jueves, 27 de noviembre de 2014

La familia gris

Fuimos a catequesis e hicimos la primera comunión juntos. Sí, yo hice esas cosas.

S. tenía mi edad. Tenía ojos rasgados pequeños y verdes, era delgado, un poco más alto que yo y muy moreno de piel. A medida que nos acercábamos a la adolescencia, mientras yo seguía haciendo como que estudiaba, él empezó a llevar camisetas sin mangas y chupas vaqueras llenas de pintadas a bolígrafo Bic con los nombres de las bandas de heavy metal del momento. Se dejó crecer el pelo por detrás.

Siempre que nos encontrábamos por el barrio se paraba a saludarme y pasábamos un rato hablando, preguntándonos por nuestros compañeros de catequesis, o sobre la serie de televisión del momento, o sobre las vacaciones. Él nunca había ido con su familia de vacaciones. A veces se le perdía la mirada mientras le contaba cosas, y a veces contaba cosas él y no las terminaba de contar y se le perdía la mirada, y él y yo terminabamos con la mirada clavada en el suelo, sentados en un banco de la plaza. Al rato sonreía con aquella boca de labios gruesos y dientes extrañamente perfectos y me daba una palmada en la espalda, y nos íbamos a casa, y yo seguía un buen rato pensando que su sonrisa quizá era la más triste que había visto nunca.

A S. los problemas le llovían. Un terremoto de hermanos conflictivos y padre ausente, de alcohol y ludopatía, le hacía huír de casa en cuanto podía para pasar un rato en la calle, y pronto sus conversaciones conmigo las amenizó con tabaco que le había mangado a su madre, y pronto a los cigarrillos se les unió la cerveza cuando yo ni había empezado a masturbarme.

Quedaba poco de aquel crío con el que hice la catequesis desde hacía tiempo. S. había dejado el colegio en último curso. S. había robado una bicicleta en algún lugar y la había pintado con Titanlux para que nadie reconociera el vehículo como si en la ciudad no hubiera cientos de bicicletas como aquella. S. se peleaba con su madre y con su hermano mayor, y andaba por la plaza dando vueltas con la bicicleta. S. caía de la bicicleta después de dar vueltas y más vueltas por los soportales en avanzado estado de embriaguez y se dejaba los dientes y le tenían que dar varios puntos en la barbilla. Éramos niños. S. me ofrecía cigarrillos que yo rechazaba. Yo seguí con mi edad y él se convirtió en un viejo en el cuerpo de un crío.

Su madre había ido haciéndose gris con los años. Le había encanecido el pelo, pero el color gris se averiguaba en toda ella a pesar de compartir el color de piel con S. Era gris su mirada, la bata con la que bajaba a por el pan era gris, el perro diminuto que siempre iba a su lado era gris, y era una mujer menuda que arrojaba grandes sombras grises a los que se la encontraban. 

Una tarde en la que volvía de hacer un recado a mi madre, me encontré con él. Hacía tiempo que no le veía. Estaba subido en la bicicleta, quieto, en el centro de la plaza interior del bloque. Me acerqué a saludarle antes de subir a casa, pero aquella mirada vacía que tantas veces había visto en nuestras conversaciones estaba anclada en sus ojos y parecía no verme. 

- ¿Estás bien? - pregunté.

De repente despertó del trance y frunció el ceño. Me insultó, al parecer yo era un hijo de puta y un maricón que le estaba jodiendo de alguna manera incognoscible. Tenía los ojos irritados, y hablaba y gesticulaba con lentitud, con pesadez. El brazo derecho se le fue a mi hombro izquierdo, me empujó y retrocedí un paso. Se bajó de la bicicleta y por un momento pensé que iba a perder el equilibrio del todo y caería al suelo. Sin soltar el manillar, tambaleándose, levantó la bicicleta hasta dejarla apoyada en el suelo únicamente con la rueda trasera y me  puso la delantera en el pecho. Dolió poco, o quizá es que estaba tan confuso por todo aquello, su aspecto, su furia incomprensible conmigo, que aquello sirvió de analgésico. Justo cuando parecía que la rueda iba a volver a caer sobre mí, su madre, la mujer gris, se asomó por la ventana de la cocina, justo frente a él. 

