domingo, 27 de julio de 2014

El demonio.

Muchas veces me he preguntado cómo es posible que ningún miembro de mi familia acabara inyectándose heroína. Cuando era niño, lo normal aquí era ver legiones de drogodependientes, antes de que las enfermedades convirtieran a casi todos ellos en perchas para el pellejo.  Después, lo normal es que acabaran en la cárcel, muriendo, o sobreviviendo al borde del abismo.

El alcoholismo no suele tener esa visibilidad.  A pesar de que muy probablemente el número de alcohólicos no es despreciable por aquí, el único alcohólico que la mayoría es capaz de reconocer es el que está terriblemente deteriorado, física o mentalmente.

Fui un alcohólico silencioso, salvo en las noches de juerga.  Un alcohólico que mentía y se mentía a sí mismo.  Las noches de los sábados no había un rincón de la mesa donde suelo escribir que no tuviera una lata de cerveza. Poco a poco, las noches de los sábados no se diferenciaron en nada de las del resto de los días de la semana.  El comerciante chino más cercano al barrio - aquí no hay comercios - me tenía mucho aprecio.  Quince, veinte botes de cerveza diarios, más lo que pudiera arramblar del mueble bar, más lo que había bebido a la salida del trabajo, más lo que había bebido antes de subir a casa, después de beber a la salida del trabajo. El alcohol era el combustible que necesitaba para seguir funcionando.

No importa mucho lo que  me llevó a ese estado.  Cuando quise darme cuenta, estaba totalmente roto por dentro.  Era incapaz de controlarme.  Me diagnosticaron depresión.  Y únicamente la bronca de una amiga, que en aquellos momentos no vivía en España, me hizo entrar en razón.  El día de mi cumpleaños, concretamente.

Practicamente todas las asociaciones para rehabilitación de adictos, dependen de organizaciones religiosas, como la peligrosa Narconon, que pertenece a la Iglesia de la Cienciología, o Remar, perteneciente a una iglesia evangélica fundamentalista.  Las que no, como Alcohólicos Anónimos, utilizan un lenguaje religioso para sacar el "demonio" que al parecer llevas dentro y también, al parecer, prescinden de profesionales.

El alcohol no fue mi demonio.  El demonio no existe.  Era yo quien sufría la adicción, por lo tanto, dependía exclusivamente de mí salir de ella.  Lo hice sin ayuda.  El médico me preguntó si sería capaz de hacerlo, y dije que sí.  No pensé mucho en la respuesta, dije que sí al no ver otra opción en mi vida que dejar de beber si quería seguir manteniendo la cabeza sobre los hombros.   

No todo el mundo puede dejar la bebida como lo hice yo.  Cada persona tiene sus historias y su pasado, y mucha gente necesita ayuda.  Pero enfrentarse al problema como un adulto es fundamental.  Cargarle el muerto a un "demonio" es infantil.  Es quitarte el muerto de encima.

La parte más dura de dejar la bebida fue la incomprensión.  Mucha gente cree que es un capricho tuyo, que te ha dado por ahí.  Al fin y al cabo, no te han visto mendigando con un cartón de Don Simón en el casco viejo.  Siempre había alguien que te llamaba "maricón" por no beber, y siempre había alguien que se reía de tu decisión.  A cualquier lugar al que vas, hay alcohol.  Está prácticamente por todas partes.  Está muy bien visto.  Y nadie es alcohólico. Sólo tú.  Esta tolerancia con la bebida es lo que llevó a Charles Bukowski a creerse el papel en el que le habían encasillado sus fans. Algunos creen, también, que como William Burroughs fue yonqui toda su vida, pueden controlar la heroína o cualquier otra droga.  Una de las primeras cosas que aprendí al dejar el alcohol, fue a despreciar profundamente esa visión romántica, obscena y falsa de los adictos. 

