domingo, 22 de junio de 2014

La gente normal.

Me quedé sin colorante para la pintura. Tan sólo necesitaba un botecito para dar con el tono que me pedían.

- ¿Hay alguna droguería o tienda de pinturas por aquí?- pregunté.

El dueño de la casa me dijo que sí, que había una más o menos cerca. Yo no conocía demasiado bien aquella zona, es el barrio contiguo al mío. Una carretera nos separa y la pobreza y el abandono municipal nos une. Es paradójico compartir tantas cosas y no conocerse.

E. era la hija del matrimonio al que le estaba pintando la casa.

- Anda, E., acompaña al pintor a la casa de pinturas, que tú sabes donde está.

E. me miró sonriente. Tenía seis años. Era rubia, y llevaba el pelo recogido con una coleta a cada lado de la cabeza. Tenía los ojos enormes de un gris imposible. Vestía pantalones vaqueros cortos, zapatillas deportivas, una blusa roja. Yo llevaba el traje de luces oficial de pintor de estranjis. La niña me dio la mano y bajamos a la droguería.

Aquellos edificios no tienen ascensor. Las escaleras son viejas, parece como si se fueran a derrumbar en cualquier momento. Los escalones no están rectos. La niña bajó casi tirando de mí. Al llegar al portal vimos a través de los cristales traslúcidos de la puerta las siluetas recortadas en la luz del sol de la tarde de unas gárgolas encogidas en el umbral, por fuera.

Eran yonquis. Ese es el último barrio que hay en Alcalá en dirección a Madrid. Los yonquis de mi barrio también se apelotonan en esa zona, al final de la ciudad, donde pueden encontrar descampados o sitios abandonados donde dormir, a las afueras, y sitios tranquilos donde inyectarse heroína. Aquellos eran, quizá, las últimas almas en pena del Distrito II, empujadas al olvido en tierra de nadie, conscientes de su agonía, apaleados y destruídos.

Abrí la puerta. E. salió tirando de mí. Eran cuatro drogadictos, tres hombres y una mujer, momificados en vida, sucios y temerosos. Los despojos que no quieres ver. En estos cementerios escupen la poca vida que les queda, se pudren.

- Hola, E., ¿como estás? - saludó la mujer.

- Bien. Voy con el pintor a comprar colorante - contestó la niña sonriendo, sin soltar mi mano.

Todo el barrio parecía conocer a E. Hasta los yonquis tenían palabras amables para aquella niña inteligente de mirada penetrante. Ella veía, como yo a su edad, todo aquello con cierta normalidad. En la droguería, el dependiente no me saludó a mí.

- Venimos a por colorante. - dijo E.

Compré el producto y volvimos al piso, siempre de la mano. Los yonquis saludaron a la niña. La yonqui sonrió sin apenas dientes, y E. le devolvió una sonrisa radiante. 

Y esta es la normalidad que te hace de otra pasta, y esto es lo que no se puede explicar, y lo que nadie cuenta.
 

lunes, 16 de junio de 2014

El Guarro.

Juanito el Guarro siempre tuvo un aspecto como de vejez perpetua que le encogía y doblaba y le hacía diminuto. Con frecuencia, llevaba los pantalones atados con una cuerda un poco por debajo de los sobacos, con la camisa raída metida por dentro. Recuerdo su minúscula presencia atravesando las carreteras que rodean el barrio, arrastrando un carro de dos ruedas lleno de chatarra o cartones, un carro grande que se había mandado forjar y soldar. Los conductores le increpaban por entorpecer el tráfico, a lo que él respondía con aspavientos e insultos.

Era increíble que una persona tan pequeña pudiera arrastrar todo aquel peso desde su casa hasta la chatarrería, cerca de mi barrio. Pero Juanito era un portento, tenía una energía tremenda en aquellas estrechas dimensiones que gastaba.

 Los críos le salían al paso y le gritaban:

- ¡Eh, Juanito el Guarro! ¡Juanito el Guarro!

Juanito agarraba lo que tuviera en las manos o en el carro y que se pudiera utilizar como proyectil, y con una furia insensata lanzaba el objeto a los críos que se escondían donde podían huyendo de su ira entre risas. Yo mismo vi botellas volando por encima de mi cabeza cuando era niño.

Vivía con dos hijos y algunos perros. Uno de ellos, -de los hijos, se entiende- de una delgadez enfermiza, de desaliño evidente y comunicación escasa, acudía en bicicleta, arrastrando un carro atado a ella, a la cristalería de un amigo mío en busca de los retales que le sobraran.

