miércoles, 30 de abril de 2014

Quejigos.

Conocí a un constructor que tenía un empleado polaco llamado Bobby. Una vez, Bobby no recibió el sueldo que el constructor le había prometido, y esperó al jefe bajo un quejigo al día siguiente. Bobby había pasado la noche de juerga en uno de los pueblos de alrededor del lugar donde estaban construyendo un chalé de tres plantas, en Guadalajara. El jefe le vio venir con una botella de vodka en la mano y no se atrevió a salir de la furgoneta. Arrancó y huyó al pueblo más cercano en busca de la Guardia Civil. Cuando llegaron, el polaco ya no estaba allí. Pero el quejigo sí.

Allí se estaban construyendo una veintena de chalés, cada uno de ellos diferente. Un cartel anunciaba la construcción de muchos más a la entrada del camino sin asfaltar, rodeado de quejigos, y años después me enteré de que aquello era terreno protegido y los chalés eran ilegales.

Al día siguiente me enteré de que Bobby no se llamaba Bobby.

- A todos estos polacos los llamo así, que no me acuerdo de sus nombres. Son unos hijos de puta.

El jefe, un tipo bajito de nariz chata, con el pelo peinado con mucha laca y tal vez enguarrado con Grecian2000, contrató a otro Bobby.

Todos los chicos polacos que conocí durante aquel mes, tenían alrededor de treinta años. Fuertes, enrojecidos como el interior de una sandía de andar doblando el lomo al sol con aquellas pieles blancas. Habían huído de la prosperidad postcomunista que al parecer no les daba para comer a diario en Polonia.

El jefe chato casi se caga encima cuando Bobby intentó renegociar su sueldo de aquella forma tan poco ortodoxa. El jefe chato fumaba puritos de esos que anunciaban durante las retransmisiones del fútbol. Decía que no podía fiarse de los Bobbys, pero seguía trayendo chicos que trabajaban como auténticas bestias. El jefe chato olía a peste de puro barato y vino.

- Bobby, sube cemento.

- Bobby, sube baldosas.

Bobby subía cemento y las cajas de baldosas de más de 30 kilos de dos en dos hasta la tercera planta mientras el Chato fumaba sus puritos sentado en una caja de herramientas.

- Vamos, Bobby, vamos, que no te enteras.

Los Bobbys no sabían mucho castellano. Miraban al jefe con cara de susto, el rostro rojo y chorreando sudor, los labios resecos y la boca abierta. Cuando les veía en el jardín amasando, veía en sus caras desesperación, cansancio y miedo. Tras ellos, los quejigos. Sobre ellos, los gritos del jefe desde la tercera planta.

En la primera planta, mientras pintaba las paredes, podía ver a escasos metros del chalé los quejigos agarrados a aquellos suelos imposibles de agarrar. De niño, pasaba algunos fines de semana en la parcela de mis tíos, en Yebes, cuando aún nadie podía imaginar que allí construirían nada menos que una estación del AVE y un montón de chalés en los que nadie quiere vivir. Allí jugaba entre quejigos y algunas encinas. En el chalé, mirar por la ventana aquellos árboles me sumía en la nostalgia y servía de placebo para aliviar el sudor que me adhería la camiseta al cuerpo y caía a chorros por mi espalda hasta desembocar en la raja del culo. Cuando trabajas en la construcción, llegas destrozado al viernes. En verano es una tortura de sudores y quemaduras y la lengua cocida de tanto fumar bajo el sol, si es que fumas. 

Los polacos han visto cómo los rumanos han tomado el relevo como pueblo espantado del capitalismo de su país que ha venido a espantarse ante el nuestro, a esta España imposible que estamos viviendo.

En la estación del AVE de Yebes no sube ni baja casi nadie. Allí hay quejigos y encinas, como en los alrededores de aquel chalé ilegal. Las cosas que parecen perpetuarse en España son el delicado equilibrio que mantienen los trabajadores entre salir adelante y despeñarse por un abismo de incertidumbres y miserias y los miserables que tratan a los trabajadores como a perros.

Y los quejigos, claro. Todo esto está siempre ahí.