miércoles, 1 de enero de 2014

Élite popular.

Hace algún tiempo señalé aquí el aparentemente extraño idilio entre la derecha populista y las clases trabajadoras, a raíz de la lectura del libro ¿Qué pasa con Kansas?.  También señalé en otra entrada cierto elitismo existente en la música popular de hoy, valiéndome para ello nada menos que de la letra de una canción de Andy y Lucas.  Voy a intentar dar un triple salto mortal.

El rock, el jazz, el blues, los cómics, la literatura de género, todos ellos fueron (son) en su origen, parte de la cultura popular.  Y como tal fueron despreciados, salvo por algunos visionarios, como en el caso del blues con Alan Lomax.  Con el tiempo, parte de la cultura popular ha sido absorbida por el sistema.  Limadas algunas de las aristas más transgresoras o que más daño podían hacer al blanquito de clase media, géneros musicales como el jazz se han visto reconocidos académicamente. El cómic, e incluso el cine, por poner dos ejemplos paradigmáticos, eran despreciados por las élites que los veían como un entretenimiento vulgar para las masas.  Hoy están en las universidades.

El sistema en el que vivimos hace estas cosas.  Antes, la cultura popular se restringía a las clases bajas, siendo la alta cultura la única que parecía evolucionar y de hecho la única que ocupaba universidades y sesudos artículos.  No es casualidad, eran por y para las clases dirigentes.  Los trabajadores, las clases bajas, no podían difundir su arte para hacerlo eterno más que de una generación a otra.  Ni tú ni yo podríamos haber entrado a la ópera en el siglo XIX:


En una carta publicada en el diario The Times, de Londres, el día 8 de abril de 1853, un caballero que firmaba con las iniciales C. T. relataba que le había sido impedida la entrada al Royal Italian Opera, Covent Garden, «debido a que, en opinión del portero, el corte de mi frac no se ajustaba a lo que debería ser». Con una indignación que apenas podía disimular, el caballero en cuestión continuaba diciendo:

Llevaba puesto mi terno de etiqueta, camisa en perfecto estado y todo lo necesario para ser admitido en cualquier exclusivo centro de reunión para damas y caballeros... y, de acuerdo con la versión de varios respetables testigos que se encontraban en la puerta (quienes me ofrecieron su colaboración por si deseaba seguir adelante con el caso), no podía ponerse ningún reparo a mi aspecto.

Tras protestar durante veinte minutos más o menos («y plantear toda suerte de reconvenciones en vano»), C. T. accedió a marcharse. Recogió su capa y se dirigió a la taquilla para solicitar que le devolvieran los siete chelines que había pagado por su entrada. Una vez allí, «la misma persona que me la había vendidose negó a devolverme el dinero con la excusa de que dicha suma ya se había contabilizado a favor del teatro». Mientras todo esto ocurría, el caballero en cuestión se había podido percatar de que varias personas más habían estado entrando en el teatro, «señoras con indumentarias lamentables e individuos con levitas y gabanes demasiado grandes, algunos incuestionablemente sucios». «Tengo la absoluta certeza», continuaba diciendo, de que con el frac que llevaba puesto aquella noche se le habría permitido el acceso a «cualquier localidad de cualquier teatro de ópera», desde Londres a Nápoles. «Regresé a mi casa», continuaba C. T., profundamente contrariado, «sin haber podido ver Masaniello».
 

La Ópera.  Una historia social.
Daniel Snowman.  Editado por Siruela.

Únicamente quien pertenecía a una clase respetable podía ir a la ópera.  Hay que señalar que generalmente no se trataba de ser de una de esas presuntamente respetables clases, también había que parecerlo, desprecio clasista al que el quejica de la carta a The Times no era ajeno.

Como señalé en el blog hace tiempo, la cultura de masas está haciendo una especie de camino inverso al de la ópera.  Cosas como la novela negra o la novela fantástica, el blues, el jazz, el flamenco e incluso el rock y el punk, han establecido sus propias élites.  El postureo de la ópera del siglo XIX tiene hoy un extraño reflejo en el postureo de tatuajes y ropa cara para disfrazarse de pobre y reírse de quien realmente es pobre y no puede permitirse parecerlo.  Cosas de un sistema que logra que los relatos oscuros de las realidades terribles de los músicos de blues sean hoy emuladas con canciones llenas de preocupaciones por lo terrible que es que te deje tu pareja varias veces en el mismo disco con letras distintas.

Así surge una especie de desprecio hacia quien no comparte tus gustos.  Generalmente, quien no lo comparte ( hablo de los que estamos en el "altar" de otras músicas, otras lecturas, otras estéticas curiosamente surgidas de la vulgaridad popular ) es alguien de clase baja que no entiende lo que le quieres decir, y reacciona agresivamente a ese desprecio de clase notoriamente agresivo.  De ahí surgen los canis, muchachada.

Esto es lo que la derecha populachera ha comprendido en muchos lugares, como Kansas y España.  Atraer a los trabajadores ( el Partido Popular es el partido de los trabajadores, decía Cospedal ) en el fondo es fácil.  El PP ha calculado bien en ese aspecto, aunque ignoro si son conscientes del elitista desprecio irritante con el que los "alternativos" o la izquierda real trata a los que creen que están por debajo de ellos.

Hoy, cuatro tíos de Liverpool de clase trabajadora haciendo música serían despreciados.  Leño no llenarían conciertos.  La gente se reiría de Burning.  En su lugar, Andy y Lucas, con sus letras empapadas de ñoñeria y, al fin y al cabo, poco críticas con la realidad humilde que les vio nacer, son ignorados y ridiculizados por quienes, por ejemplo, escuchan rock.  

Algo así ocurre no solo con la música.  Los que siguen tendencias de cultura de masas pretenden, aún sin saberlo tal vez, acotar esa tendencia de forma elitista.  Mientras algo como la ópera se ha ido abriendo al vulgo poco a poco, la cultura popular que empapaba las masas ha sido acaparada por el sistema y devuelta en un pálido reflejo de lo que fue a las masas que hoy tienen estudios, incluso superiores.  La diferencia es que quienes iban a la ópera el día en el que al señor C. T. le impidieron la entrada, sabían que eran la élite.  Hoy la élite cree saber que es algo.  La élite populista, tal vez.  Esto en el fondo no es más que soberbia.  Intentar diferenciarte de alguien a quien, conscientemente o no, consideras inferior.  Aquello que te gusta, el rock, el punk, el jazz, el flamenco, los cómics de Alan Moore, es popular, como la jota aragonesa o el cocido madrileño.