- Tío, es capaz de cargar en el carro de la bici más de doscientos kilos.

Juanito el Guarro y su familia vivían al principio del centro de Alcalá, justo donde empieza el casco histórico, en una vieja y espaciosa casa de una única planta. Poco a poco, la remodelación de la ciudad en vista de ser nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, que ha convertido Alcalá en una ciudad para domingueros, fue comiendo terreno alrededor. Primero fue la Facultad de Económicas y Empresariales, de donde saldrán las futuras y brillantes mentes preclaras que buscarán nuevas e imaginativas formas de arruinar a la clase trabajadora. Luego la plaza frente a ella, los edificios ruinosos junto a su casa, todo, fue transformado con mayor o menor acierto, pero la casa de Juanito el Guarro ofrecía una resistencia numantina contra los especuladores inmobiliarios.

Cuando salía de mi barrio para ir al centro, miraba de reojo a través de la puerta, siempre abierta, y veía un largo pasillo en penumbra, lleno de desconchones, que desembocaba en un patio enorme repleto de chatarra. Cuenta mi padre que si necesitabas algo, una pieza para una lavadora, o para una nevera, o incluso para un coche, el patio de Juanito era un lugar adecuado para buscar por un módico precio.

En aquel palacio de basura había de todo. Hasta donde alcanzaban los muros del patio, cientos de desperdicios se acumulaban en precario equilibrio: chapas, lavadoras, barras de acero, de latón, de hierro, marcos de ventanas y puertas de aluminio, una cámara frigorífica de bar, cartones, latas... todo un universo de inmundicias, un laberinto de óxido que podría sepultarte sin que jamás pudieran dar con tu cadáver.

Juanito el Guarro murió, y así puso fin a las habladurías sobre su presunta inmortalidad. Allí quedó uno de sus hijos, el de la bicicleta, larguirucho y con una mueca de pena, con sus perros negros de aspecto indescriptible, con sus toneladas de chatarra, y para sorpresa de muchos, con la herencia.

Resulta que varios edificios en esa calle pertenecían a la familia. Los herederos se deshicieron de algunos de ellos, lo que en ningún caso supuso el fin de la frenética actividad de cargar retales de cristal con la bicicleta. 

Una tarde me encontré con el cristalero cerca del barrio, y me contó que el hombre estaba muy deprimido.

- Se le ha muerto uno de los perros, y el otro día se puso a llorar en la tienda como una magdalena. Dijo que no sabía qué iba a hacer sin él.

Aún veo de vez en cuando al hijo de Juanito el Guarro. Sigue luciendo un aspecto desaliñado, una mueca de pena y una mirada ausente. Sigue desplazándose en bicicleta, y ahora tiene otro perro, este de color canela que se ira oscureciendo con el tiempo. Así de caprichosa es la rancia burguesía alcalaína.

martes, 10 de junio de 2014

Los fuegos.

De niño, al volver del colegio, vi a una mujer estampada contra el suelo de hormigón. Al parecer, se había lanzado desde la terraza del tercer piso. Un charco de sangre alrededor de la cabeza indicaba qué parte del cuerpo había chocado primero. El amasijo había sido tapado por los policías y los tíos de la ambulancia. Cuando pasé por allí, el viento destapó parte del cadáver y vi lo que me pareció un trozo de lengua colgando de su boca, y esa mueca espantosa se ha ido deformando en mi memoria, violenta y feroz, tal vez un último grito de ira contenida durante toda una vida.

Aquí antes la gente se moría mucho. Todos los años alguien salía volando por los aires debido a una explosión de gas butano,  y hubo quienes saltaron por las terrazas huyendo del humo, y cuando nos enterábamos de lo sucedido íbamos a veces al lugar de los hechos a ver el destrozo: ventanas involuntariamente abiertas, comedores y cocinas calcinados, toldos partidos en dos, colgando como brazos sin vida balanceados por el viento. 

Los braseros también provocaban incendios. Era difícil mantener caliente estos monstruos de hormigón, y no había dinero para calefacción, ni para nada que no fuera lo básico. 

Uno de estos incendios, hace pocos años, estuvo a punto de acabar con todo el edificio ardiendo de arriba a abajo, un par de bloques detrás del mío. Fue tremendo, pues hay varios portales en cada bloque y el fuego podría haberse extendido sin problemas por los portales colindantes. Estuvo a punto de calcinar todo el bloque debido a que los iluminados que construyeron el barrio no pensaron en la posibilidad de que los bomberos tuvieran que entrar precisamente por esa zona, lo que retrasó considerablemente su actuación. 

