jueves, 10 de abril de 2014

Las cenizas.

En el mismo polígono industrial donde trabajo, lo que ahora es un prostíbulo llamado Private antes era la discoteca Radical, templo del bacalao, o chunda-chunda, que era como lo conocíamos nosotros.

Los viernes por la tarde, frente a la discoteca, en el parque que ejerce de frontera entre mi barrio y el mundo normal, a veces nos sentábamos algunos amigos, y contemplábamos un curioso espectáculo mientras fumábamos porros o tabaco los viernes de verano, cuando la tarde empezaba a morir.

Había controles policiales antes de llegar a la discoteca. Una montón de coches eran retenidos aleatoriamente, o eso nos parecía, en busca de todo tipo de drogas, en aquel entonces y en aquel lugar, pastillas por lo general. A veces veíamos como les incautaban material y se llevaban detenidos a unos cuantos, entre risas flojas de jachís, y al caer la noche el espectáculo decaía, nosotros también, y volvíamos a casa.

Fue una época extraña. A decir verdad no acabo de entender cómo yo mismo no caí en todo aquello, o en algo mucho peor, y hoy veo las cenizas de aquellas personas deambulando por el barrio como perros perdidos, volviendo en ocasiones a intentar encender la llama de la emprendeduría de la venta de drogas. Pero los hábitos han cambiado, y sólo los que toda su vida se dedicaron a eso siguen haciéndolo con mayor o menor éxito.  La moda de la música chunda-chunda llegó como una apisonadora al barrio, Los Chichos eran recuerdos del pasado que sólo volvía en las borracheras extremas, los noventa estaban aquí y algunos pensaban que aquello duraría toda la vida.

Muchas personas de mi generación se unieron para vender mandanga. Los jueves, los aparcamientos se llenaban de coches que venían a por lo que fuera para pasar el fin de semana sin enterarse de una mierda. Gente que jamás se habría pasado por mi barrio bajo ningún concepto, lo hacía para comprar drogas. No como de costumbre, no. Aquello era un despropósito de filas de coches en el aparcamiento, y el material se suministraba allí mismo, sin que tuvieran que bajarse de los vehículos. Los tíos que empezaron a mover eso acabaron vistiendo ropa cara, conduciendo coches caros, motos caras, comprando perros de presa, polos Ralph Lauren, pelucos como para partirte la muñeca en dos, cadenas de oro de macarra, peinados cenicero y abrigos de plumas Pedro Gómez, caros a pesar de tan vulgar nombre del que jamás había oído hablar antes. Las chicas participaban en el tinglado con un papel secundario, vi mucha misoginia por aquellos entonces, y recuerdo todo eso como una especie de pesadilla, un negocio que subió y subió hasta estallar en silencio.

Cuando el ayuntamiento decidió cerrar Radical debido a que, al parecer, funcionaba con una licencia de club deportivo o algo así, el declive de todo aquel mundillo era más que evidente, tan evidente como los inicios de la burbuja inmobiliaria, que por aquel entonces asomaba el hocico sin que al parecer nadie reparara en que podía llegar a suponer un problema. El dueño de Radical no se lo tomó muy bien, y se organizó una delirante manifestación con el propósito de que el ayuntamiento dejara que la discoteca siguiera adelante. Llenaron de panfletos las calles del barrio y alrededores, y un triste cortejo fúnebre, al grito de "Concejal, abre Radical" recorrió Alcalá de Henares, y aquello es uno de los momentos más sonrojantes que recuerdo en la historia de la ciudad.

En apenas 10 años, en el barrio, los yonquis habían ido muriendo, zombificándose o acabando entre rejas para dar paso a la edad dorada del chunda-chunda. Radical cerró, y muchos de los que pasaban pastillas y demás, invirtieron en el mercado de la construcción o acabaron trabajando en ella, y fue entonces cuando lograron salir de aquí. Recuerdo que uno de ellos llegó al barrio con una flamante excavadora con la que pretendía forrarse en esa orgía de hormigón y terrenos recalificados. Fue un espectáculo, los colegas rodearon la máquina como si acabara de llegar el circo, y se turnaban para ir subiendo en ella, y estaba muy limpia y muy brillante, anunciando sin saberlo la demolición de España entera.

Cuando la burbuja del ladrillo estalló y nos salpicó de sangre a todos, muchos de estos antiguos camellos volvieron al barrio, divorciados de sus parejas de siempre, machacados, más viejos, más apaleados, con más órdenes de alejamiento y algún hijo en algún lugar.

Es triste, pero las etapas de mayor "esplendor" en el barrio se vivieron con el auge de las drogas de diseño y posteriormente con la burbuja inmobiliaria. Radical no volvió a abrir sus puertas aquí más que en forma de prostíbulo, y cuando salgo del bar del polígono a la hora de la comida las primeras chicas llegan a Private a comenzar su jornada y yo vuelvo a mi puesto y nada parece haber cambiado en muchos años salvo aquel paréntesis absurdo y un prostíbulo más.

Al volver de Madrid un sábado, hace algún tiempo, vi a dos tios de alrededor de cincuenta años, visiblemente borrachos, cada uno con una lata de medio litro de cerveza en la mano. Se tambaleaban agarrados donde podían, pues el autobús iba hasta las trancas. Uno de ellos llevaba una bomber Alpha, tras la que se veía una barriga como de balón hinchable, y por fuera de la camiseta ajustadísima caían algunas cadenas de colorao, y los dos olían a alcohol y a sudor, y al parecer venían de currar. El barrigón señaló Private con una mano hinchada y encallecida que infundía terror y empezó a contar historias de Radical, como el que cuenta una historia de la mili, insoportable, y me pareció notar algo de nostalgia en sus palabras - en las que logré entender al menos - y bastante de quedamiento debido a las drogas, las que tomó allí y las que seguramente seguía tomando. El otro le miraba sin verle, y no parecía estar muy atento. Llegaron a la parada del Lianchi, cogieron sus mochilas y se bajaron delante de mí. Los tres nos metimos en el barrio, ellos por su lado y yo por el mío, los tres igualmente desubicados, ajenos a la normalidad que se ve en los medios, olvidados residuos de otros tiempos.