Entiéndeme, a veces me encantaría beber.  No hay nada malo en tomar algo, incluso en pillarse una cogorza de vez en cuando.  Pero yo rompí los límites, y cuando quise darme cuenta ya no había vuelta atrás. Me pregunto con mucha frecuencia cuántos no han podido dejarlo, o han sucumbido al fanatismo religioso.  Recientemente, una persona cercana con problemas con la bebida fue enviada por el médico de cabecera a una organización religiosa.  El resultado fue que salió de allí muy deprimido y confuso. ¿Es esa la única ayuda que te pueden ofrecer? ¿Sacarte un "demonio" y meterte a Dios? 

Mal.  Muy mal. Lo peor que te puede pasar en la vida es ser adicto y pobre.  La marioneta perfecta.

jueves, 17 de julio de 2014

Un hombre libre.

N. es uno de los cientos de miles de ciudadanos rumanos que no pudieron disfrutar de las infinitas bondades y ventajas del libre mercado que han convertido su país en uno de los más corruptos de Europa. Muchos Enes se vieron obligados a dejar Rumanía en busca de algo mejor, pero tuvieron la mala suerte de acabar en España.  Sus dos nietas nacieron aquí, a pesar de lo cual N. dice que son rumanas, no españolas. Incluso a pesar de que las dos niñas hablan más español que rumano.  Compartía piso, al menos hace tiempo, con su mujer, su hija, sus nietas y su yerno. Ochenta metros cuadrados para no perderse de vista unos de otros.

Conocí a N. cuando cuidaba de las cabras que un empresario español tenía en los terrenos contiguos a su empresa. Pasó de conducir un camión en Sibiu a beber las mieles del capitalismo español sin contrato y durmiendo en una casucha sin calefacción hasta que pudo reunir dinero para un alquiler. También hacía labores de jardinería ( le recuerdo subido a un árbol en enero, con un pasamontañas, cortando ramas con un hacha ), y cualquier chapucilla que fuera necesario hacer allí. Un año pidió vacaciones para ir a su pueblo, y cuando volvió su puesto de trabajo lo ocupaba otro hombre rumano sin papeles ni contrato.

Así, N. fue dando tumbos por algunas empresas de aquel polígono industrial perdido de la mano de dios: la chatarrería, los jardines de una empresa de componentes electrónicos, lo que fuera necesario para salir adelante.

Cuando viajaba a Rumanía traía varias maletas llenas de comida. Me sorprendió conocer que buena parte de esas maletas contenían un cerdo cortado en trozos y ahumado.

- En España no carne como en Rumanía, Orje – me decía, con esa manera extraña de pronunciar mi nombre.

N. tenía problemas para aprender español, al fin y al cabo ya era viejo cuando llegó a España, con sus arrugas y sus problemas de corazón y su dedo pulgar de la mano derecha cercenado y su sueño de volver a su pueblo cercano a Sibiu. N. aguantaba como una mula de carga todo lo que le tiraran encima, y se ponía a trabajar jurando en rumano, vete tú a saber lo que decía, aunque luego me contaron otros rumanos que mejor que no lo supiera.

Con su último jefe, solía tener unas discusiones tremendas y surrealistas. El rumano juraba en rumano y chapurreaba en español mientras el empresario español ejercía de español.

- N. haz esto, coño.

- N. haz lo otro, coño.

Coño, siempre coño, y con el tiempo dejó de haber N. y todo era “haz esto, coño”.

Un día N. discutió con aquel jefe y acabó obedeciendo algo más desesperado de lo habitual.

- He dicho que tengo yo razón. Tengo yo razón y punto, coño. - le dijo el español.

Si la tenía como si no, N. fue a contarle lo ocurrido a un compañero rumano a la hora de la comida.

- Y me dijo que él tiene corazón. ¡Él! - contó, y se golpeaba el corazón en el pecho con la mano del pulgar cercenado, como señalando lo que el jefe no tenía.

Los problemas de N. con el español no le preocupaban mucho. Había ahorrado para comprar una bonita casa en Rumanía, cerca de Sibiu. Una prima lejana le cuidaba la casa en invierno, y le daba de comer a los perros y le trabajaba el huerto. Se sentía orgullosísimo de aquella casa que él mismo había ayudado a construir. Un año al volver de vacaciones, exhibió fotografías de la propiedad, de sus perros, de su huerto, del cuarto de baño ( de esto parecía estar especialmente orgulloso ), y un compañero de trabajo mío fue de vacaciones a aquel bello país y pasó unos días en casa de N. Casualmente, este compañero compaginaba el trabajo con su afición por la fotografía, así que las fotos que vi hacían parecer la casa el castillo de Vlad Tepes.