Resulta curioso el sentido del humor que exhiben los vecinos del barrio cuando ocurren estas cosas:

- Es que en esa zona ardemos muy bien - me comentó un amigo que vivía en el portal incendiado.

Justo frente a su bloque, años antes hubo otro incendio considerable. Un hombre del portal se jugó la vida y atravesó el fuego para salvar la vida a una cría que se había quedado dentro de su casa. Lejos de parecer un héroe, G., el salvador, camina habitualmente por el barrio arrastrando los pies y con la espalda doblada hacia delante, muchas veces tirando del carro de la compra. El incendio le provoco quemaduras por todo el cuerpo y estuvo a punto de dejarle ciego. 

Tiene la voz grave y potente, y mi primer recuerdo de G. me lo trae a la mente con cuatro libros bajo el brazo. Iba mucho a la biblioteca. Aquel día, entre los libros sacados de allí, llevaba una biografía de Martin Luther King.

- Era un tío muy majete - me dijo con esa voz atronadora.

No recuerdo que G. trabajara nunca. A decir verdad no conozco mucho sus circunstancias personales, más allá de las charlas que me daba cuando era pequeño. Hoy veo su triste figura arrastrarse por los rincones del barrio con poca frecuencia. Siempre me pareció un hombre muy cansado, quizá lo que dobla su espalda es el peso sobre los hombros de algún mal pasado, o tal vez ha ido deteriorándose desde el incendio y aún hoy le salen heridas de dentro.

Por su edad, podría haber caído en la heroína, o haber tenido posibilidades nada despreciables de sufrir esa epidemia, pero fue cauto, tal vez, y prefería leer biografías de líderes negros o lo que quiera que cayera en sus manos regordetas. En su mirada perdida aún parecen clavados restos del incendio, como si le costara ver. Pero en este barrio no hay mucho que ver, así que tampoco se pierde nada.

G. no es considerado un héroe. Hizo lo que tenía que hacer, y quizá lo que deberíamos hacer todos, salvarnos los unos a los otros en este parque de desgracias. Una de ellas, fue la muerte de un vecino en Pamplona durante los encierros de San Fermín. Sus amigos pidieron al alcalde que el nombre del insensato se le diera a una de las plazas del barrio, y el alcalde tuvo a bien atenderles con esa amabilidad derechista que establece muertes de primera y de segunda, e incluso de tercera y cuarta.  La plaza pedida es la plaza 1º de mayo. Los héroes son extraños, pero aún lo son más
sus amigos. Por eso nunca me acabaron de gustar.

domingo, 8 de junio de 2014

Catadores de tierra.

Cuando visité el Museo Arqueológico Regional con unos amigos hace años, vi algunas fíbulas en las vitrinas. Una fíbula es una pieza metálica que se usaba para atar prendas antes de que existieran los botones y las braguetas.  Algunas habían sido encontradas en un yacimiento situado en un pueblo entre Madrid y Guadalajara. En el museo, estaban limpias, debidamente clasificadas, cuidadosamente expuestas al visitante. Otros objetos extraídos del mismo lugar estaban repartidos en la misma sala. 

El yacimiento era un poblado carpetano. Las fíbulas eran de cobre, creo recordar, y al desenterrarlas tenían una tonalidad verdosa debida al óxido. Había que cogerlas con cuidado para que no se te desintegraran entre los dedos. Estuve trabajando en esa excavación, un par de años antes de ir al museo y descubrir mi insignificante y ridícula contribución a la arqueología.

Nos dieron un mono de trabajo de color naranja que aún conservo. Me lo puse únicamente ese día, no quería parecerme a esos pobres miserables que esperan en el corredor de la muerte de algún lugar del sur de Estados Unidos. Casi podía verme a mí mismo, como en la película de Newman, "La leyenda del indomable":

- ¿Puedo ir a mear, jefe?

- Puedes ir a mear, Gómez. Pero mueve la rama.

- ¡Muevo la rama, jefe, muevo la rama!.

Había pocas ramas que mover. Aquello es un descampado donde no hay ni una solitaria sombra bajo la que cobijarse, y en verano el sol cae como una losa, aplastándote contra la dura tierra de las catas.