Giré sobre los talones. Vi y escuché a la mujer gritando a S. con palabras grises que me dejara en paz. Gritaba desde un primer piso, y me pareció que estaba llorando. Cuando volví a girar, S. ya no estaba allí. Se alejaba subido en la bicicleta trabajosamente. Sólo tiempo después supe identificar su estado. S. esnifaba pegamento o algún tipo de cola industrial o algún veneno por el estilo, y aquel día estaba como una moto. 

Mientras su familia se caía a pedazos, S. pasó del pegamento a la heroína, y llegó el momento en que supe que jamás volvería a verle por el barrio. Aquí las columnas de hormigón escuchan y los vecinos toman nota para luego ir contando delirantes secretos que quizá no son más que fantasías, y muchos rumores sobre S. me llegaron, aunque hoy ya no llega ninguno.

Unos dicen que se fue a vivir lejos, y otros que murió. Me decanto por la segunda opción. Su madre gris sigue viviendo aquí, y su hermano pequeño, que también ha adquirido ese color, vive con ella. Ahora tienen otro perro diminuto gris que languidece junto a ellos, y tal vez recuerden con cariño la sonrisa sincera y triste de S. con la mirada perdida en alguna parte.

Estoy seguro de que murió, aunque nadie me lo ha confirmado. Era mi amigo, y era un buen chaval. Nada podrá hacerme cambiar de opinión sobre él.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Mi viejo, el del PCE

Aún no había muerto Franco.

Él fue uno más de los que tumbaron el Sindicato Vertical del gobierno en la zona.

Cuando cierto futuro ministro del PSOE era inspector de trabajo durante el franquismo, mi viejo y los suyos intentaron contactar con él, y para ello estuvieron rondando su despacho varios días, hasta que finalmente accedió a hablar con ellos. El objetivo era convencer al hombre - no a sus tres secretarias - , para que acudiera a Roca a observar las condiciones laborales que allí había, que eran durísimas. El apoyo fue denegado. 

Cuenta mi viejo que en cierta ocasión, el famoso Billy el Niño, el matón que fue segundo al mando de la tristemente famosa Brigada Político-social, no le cazó por poco. Aunque no está seguro de que la persecución viniera de él, todos los camaradas sabían quién era y a qué se dedicaba, por lo que la inquietud les llevó a pensar eso. Una reunión clandestina en la Pista Florida de Alcalá, al fondo del Parque O´Donell, en la que más de 2000 personas, entre trabajadores y sus familias, intentaban organizarse para plantar cara a Roca, fabricante de retretes y otros artículos indispensables en occidente, terminó con una colecta de 300000 pesetas que iban destinadas a la caja de resistencia para la huelga. Como los malos no se atrevían a meterse en la pista, las calles aledañas eran el lugar donde acechaban los torturadores a los obreros incautos que salían de allí, y mi viejo y los suyos huyeron a sus casas con la policía comiéndoles el culo.

Fueron años de reuniones clandestinas en los alrededores del río Torote, o en cualquier lugar en medio del monte, al que acudían incluso alquilando un autobús como si fuera una excursión, con las familias a cuestas. Se ponían vigilantes para dar el chivatazo si aparecía la Guardia Civil, y cuando llegaba, sólo veían familias de bien jugando con sus niños o tonteando con sus parejas cada uno por su lado.

Muchos fueron los detenidos, y en alguna ocasión hubo que pagar una multa gubernamental de hasta un millón de pesetas para sacar a algún camarada del calabozo, una verdadera fortuna en aquellos tiempos oscuros, pero para eso estaba la caja de resistencia escondida en casa, o en casa de algún camarada del viejo. Aquellas huelgas tremendas terminaron con detenidos y delegados sindicales despedidos. Todos ellos tuvieron que ser readmitidos cuando se ganó el juicio, mi padre fue uno de ellos.

