega hasta muy tarde, aunque aquí de madrugada no hay mucho que hacer, más que esperar al lunes en la plaza. Las juergas en mi barrio siguen siendo en la calle. Para estar en silencio hace falta tener dinero, que te permite esconder los gritos.

La mañana del domingo me levanté y fui a desayunar al bar de abajo. Café con churros.  La camarera no es de aquel barrio, se nota y se agradece. Luego a dar un paseo por el Retiro. Me senté en un banco a fumar, y vi pasar a la gente en bici, corriendo, paseando a sus perros. Aquí, en el Polígono Puerta de Madrid, a esas horas sólo se corre para fumar un canuto, y tampoco se corre demasiado, que correr a través de interminables soportales por un desierto de hormigón no apetece. Recordé aquello que ya relaté cuando escribí sobre "Paseos con mi madre", el libro de Pérez Andújar: los que nos hemos criado en un barrio marginal, sólo nos sentimos de él cuando estamos fuera de él. Te sientes extraño en todas partes. Soy capaz de señalar a quien no vive cerca del parque, hay una actitud en ellos diferente. Ni tan siquiera tengo que escucharles hablar.

La semana anterior, también en el Retiro, vi a tres músicos con pinta de moderniquis tocando bluegrass. Contrabajo, banjo y guitarra acústica. El cantante tenía pinta de hipster. No lo hacían nada mal, y si tuviera un garito contrataría sus servicios. Tocaron una versión de Bad Moon Rising, y no tardé en encontrar un punto flojo en la voz del cantante. Les hace falta una voz con más personalidad, tal vez como la de Chris Stapleton de The Steeldrivers, o como la mía de eterno borracho ( hoy abstemio ) a lo Shane MacGowan.  ¿Qué pasa en este mundo en el que la música de los blancos pobres  estadounidenses es fagocitada por el moderneo? ¿Existe flamenco para pijos? ¿Rap en la Moraleja?

Sé que es tan difícil entender ese sentimiento como entiendo que jamás podré deshacerme de él. Me acompañan recuerdos del barrio allá donde voy, e imagino que a todo el mundo le pasa. Pero no todos han visto lo que hay aquí, pocos han buceado el tiempo suficiente en estas feas calles de hormigón como para llevarse ese sentimiento para siempre en el estómago. Porque es ahí donde se encuentra.

He leído un par de artículos del Diario de Alcalá sobre mi barrio. No suelo hacerlo, lo que se dice de aquí suele tener que ver con algún altercado o con la venta de drogas, pero quiero que lo entiendas, que entiendas lo que pasa. Puedes leerlos aquí y aquí. Nada ha cambiado en 30 años, quitando algunos yonquis menos y muchos comercios cerrados criando basura. Es un barrio muerto, y quizá es eso lo que me pasa cuando salgo de aquí, que me dejo un trozo de mí, de mi vida, y siempre tengo que volver a recogerlo, porque forma parte de uno, y no está bien ir por ahí y por allí al mismo tiempo.

Cuando salga de aquí, seré de aquí. Mientras tanto, iré dejando pedazos.

martes, 18 de marzo de 2014

Fantasmas en chándal de acetato.

Hace bastante que no vive en el barrio. De su estancia durante varios años entre el correccional y posteriormente en la cárcel le quedó algún rollo en la cabeza y una pensión del Estado.  Cuando  salió del trullo se dedicaba a fumar porros en la plaza, bajo su ventana.  Se pasaba las horas muertas ahí, y de vez en cuando se le acoplaba algún otro en busca de unas caladas. Se compró un vespino ruinoso con el que dio vueltas por los soportales atronando a los vecinos hasta que se le rompió.  Tiene un año más que yo.  Todo el mundo le conocía como el Comepalos.

Dejó el colegio muy pronto, y a nadie pareció importarle lo más mínimo.  Vivía en la calle casi todo el día, gracias a la indiferencia de sus padres.  Cuando ya era tarde para parar su carrera, intentaron encerrarlo en casa, bajo llave, y como vivía en un primero se tiró por la ventana para escapar y se rompió un pie.

El primer recuerdo que tengo de él es su trastornado rostro mientras esnifaba pegamento en una bolsa con otros chicos del barrio, a mediados de los 80.  Poco después comenzaron las visitas de la policía en su busca en mi bloque, y recuerdo que un día su madre le pegó una bronca terrible en la calle, hasta que un amigo suyo salió a defenderle.

- Señora, que él no ha cholao, que el que ha cholao he sido yo.

Pero no explicó cómo era posible que el marrón se lo hubiera comido el otro, que se limitaba a fumar docenas de cigarrillos, impasible.  Luego llegó el correccional. 

Un día, mientras veía la tele con mi familia, emitieron un reportaje sobre un correccional de Madrid.

- Mira que si sale el Comepalos ahora - dijo mi padre.

Unos minutos después pudimos ver al Comepalos sentado en el suelo fumando un cigarrillo, ajeno a las cámaras de Televisión Española, que en aquellos entonces lo de la protección del menor era una cosa que no se estilaba demasiado, y mucho menos con la chusma que tiene lo que se merece.

