lunes, 21 de abril de 2014

Parques y jardines.

En los descampados del barrio crecen hierbajos de todo tipo sin control. Ahora están verdes, bastante crecidos. Esta tarde al volver del trabajo me llegaban bastante por encima de los tobillos. Antes ahí había árboles, bancos de hormigón, y arena donde jugábamos. Ya no tengo edad para jugar con la arena, pero sí para pisar una mierda de perro al adentrarme en la frondosidad del descampado.

En los aparcamientos que hay entre bloques, había otro descampado cuando era niño. Se suponía que aquello iba a servir para que construyeran cosas: ambulatorio, biblioteca, pero ya por aquellos entonces todo el mundo era consciente de que no nos lo merecíamos. Los primeros agraciados fueron los Testigos de Jehová, que construyeron un Salón del Reino en uno de ellos. Tiempo después, la Iglesia Católica también fue obsequiada con un solar. Junto al templo católico, el edificio de Cáritas, donde acude la gente a pasar menos hambre.  En el resto, hoy sólo hay aparcamientos, que fueron la ampliación de los ya existentes, llevada a cabo mediante el Plan E de Zapatero. 

Aquella nada, años atrás, tenía unos muros que los chavales del barrio fuimos abriendo poco a poco, a pedradas, hasta que el ayuntamiento decidió demolerlos del todo y dejarnos pastar allí libremente. Desde la ventana de la cocina se veía una fea calva de tierra endurecida, adornada aquí con unas latas de refrescos vacías, allá con una mierda de perro y aún con alguna mierda humana, acá con una jeringuilla sucia. Fue allí donde el pastor alemán de un vecino me mordió la nalga derecha, y mi madre tuvo que coser un parche en semejante zona para que no fuera enseñando el culo. Jugábamos poco en ese lugar, hasta que alguna mente preclara del ayuntamiento decidió poner allí una zona de juegos.

Y entonces, vaya si jugamos. Y no eran unos columpios cualquiera, no. Eran muy modernos, de maderos rústicos: uno que parecía un tienda india, otro un pasadizo como sacado de un campo de concentración, otro unos maderos cruzados aquí y allá sin orden ni concierto, seis estructuras que jamás vi en ningún otro lugar de la ciudad y que posiblemente no existían en ningún otro lugar del planeta y que seguramente fueron muy baratas. Tanto, que con unos meneos los tablones y maderos clavados entre sí con gruesos clavos machacados en los extremos, se podían desmontar sin mucho esfuerzo.

Al cabo de una semana más o menos, los chavales del barrio se pusieron a ello, y para cuando llegó la policía prácticamente todos los maderos y tablones ardían en el centro de mi plaza entre gritos y gasolina de mechero, y quizá fue ahí donde más se vio en el barrio los derroteros que podían tomar la imaginación de unos críos que sólo veían en aquellas estructuras una cosa estúpida e inútil, y anduvieron allí purificándonos a todos con un humo terrible, mientras los policías con los brazos en jarras miraban impasibles los restos de las estructuras en los descampados, incapaces de detener a una veintena de menores de edad visiblemente excitados y, desde luego, unidos.

Así, el único parque que quedó cerca fue el que ejerce de Frontera Azul, que separa el casco histórico bien cuidado del hostil Territorio Comanche, donde languidecemos borrachos de recuerdos unos cuantos, mientras los descampados que no fueron transformados en aparcamientos o iglesias son devorados por las malas hierbas.

Cuando llegue el verano, los hierbajos me llegarán por la cintura, y estarán secos. Antes de que todo acabe ardiendo por accidente, vendrán a cortarlo, y la máquina tropezará con botellas, piedras, latas, cajas, y todo aquello que no se ha limpiado durante un año entero. Podría ser que alguien le pegara fuego antes de la poda, como a las absurdas estructuras de madera. Y alguien dirá que no se puede tratar con salvajes, y aún hay suerte de que no vienen del otro lado de la frontera a escupir.