Yo sólo había oído hablar de Sibiu. Sabía que estaba en Rumanía, pero poco más. Un día vimos juntos fotografías de la ciudad en mi móvil. N. me señalaba en la pequeña pantalla lo que era cada edificio, esforzándose por que le comprendiera. En verdad es una ciudad bellísima, o al menos en las fotos me lo pareció, y juraría que a N. le faltaba muy poco para emocionarse de verdad y dejar caer alguna lagrimilla, pero un verdadero hombre rumano no llora. Nunca he acabado de comprender eso, yo que siempre estoy con la lágrima colgando por cualquier cosa.

Como en invierno suelo ir por el polígono en manga corta, N. bromeaba con ello.

- Orje, ¿tu madre es rumana? Tú serías buen rumano eh.

Así establecimos una pequeña y superficial amistad, un macarra barriobajero y un viejo habitante de un pueblucho cercano a Sibiu, que las jornadas laborales suelen dar para poco más.

Aquel hombre de manos terroríficamente fuertes había trabajado tanto en España que pudo comprar un terreno para cada una de sus hijas, albergando la cándida esperanza de que ellas quisieran volver a su país algún día y construir su propia vivienda aunque por lo que sé, ni tan siquiera en vacaciones se acercan por allí. Esas manos callosas del huído del Este apretaban las tuyas como piedras, hasta hacerte daño, mientras los profundos ojos grises de su dueño te miraban fijamente con cierta ironía. Siempre se alegraba de verme.

Finalmente, le llegó la hora de jubilarse, y tuvo la suerte de cobrar dos pensiones: una pensión de mierda en España y otra de doble mierda en Rumanía. Los últimos días de trabajo, su jefe andaba diciéndole coño esto y coño lo otro, y mira qué coño y qué coño hace esto aquí que debería estar allí, coño. Hacía mucho calor, era un día de julio, y N. llevaba cosas en un traspalé de aquí para allá frenéticamente, y martilleaba trozos de artilugios de metal para desmontarlos y llevarlos a la chatarrería. Siempre he sabido que la paciencia de toda persona tiene un límite, y aquel día se rompió.

- Vamos, coño, ¿en Rumanía trabajabas así? – dijo el jefe.

N. soltó el traspalé y se puso los brazos en jarra.

- ¡No!. Yo N. ¡N!.

El otro le miró sin comprender.

- ¡Yo N.! ¡TÚ COÑO! - siguió el rumano, y señaló al empresario con el dedo índice de la mano derecha para enfatizar sus palabras.

Para lo que le quedaba en el convento, se cagó un poco dentro.

De vez en cuando vuelvo a ver a N. No ha vuelto a su país, y me dice que quiere estar con sus nietas, aunque intuyo que su situación económica tiene bastante que ver con esa decisión. Periódicamente aparece con algunos cacharros por la chatarrería en la que trabajó durante algún tiempo para sacar un dinerillo extra, y me cuentan que lo han visto aquí y allí buceando en los contenedores de basura del distrito, imagino que respirando libertad.

martes, 15 de julio de 2014

Aclaraciones.

Los comentarios en el blog serán moderados hasta nuevo aviso.

Voy a aclarar alguna cosilla, y después no volveré a interactuar con psicópatas. Ellos saben quienes son.

1- Mi blog no es una puñetera democracia: mi blog es la dictadura de el Yayo, y es el Yayo quien decide si puedes comentar aquí, si tu comentario va a ser publicado o borrado, o lo que sea. Aquí no hay más libertad de expresión que la que me da la gana.

2- No estoy obligado a darte la razón. 

3- Si vas a acusarme de algo, será mejor que aportes pruebas. Luego veré si me sale de las narices publicar las acusaciones.

4- Yo no tengo que contar lo que tú quieres que cuente. No tengo que justificar lo que escribo. No te debo nada.

