domingo, 12 de enero de 2014

Linchadores y linchados.

Siempre habrá gente dispuesta a formar parte de la turbamulta, esa masa no organizada sedienta de sangre y morbo a partes iguales, como la que espera a famosos que van a ser juzgados a la salida o entrada del juicio.    El constante bombardeo mediático sobre los detalles más sórdidos del último crimen escabroso, es un detonante para que se den este tipo de situaciones.

No importa mucho si la información sobre el objetivo del linchamiento está equivocada y es más el daño que se puede causar que el bien que se pretende hacer.  Esto lo sabe bien Spike Lee, quien difundió en Twitter la dirección de un matrimonio septuagenario residente en Florida al coincidir el nombre del hijo de la pareja con el del asesino de un adolescente negro.  El hijo, además,  ya no vivía con sus padres, pero  para cuando el cineasta pidió disculpas, ya era tarde.  El matrimonio había vivido algunos momentos de terror gracias a la irresponsabilidad de otro:

 



En este blog, señalé el linchamiento a manos de sus vecinos de un ciudadano británico de origen iraní en Bristol.  El hombre era inocente, pero ya está muerto.  A los linchadores no les gusta mucho eso de pensar con sensatez.

Cuando alguien me habla de tomarse la justicia por su mano, pienso en Peter Lorre, en Charles Bronson, en las temibles bandas de vigilantes contratadas en el salvaje oeste que creaban más problemas de los que solucionaban, en el Ku Klux Klan, y en Billie Holiday, y en la canción Strange Fruit: