miércoles, 7 de mayo de 2014

Ocho horas de amor.


Hacer un viaje de 8 horas en un autobús puede resultar incómodo. Llega un momento en el que sientes que el cuerpo se te está quedando cuadrado, que cada movimiento provoca un crujido, que te chirrían todas las bisagras, que quieres fumar, que quieres beber, que quieres andar, que quieres salir al exterior a respirar, que necesitas vivir o acabar de una vez por todas con esa agonía.

Y si haces ese viaje durante casi dos años varias veces al mes, te acostumbras, a pesar de todo.

Hace unos diez años, tuve una relación con una chica de A Coruña. Ella venía poco a Madrid, así que generalmente era yo quien el viernes a las doce y media de la noche cogía el autobús para estar allí a las ocho y media de la mañana. Al bajar del vehículo caminaba un poco por la estación de autobuses tambaleándome como un extra en una película de George A. Romero, y esperaba ver el rostro de mi pareja desde la dársena mientras buscaba un cigarrillo en el bolso. Pasaba dieciséis horas, ocho de ida y ocho de vuelta, en un autobús durante el mismo fin de semana.

El autobús es un universo en sí mismo. Conoces un poquito a quienes comparten viaje contigo, aunque no hables con ellos. No te puedes despatarrar (para despatarrarte tenías que pillar un billete para un Clase Supra, pues hasta en el autobús hay clases, en el que hasta te dan un asqueroso bocadillo que te comes porque después de varias horas allí serías capaz de comerte a tu padre) , pues compartes un reducido espacio con otra persona y es mejor no tener peleas en un lugar así.

En esa línea, se hace una parada en La Bañeza, en León, durante unos quince o veinte minutos:

- Fzzzzzzzzzzzzz estamos enlabañeza prrrrrrrr quince minutos - dice el conductor a través del micrófono.

Pero esto sólo lo logras entender cuando ya lo has escuchado antes, como las psicofonías de Íker Jiménez.

Hay cosas a las que jamás me acostumbré en aquellos viajes. El amor es una cosa muy dura. Aquellas ocho horas se dormía, pero a ratos. Cuando despertaba y lograba encontrarme, miraba el reloj del móvil y veía que aún me quedaban varias horas para reunirme con ella. Me la traía al pairo estar embutido en un cubil infame oliendo los pies de personas que se descalzaban para dormir mejor, y me era igualmente indiferente tener el asiento frente al retrete y oler aquellos aromas insalubres cada vez que alguien entraba o salía de él y te deslumbraba con la luz y te despertaba con la puerta. Esto se llevaba más o menos bien.

Pero estaban los esfínteres.

Controlar esos dichosos músculos durante ocho horas. Ahí es donde se demuestra sobradamente el amor verdadero, con aquel titánico esfuerzo, porque cuando antes de entrar en el autobús has bebido algún refresco con gas por pura idiocia, aguantar ocho horas que no se te descuelgue alguna visita inesperada es amor verdadero.

Una noche compartí viaje con una mujer dominicana. Ella estaba en el asiento que da al pasillo, y al otro lado, viajaba una amiga suya con la que pasó casi toda la noche de cháchara. Eran dos mujeres agradables que se contaban cosas en lo que ellas pensaban eran susurros pero de las que todo el autobús se estaba enterando. Pero no importó, me quedé frito en cuando perdimos de vista Madrid.

Soñé que llegaba a Coruña. Al principio, el sueño consistía en el recibimiento efusivo que me hacía mi pareja, ambos felices como estúpidos en una postal navideña, pero el sueño, que era recurrente, fue dejando paso a algo que hasta aquel día no me había ocurrido nunca. Soñé que bajaba corriendo del autobús y corría por la estación hasta llegar al cuarto de baño y dar rienda suelta a mis esfínteres. Aquel sueño casi húmedo iba y venía en mi cerebro mientra el cráneo golpeaba el cristal al ritmo que marcaba el conductor, y pude notar mis tripas crujiendo, enfadadas conmigo por haber bebido un refresco antes de subir, y casi podía oler y mascar el aire del cuarto de baño de la estación de autobuses de A Coruña, un olor como a desinfectante y orines, y en aquel cuartucho de ambiente espeso y en aquel estrecho asiento del autobús, ambos lugares parecieron fusionarse, un choque entre dos universos paralelos, una galaxia engullendo a otra, y mi espíritu atravesó el espejo: allí estaba el País de las Maravillas, y justo cuando tenía una pierna en el autobús y otra en el retrete, me tiré un pedo.

Y no fue uno cualquiera. Aquello podría haber despertado a los muertos y haber matado a los vivos, pero allí no había muertos a los que levantar, y sí dos mujeres dominicanas que emitieron un grito seguido de algunas risas, y desperté, y acostumbré la vista a la penumbra y pude ver sus rostros con muecas que no sabían si reír o vomitar, y aunque tuve suerte de que no fue uno de esos pedos que dejan frenazo – eso se sabe, se intuye, se escucha y se masca incluso si no eres tú a quien se le ha caído – lo cierto es que había sonado como una detonación que bien podría interpretarse como un choque de nalgas provocado por una brutal erupción de gas.

Al llegar a La Bañeza, salí a toda prisa del autobús y entré en el baño. Permanecí después en los alrededores de la estación, sin querer que nadie me viera, mientras fumaba, sin atreverme a ir a la cafetería a tomar un café, y cuando volví a subir al autobús, las dos mujeres dominicanas estaban sentadas en la parte de atrás que tenía algunos asientos libres y clavaron sus ojos en mí. No pude volver a dormir hasta llegar a Coruña, y cuando allí vi a mi pareja, me tiré a sus brazos, e hice el esfuerzo de no decir:

- Ha ocurrido algo terrible.

Amar nunca fue fácil.