Es una pena que hoy borrara algunos comentarios. En uno de ellos, el troll habitual admitía tácitamente que es un acosador, lo cual no sé si me reconforta, pero imagino que es un gran paso hacia el psiquiatra más cercano.

Durante este tiempo, he rescatado algunos recuerdos de lo que suelo ver o he visto a lo largo de mi vida en un barrio marginal o en anteriores puestos de trabajo. Los he escrito lo mejor que he podido, algunos están mejor que otros. En parte, lo hago debido a que necesito contar cosas, y entiendo que las historias que se han desarrollado al otro lado de la frontera azul, no tienen cabida en ningún sitio, nosotros no existimos, y en parte debido a que los relatos de ficción que escribo suelen ser más largos y la gente no se para a leer tanto en un blog. No considero apropiados estos textos para este oscuro rincón.

Escribir es lo único que sé hacer más o menos regular. Lo seguiré haciendo. Pero hoy me he saturado bastante.





lunes, 7 de julio de 2014

Los inmortales

Los dos hermanos, morenos, delgaduchos, bajitos, ambos con la nariz partida, iban juntos a todas partes. Habían dejado la esperanza en manos de la heroína, emulando sobradamente a sus hermanos mayores, que eran cuatro, una mujer y tres hombres. A sus padres hacía años que les habían sepultado los disgustos, y antes de morir se les veían las caras largas y curtidas en algún pueblo de Extremadura, simulando una tranquilidad de la que jamás disfrutaron.

A. y R., los dos hermanos, eran un dúo cómico involuntario y amargo. Aún recuerdo ver sus escuálidas figuras por el casco viejo de la ciudad buscando la liebre que uno de ellos juraba haber visto. A veces, el hambre no entiende de drogas, ni de que te faltan casi todos los dientes, y como no eran hidalgos y ninguno de los dos tenía lucidez para señalar el espejismo, cualquier rata de alcantarilla les parecía un manjar.

R. comenzó en algún momento un programa de desintoxicación. Poco se podía salvar de aquel autómata sin vida. El sarcoma de Kaposi le invadía el rostro, su organismo albergaba docenas de enfermedades, y por mucho que llevara tiempo sin ponerse hasta arriba se le había quedado la mirada torva y el ceño fruncido para siempre, como si se lo hubieran cincelado. 


Los hermanos se separaron. A. no tuvo otro remedio que buscar un compañero de fatigas. Había muchas de ellas que compartir, cientos al día, y en algún lugar encontró un perro flaco y mugriento, negro y feo, que le acompañaba a todas partes. Buscó un hogar para sí mismo y para su nuevo amigo, pues por alguna extraña razón no quería volver por el barrio. Encontró un local abandonado lejos de aquí, en la otra punta de la ciudad, cercano a terrenos salvajes con un remoto sabor a campo, donde los yonquis y las prostitutas compartían espacio, rotondas y ambiente insalubre.

Allí no tenía luz ni agua, pero como tampoco tenía ganas de vivir era el lugar idóneo. A veces le veía por el centro pidiendo comida en las pastelerías - un crusán, una napolitana - y algo para el perro. A veces iban los dos, él arrastrando la deteriorada carcasa que le sustentaba el alma y el perro dando alegres saltos a su lado, y era terrible verle sonreír al animal con esa sonrisa vacía de dientes, tan ajena a su mirada.

No sé si le mató la soledad o una sobredosis. A. llevaba varios días muerto cuando alguien, alarmado por los gemidos del perro, llamó a la policía. Lo que quedaba de él yacía en el suelo de cemento, apenas unos harapos sucios y malolientes, y junto a él, aquel perro feo sufriendo su ausencia. La noticia salió en algunos medios de la región, básicamente por lo fiel que fue el animal de cuatro patas con su compañero, pues a nadie le importaba una mierda otro yonqui muerto.

R. apareció por el barrio poco después y no tardó en volver a la heroína. Ahora que se sabía inmortal, no tenía ninguna razón para eludir su destino: la aguja. No se hizo cargo del pobre perro feo, que a saber donde está si es que sigue aún vivo.