Cuenta el viejo que cuando Roca paraba, paraban la Perlofil, Cointra, Ibelsa, Pegaso, CASA, Fiesta y todas las empresas del Corredor del Henares y alrededores en solidaridad, y Roca hacía lo mismo, obviamente. En palabras de mi viejo, a los empresarios "los teníamos acojonados".  Años más tarde, yo mismo vi, de crío, que los trabajadores de ZUL, empresa de lácteos de Alcalá de Henares ya desaparecida, suministraba sus productos totalmente gratis a los trabajadores de Ibelsa (Zanussi) encerrados en la fábrica, al otro lado de la valla. Varios hombres sacaron cajas de yogures y leche para los trabajadores y sus familias ante mis ojos. Yo estaba allí porque mi padre y mi madre habían ido a ver a un amigo que participaba en las movilizaciones.

Cuando, mucho después de las huelgas de Roca, siendo yo un niño, mi padre vino a la escuela donde aprendí a leer y escribir, fundada por Comisiones Obreras, una mujer con gafas enormes salió de los despachos superiores y gritó desde allí:

- ¿Ha venido Matías el roquero?

Mi viejo, el roquero.

Aquellos roqueros y sus camaradas no tenían nada que perder, y hoy son vistos como algo a despreciar u olvidar, una lacra que nos ha traído el Estado putrefacto que vivimos hoy. Mi viejo cuenta estas historias con los ojos tristes, lamentando nuestra desunión, y quizá, sintiendo que los de su generación no han hecho otra cosa que verse traicionados primero, y escupidos y despreciados posteriormente. Posteriormente quiere decir hoy.




jueves, 6 de noviembre de 2014

Una boda.

Ella miraba con asombro a través de la ventana de la cocina, mientras me tenía cogido de la mano con fuerza. Abajo, en la calle que apenas es un descampado con una farola y lúgubres soportales a un lado, gitanos y gitanas iban y venían frenéticamente, luciendo sus mejores galas, cantando,  riendo y gritando. Algunos iban a esas horas un poco bebidos.

Minutos antes, me preguntó:

- ¿Qué es? ¿Una fiesta?

- Una boda. Una boda gitana.

No es fácil olvidar aquellos enormes ojos verdes, luminosos y tristes a un tiempo. Uno podría perderse en aquella mirada profunda durante horas, o contemplar el asombro de aquellos dos focos sorprendidos ante un espectáculo que para mí no lo era, y desear que le deslumbraran para siempre.

Ella, que nació en una familia acomodada de Galicia, en cuyo vecindario sólo se escucha el mar por las noches, retirado, en lugar de la banda sonora de los reyes del barrio que acompaña sin ritmo alguno los fines de semana, descubría en ese momento otro mundo totalmente distinto al suyo.

Más tarde, cerca del Colectivo Gitano, algunos continuaban celebrando la boda, tocando y cantando flamenco. Recuerdo a una chica con una voz tremenda que se te clavaba en el pecho y te helaba la nuca, sobreponiéndose al mediocre guitarrista y exhibendo el talento que no cuenta, que es el de los pobres, entre columnas de hormigón, papeleras rotas y locales abandonados, casi un oasis en sí misma.

Cuando pasamos por allí, la gallega se agarró a mi brazo derecho y se paró unos segundos, fascinada con aquel portento de mujer, y yo encendí un cigarrillo, y luego los dos nos miramos sabiendo que estábamos separados por una barrera invisible e infranqueable, y lo cierto es que los hechos me confirmaron esto poco tiempo después, sin que aquel recuerdo de la boda pierda su brillo, y sin que se me olvide que en aquel momento supe que lo nuestro no podía ser.

La boda terminó, y no he vuelto a ver a los novios, que eran muy jóvenes, pero sus familias siguen aquí, algunos más muertos que otros, con sus sillas a la puerta de casa en verano y sus niños gitanos a los que les sorprende el payo aquel gordo de las barbas.