El Comepalos y su pandilla formaban parte de aquellos delincuentes que hasta bien entrados los 80 surgieron en muchos de los barrios marginales de toda España.  No era tan famoso como el Jaro o el Vaquilla, y sus hazañas quizá no daban para ser glorificadas en un "Perros callejeros".  El cine quinqui, que no era tal hasta que llegaron pijos posmodernos a reivindicarlo, ofrecía una imagen distorsionada y mitificadora, como en los films de Jose Antonio de la Loma, o bien relatos tremendistas como los de Eloy de la Iglesia, de la realidad de los delincuentes juveniles de la época y de la heroína.  Resulta curioso.  Estos modernos seguramente habrían salido corriendo con el rabo entre las piernas si en aquella época se hubieran encontrado con un Vaquilla o incluso con un Comepalos.

Los pálidos recuerdos de aquella triste generación perdida a la que nadie pedirá jamás perdón, pululan por las zonas del barrio donde se vende droga y visten imposibles chándals de mercadillo, o están muertos, o bien esperando a salir de la cárcel con más de 40 años, arrojados a un mundo que les es absolutamente ajeno, salvo cuando vuelven al barrio a comprobar que buena parte de la podredumbre de entonces continúa intacta.  

El Comepalos se hizo famoso en los juzgados cuando yo era muy joven.  Un policía nacional nos dijo que en comisaría todos le conocían como el Comemierdas.  Y vaya si comió mierda.  Toda.  Desde niño.

Siempre fue amable conmigo.  No era mal tío.

sábado, 1 de marzo de 2014

Vecinas.

En mi barrio hay chonis.  Hay mujeres cuya única constante en la vida es la ignorancia.  Mujeres que no saben de Twitter, ni de manifestaciones en Madrid.

Mujeres que llaman a sus hijos a gritos por la ventana para que vuelvan a casa a cenar.  Muchas en paro, otras amas de casa, casi todas pobres.  Esto es una especie de mundo al margen, donde las manifestaciones en Madrid se ven en las noticias, y son tan cercanas como las manifestaciones en Ucrania o en cualquier otro rincón del planeta.  Sufren los estragos de la crisis que vivimos, aunque en realidad aquí la crisis no es una crisis, es el estado habitual en el que vive mucha gente desde hace lustros.

Si vas a Cáritas, en el barrio, puedes ver muchas de estas mujeres, jóvenes chonis y madres avejentadas, sacando un carro de la compra con comida que probablemente no cubra todas sus necesidades. 

Hay vecinas que han soportado el maltrato de sus maridos, de sus hijos, y hoy de sus nietos.  Varias generaciones de maltrato, caras de sufrimiento, muecas que se quedaron ahí el día en el que sus maridos decidieron darles la primera hostia.  Vecinas viejas, mujeres que han sufrido lo indecible, no cuentan.  No contarían en la lucha de algunas.  No son cool, son horteras, chillonas, casi no saben escribir, no saben qué coño es un Starbucks ni salen por Fuencarral.  No son de la jet set pobre, ni llevan tatuajes.  No saben qué cojones es Twitter.  No conocen tu círculo endogámico, ni se acercarían jamás a un sitio que las rechaza implícitamente.  Posiblemente no sean tan chillonas ni tan horteras, pero no son como tú, que es lo que causa rechazo.

También hay vecinas que lucharon mucho.  Mi madre luchó en su época, con el PCE, y hoy sólo sus hijos nos acordamos de ella, que al fin y al cabo no tuvo ningún interés en ser popular, y sí en pelear por lo que creía justo, y quizá nunca podría haber comprendido lo que ocurre hoy.  Si viviera, tendría más de 45 años, así que no encontraría su lugar en las luchas.

No es que desprecien lo que haces.  Es que lo ignoran, porque no viven tu realidad.  Es que nadie se ha acercado a explicarles nada, porque son vulgares, cutres, chillonas.  O quizá no, quizá es que Hermano Mayor, Callejeros y Aída hacen mella en ti.

Igual es que no hay nada que explicar.  Ya es tarde para ellas, y son un estorbo.  Incluso las chonis más jóvenes lo son. 

El otro día, en el Cercanías, pasé por la estación de Villaverde.  Me chocó mucho ver a casi todo el mundo fumando.  No se debe fumar ahí.  Sentí que acababa de atravesar una frontera infranqueable.  Unas chonis saludaron en el vagón a unos lolailos de su barrio, y en medio estaba yo con un amigo, y mira, puedo decir que me sentí cómodo entre ellas y ellos, y bastante triste cuando reflexioné más tarde sobre todo esto que te cuento.  Hay un muro entre ellas y vosotras. Y sí, para ellas la ley de Gallardón es un problema mucho más grave que para otras.

Si les cuentas tus preocupaciones sobre la presión social para que lleves tacones, te mirarán como si acabaras de bajar en un platillo volante, en serio.  Están en otra dimensión, más sucia, más real, más pobre.  Más en el paro y más todo lo peor.  Pero tú a lo tuyo.