Te asignaban por la mañana a una cata arqueológica, junto con uno o dos estudiantes que manejaban el cotarro y otros dos o tres comedores de tierra como yo. Allí transcurrían las horas con una lentitud horrible. Me ponía crema protectora para que la piel no se me desprendiera a jirones, y cuando llegaba el mediodía toda la crema había desparecido como tal, y tenía tierra en los sobacos, en la espalda, en la cara, en la raja del culo, en los pies, en las orejas, en la entrepierna y hasta masticaba tierra crujiente. En algunas partes de mi cuerpo, la crema protectora había formado un barrillo indescriptible con el sudor que te dejaba escocido después de varias horas caminando con él barnizándote la piel. Durante ocho horas, picabas, paleabas, carretillabas y comías mierda. Entre los jóvenes universitarios y los jóvenes tirados que picábamos había una línea que no se podía cruzar, a pesar de estar en el mismo sitio.

Nos contrató una empresa a su vez contratada por la Universidad. El encargado era un canadiense al que casi todos llamaban el Gabacho o directamente el Gilipollas de mierda.

Era un tío de algo menos de cuarenta años, menudo, rubio con el pelo largo, perilla, que iba por la excavación paseando torso desnudo y pavoneándose patéticamente frente a las mujeres de la universidad. Cuando creía ver que en alguna cata no se trabajaba en condiciones, bajaba a ella y agarraba una piqueta, o una azada, y picaba cinco, diez minutos, y  eran unos cinco o diez minutos de una intensidad increíble, y temblaba la tierra a cada embestida. Era tan increíble verle trabajar, que tanto él como nosotros sabíamos que nadie puede picar a ese ritmo durante ocho horas sin provocarse una lesión o fenecer y pasar a la historia de la arqueología.

- Así se hace, coño, maricones - decía, y se largaba de allí y no volvía a doblar el lomo.

- Si fuera encargado de una obra de verdad, ya le habrían tirado por el hueco del ascensor - decía un compañero.

Estoy seguro de que en el fondo, lo que le hubiera gustado al Gabacho es bajar a las catas y picar el suelo o las paredes directamente con el pene.

Me quemé la piel en aquel infierno de tierra y calor, y cuando terminamos el trabajo, la empresa, a través del Gabacho, nos informó de que nos pagarían con un cheque. Algún día indeterminado del siguiente mes. Nos olió mal. 

Una semana después, decidimos quedar unos cuantos compañeros para ir a cobrar lo que nos correspondía a la empresa, en Madrid. 

Ocupaba la planta baja de un edificio de oficinas. A través de las rejas de una de las ventanas, vimos una habitación en la que algunos trabajadores limpiaban piezas frenéticamente: trozos de vasijas y otros cacharros de cerámica, seguramente extraídos de la excavación donde se me había quedado la piel como la superficie de una empanada gallega. Algunos de aquellos trabajadores habían sido compañeros nuestros.

Por la ventana principal, vimos al Gabacho. Nos reconoció al instante: el ejército de Pancho Villa, los tiraos que fueron a trabajar a  aquel llano en medio de la nada al no tener otro sitio mejor en el que dejarse parte de la vida. Nos miró, dio media vuelta y desapareció tras la puerta de una oficina. Cuando entramos, estaba junto a quien identificamos como el Gran Jefe. 

- Caballeros, la secretaria irá dándoles los cheques, si son tan amables.

Nada de coño, maricones. 

Entre los que fuimos a cobrar lo nuestro, había dos personas a punto de jubilarse que vieron como la empresa en la que habían currado toda la vida les despidió justo para no poder tener el 100 % de la jubilación. Algún buscavidas de mi barrio de edad indefinida, de esos que parecen conservados en alcohol y curtidos bajo el sol durante decenios, y jóvenes sin estudios como yo que tampoco teníamos otro lugar mejor a donde ir. El Gran Jefe nos miraba con sorna, y pensé que había muchos huecos de ascensor tristemente desiertos.

En la placidez del Museo Arqueológico Regional, todo tiene un orden lógico, todo está pensado y medido y catalogado, y quizá alguna de las fíbulas que vi, o alguno de los objetos de cerámica, o una preciosa punta de lanza, habían sido encontrados por mí. A pesar de lo que me gustan estas cosas, en aquel momento me dio exactamente igual. No sentí nada. Quería engañarme con la ilusión de haber contribuído de alguna manera a exponer aquellos bellos descubrimientos, e intenté buscar algún tipo de orgullo en mi interior, pero el dinero del cheque hacía años que lo había gastado.