R. sigue deambulando por aquí. No hace mucho le vi junto a su hermano mayor - desintoxicado hace años - paseando a varios cachorros de teckel, seguramente robados y con la intención de sacar un dinerillo extra con el que llenarse las venas. De vez en cuando monta algún número en medio de la plaza, gritando a presuntos chivatos de la policía y amenazando a unos supuestos "maricones" que no tienen huevos a no se muy bien qué. Es valiente, pues se sabe inmortal, a pesar del sarcoma y del número indeterminado de enfermedades que sufre, sin contar las mentales.

Ahora quedan él y su hermano mayor. Sólo puede quedar uno.

martes, 1 de julio de 2014

Nº 8 de la Calle 3.

Un hombre de más de sesenta años, alto, calvo y barrigón, atraviesa la Calle 3 del polígono industrial acompañado de su hijo, algo más bajo, delgado, pantalones cortos y camiseta de tirantes, que luce carísimos tatuajes en brazo derecho y pantorrilla izquierda, de cuando se podía adornar el cuerpo, y arrastra un carrito de la compra sin la bolsa de tela del carrito de la compra. Vienen de vender chatarra, de la chatarrería en la nave número 8 de la Calle 3.

El hijo tiene entre veinticinco y treinta años. El padre lleva una mueca de incredulidad y camina como avergonzado por el maltrecho asfalto triturado a diario por los camiones, tropezando con las grietas y los desniveles. El hijo parece haberlo asimilado mejor. Tal vez, si juntan algún dinero, puedan comprar un carro más grande para arrastrar penosamente hasta la chatarrería.

Miran a los que aún conservamos un trabajo con curiosidad. Nosotros salimos y entramos de las naves, llevando y trayendo cajas, empujando traspalés con transicubas encima, mil litros de podredumbre sobrante, bamboleándose a izquierda y derecha.

Tal vez la incredulidad del padre viene de haberse prometido un futuro tranquilo, para él y para su hijo, el de los tatuajes de otro tiempo. No pensaba arrastrarse con más de sesenta años por las feas calles de un viejo polígono industrial que anuncia su decrepitud crepuscular desde la entrada, exhibiendo sus naves vacías o abandonadas y a sus trabajadores sudorosos que no quieren verse arrastrando un carrito de la compra con chatarra.

El calor me está matando. Siento la camiseta pegada a la espalda, los pantalones pesados y los pies cociéndose en las botas de seguridad. Se me pega el pelo en la cara, siento el sol cayendo como una pedrada al salir de la nave, y ahí están padre e hijo volviendo con el carrito lleno de tuberías de plomo que malamente les darán para comer. No sé la cantidad de viajes que han hecho ya.

En el patio de una de las naves abandonadas hay un olivo. Las ramas del árbol han sido atraídas hacia el suelo por algún poder desconocido, y el único trozo de valla que queda impide que se desparrame del todo en la acera. Las vallas han ido desapareciendo de esa nave y apareciendo tiempo después en la misma chatarrería en la que padre e hijo han ido a vender las tuberías. Parece como si los ladrones de vallas no quisieran que el olivo toque el suelo, que luce calvas aquí y allá, y lo cierto es que no se merece un olivo tan innoble final.

Después de vender las tuberías, padre e hijo se plantan en la esquina, junto al árbol. Allí hay algo de sombra para resguardarse del rugido del sol que nos fustiga. Hablan un rato. El padre se apoya un poco en la pared y mira a su hijo. Se pone las manos en los ojos y quiero pensar que no está llorando.

Finalmente se van. A la hora de la comida, un gitano joven lleva un carrito de la compra lleno de chatarra. Detrás va un niño de unos ocho o nueve años. El carro se tambalea, una puerta de nevera amenaza con desplomarse, y al pasar por el olivo, se paran un rato tras sus ramas para recuperar el aliento. El crío se sienta en la acera. El padre enciende un cigarrillo. Media hora después los encuentro en el restaurante del polígono compartiendo un refresco, pues un padre debería cumplir sus promesas. Igual crees que esto es un cuento, pero en los cuentos se narran cosas extraordinarias e inusuales. Piénsalo.