viernes, 25 de abril de 2014

Empresarios, pollos y tricloroetileno.

Tenía unos 20 años. Llevaba el pelo algo por encima de los hombros de largo. Tenía la piel morena y un cuerpo delgaducho y nervudo. Hablaba más bien poco. Empezó a trabajar en cualquier empresa cualquier día, de las docenas de empresas de las docenas de días indistinguibles entre sí que le habían acostumbrado a vivir dando tumbos.

El primer día, su jefe le gritó histéricamente. Todos los demás también. Cuando llevaba aproximadamente un mes allí, el jefe, dueño y señor de aquellos dominios, le dijo que cogiera unas piezas de cobre que estaban desengrasándose en una cuba llena de tricloroetileno hirviendo. Era aquella cuba un baño cancerígeno cuyo vapor provocaba mareos y desmayos. Cuando se cometía el error de meter un brazo desnudo en aquel monstruo de acero inoxidable, se sacaba achicharrado, blanquecino, como si se fuera cambiando una piel de serpiente. Para evitar esta situación, se requerían unos guantes de color rojo que llegaban hasta el codo, muy gruesos. Los compañeros de, pongamos que se llamaba Julio, le dijeron que pidiera esos guantes y una mascarilla al jefe.

- Nos ha jodido, para ser tan fino hay que haber estudiao - fue su respuesta.

Y Julio se achicharró los brazos y respiró vapor cancerígeno. No era algo como para morir de inmediato, pero según dijo luego, era una puta mierda de veneno.

Con apenas 20 años, había tenido una infinidad absurda de trabajos diferentes: gasolinero, cajero de supermercado, pollero, repartidor de pizzas a domicilio, adolescente helado en una empresa de productos ultracongelados. En esta última, cuando supo que no le iban a renovar, arrojó un petardo de esos que en mi barrio hacen volar por los aires los buzones en Navidad, en una de las cámaras frigoríficas.

- Madre mía, tenías que haberlo visto. El jefe pensaba que habían puesto una bomba de verdad.

Conducía un destartalado Volkswagen Polo de segunda mano de forma temeraria. Un viaje  en aquel coche era suficiente como para no volver a subir con él si conducía. Tenía una novia algo mayor que él en alguna parte, y quería ahorrar lo suficiente para comprarse un coche nuevo, nuevo de verdad, salido de una fábrica en la que en algún lugar del montaje alguien desengrasó sus piezas con tricloroetileno.  También quería pegarse un viaje con su pareja, un viaje largo. Y casarse - eso que tantos escalofríos me provoca - y comprar un piso. Quería vivir como se supone que se tiene que vivir, lo cual es mucho suponer, lo de  que se tiene que vivir de una determinada manera, se entiende. No ha debido conseguir ninguna de esas cosas, pues la última vez que me lo encontré conducía el Volkswagen de siempre aún más destartalado que antes. El jefe que le exigía estudios superiores para no desmayarse ni achicharrarse las manos, no renovó su contrato. Julio se fue por donde vino.

- Ya me saldrá algo - me dijo.

Había un empresario en un polígono industrial cuyo negocio era el descuartizamiento de pollos y conejos. Todas las mañanas un camión enorme que venía de Cuenca descargaba cajas con pollos y conejos enteros que eran descuartizados allí, chas-chas-chas, venga, otro camión. Al caminar por allí cerca, podías resbalar y matarte al pisar alguna parte no deseada de la anatomía de un pollo. Los descuartizadores de pollos salían a fumar después de comer - supongo que no comerían mucho pollo - y unas navidades pusieron un petardo en un contenedor de basura, como aquel petardo de Julio, y la tapa saltó por los aires y el contenedor acabó incendiándose y hubo que llamar a los bomberos. Imagino que, en el fondo de su ser, los polleros intuían una eternidad de contratos temporales y sueldos por debajo de los mil euros.

Cuando estalló la crisis que ha provocado la ruina de España, esa misma crisis que ha provocado también que la imbecilidad empresarial, esa imbecilidad de cultura de periódico de derechas y comidas caras, sea obsequiada con halagos serviles por parte del Gobierno, esa imbecilidad que provoca que personas que jamás han pasado necesidad alguna por herencia decidan que los Julios de este país cobren por debajo del salario mínimo como si a los Julios les hicieran descuento en el supermercado o en la gasolinera, el jefe de los polleros, el Gran Pollero, me dijo:

- Está la cosa fatal, ¿eh? Menos mal que estamos los emprendedores para sacar esto adelante.

- Sí. Menos mal.

El Gran Pollero, héroe nacional.