martes, 1 de abril de 2014

Bares.

Cuando era niño había muchos bares en el barrio. Y todos se llenaban. Detrás de mi bloque, había una tasca que todos los fines de semana estaba a rebosar. Marisquería Nautilus, se llamaba pomposamente un lugar donde la especialidad eran las gambas al ajillo. Nunca vi otro marisco ahí.

 Mis hermanos mayores me mandaban a comprar tabaco allí. Entraba y pisoteaba crujientes peladuras de cientos de gambas devoradas entre botellín y botellín, hasta llegar a la máquina de tabaco, introducir el dinero, pulsar el botón y recibir un "su tabaco, gracias" como venido del más allá. Con los años, aquella grabación se hizo ininteligible, apenas un murmullo, como una de esas absurdas y delirantes psicofonías de Íker Jiménez.

El local tenía una barra de metal enorme en forma de L, y al otro lado del bar, había un cubículo imposible que llamábamos "bodega", al que los clientes accedían por otra puerta. Allí mi madre me mandaba a comprar vinagre, y llevaba una botella de litro que llenaban con un embudo y era un vinagre terriblemente fuerte que en la ensalada te hacía llorar.

El bar ya no existe. Hoy el lugar lo ocupa una vivienda, en forma de L. Dos familias rumanas compraron el local después de que llevara cerrado a cal y canto bastantes años, y lo acondicionaron. No les ha quedado mal. Las niñas de la familia pasan el día sentadas junto a la puerta, leyendo o jugando.

Quedan pocos bares, signo de que el barrio está muriendo, si no está muerto ya. El que puede huir, huye, y si puede evitarlo no vuelve. Irá, probablemente, a un lugar "normal", de esos lugares normales que tienen servicios públicos normales. 


Al volver a casa desde el curro, algunos días, dos gitanos, padre e hijo, pelan cebollas en la calle. Cambiaron de negocio cuando el chatarrero del polígono decidió pagar una miseria por lo que le llevaban. Cuatro niños gitanos que juegan siempre en el mismo sitio, en el paseo central, a veces me preguntan por mi barba, y me llaman "señor". Cerca, en uno de los bares supervivientes se juntan los escasos jugadores de cartas y borrachines que he visto envejecer durante todos estos años. En este bar las litronas de cerveza son de los supermercados Día, veo las cajas vacías de cartón y plástico amontonadas junto a una columna de los soportales. Entre esos borrachines y jugadores de cartas, también se encuentra el último dueño que tuvo la Marisquería Nautilus, que a mí siempre me recordó a Paco de Lucía físicamente.

Cuando la heroína reinaba en estos bloques de hormigón, quizá era más peligroso vivir aquí, pero también es cierto que no se podía decir que esto estuviera muerto. Lo recuerdo como un lugar muy vivo. Hoy veo un cementerio de pobreza diferente, pues pobres siempre fuimos, como las familias rumanas de la "marisquería", y los chavales se arrinconan en los soportales para fumar porros y compran la cerveza en los chinos del barrio de al lado. Es normal, no tienen donde ir, y la calle aún es suya. Nuestra.