martes, 18 de marzo de 2014

Fantasmas en chándal de acetato.

Hace bastante que no vive en el barrio. De su estancia durante varios años entre el correccional y posteriormente en la cárcel le quedó algún rollo en la cabeza y una pensión del Estado.  Cuando  salió del trullo se dedicaba a fumar porros en la plaza, bajo su ventana.  Se pasaba las horas muertas ahí, y de vez en cuando se le acoplaba algún otro en busca de unas caladas. Se compró un vespino ruinoso con el que dio vueltas por los soportales atronando a los vecinos hasta que se le rompió.  Tiene un año más que yo.  Todo el mundo le conocía como el Comepalos.

Dejó el colegio muy pronto, y a nadie pareció importarle lo más mínimo.  Vivía en la calle casi todo el día, gracias a la indiferencia de sus padres.  Cuando ya era tarde para parar su carrera, intentaron encerrarlo en casa, bajo llave, y como vivía en un primero se tiró por la ventana para escapar y se rompió un pie.

El primer recuerdo que tengo de él es su trastornado rostro mientras esnifaba pegamento en una bolsa con otros chicos del barrio, a mediados de los 80.  Poco después comenzaron las visitas de la policía en su busca en mi bloque, y recuerdo que un día su madre le pegó una bronca terrible en la calle, hasta que un amigo suyo salió a defenderle.

- Señora, que él no ha cholao, que el que ha cholao he sido yo.

Pero no explicó cómo era posible que el marrón se lo hubiera comido el otro, que se limitaba a fumar docenas de cigarrillos, impasible.  Luego llegó el correccional. 

Un día, mientras veía la tele con mi familia, emitieron un reportaje sobre un correccional de Madrid.

- Mira que si sale el Comepalos ahora - dijo mi padre.

Unos minutos después pudimos ver al Comepalos sentado en el suelo fumando un cigarrillo, ajeno a las cámaras de Televisión Española, que en aquellos entonces lo de la protección del menor era una cosa que no se estilaba demasiado, y mucho menos con la chusma que tiene lo que se merece.

El Comepalos y su pandilla formaban parte de aquellos delincuentes que hasta bien entrados los 80 surgieron en muchos de los barrios marginales de toda España.  No era tan famoso como el Jaro o el Vaquilla, y sus hazañas quizá no daban para ser glorificadas en un "Perros callejeros".  El cine quinqui, que no era tal hasta que llegaron pijos posmodernos a reivindicarlo, ofrecía una imagen distorsionada y mitificadora, como en los films de Jose Antonio de la Loma, o bien relatos tremendistas como los de Eloy de la Iglesia, de la realidad de los delincuentes juveniles de la época y de la heroína.  Resulta curioso.  Estos modernos seguramente habrían salido corriendo con el rabo entre las piernas si en aquella época se hubieran encontrado con un Vaquilla o incluso con un Comepalos.

Los pálidos recuerdos de aquella triste generación perdida a la que nadie pedirá jamás perdón, pululan por las zonas del barrio donde se vende droga y visten imposibles chándals de mercadillo, o están muertos, o bien esperando a salir de la cárcel con más de 40 años, arrojados a un mundo que les es absolutamente ajeno, salvo cuando vuelven al barrio a comprobar que buena parte de la podredumbre de entonces continúa intacta.  

El Comepalos se hizo famoso en los juzgados cuando yo era muy joven.  Un policía nacional nos dijo que en comisaría todos le conocían como el Comemierdas.  Y vaya si comió mierda.  Toda.  Desde niño.

Siempre fue amable conmigo.  No era mal tío.