sábado, 17 de mayo de 2014

Testigos y jueces.

En EGB, tuve un compañero que tenía pluma. Eso le convertía en objeto de todo tipo de crueldades, incluso entre los profesores. Para más tortura, mi compañero tenía la desgracia de haber nacido en una familia que pasó a engrosar las filas de los Testigos de Jehová.

Siempre me resultó curioso el éxito que tuvo esta secta en el barrio. Antes que farmacia, antes que ambulatorio, antes que biblioteca, e incluso antes que una Iglesia católica, en el barrio tuvimos un Salón del Reino de los Testigos de Jehová. 

El Salón parece un búnker. Cuando se construyó, la heroína todavía era una epidemia terrible que desparramaba toda su podredumbre en los oscuros soportales del barrio. Por eso pusieron rejas por todas partes en aquel edificio, que está entre dos bloques y sobre el que podías andar desprendiéndote por alguna de las ventanas del primer piso de alguno de ellos.

Mi compañero decía que su pluma era una enfermedad hormonal, sea lo que sea eso. Sus padres le habían llevado a todo tipo de curanderos y charlatanes, sin obtener el resultado que esperaban. Los domingos, le veía predicando con una chica de su secta, ambos muy bien vestidos, - o lo que suponían que es ir bien vestido - él con su americana y su corbata, endomingado, con el pelo cortado a cepillo, llamando a las puertas de los pisos del barrio para que se las cerraran en las narices entre aspavientos.

Una vecina de mi portal, que pertenecía a la secta, me decía:

- ¿Vas a clase con F.? Yo creo que es un poco mariquita, aunque sus padres le llevan al médico a ver si pueden con él.

"...pueden con él". Eso se me quedó grabado a fuego. Me imaginaba una lucha infructuosa de los padres de F. por erradicar cualquier reflejo de la palabra maldita en la personalidad de su hijo: homosexualidad.

Un barrio pobre como el mío es carne de cañón para sectas. De niño, vi cómo muchas familias acabaron abrazando la secta intuída por Charles Taze Russell y fabricada por Joseph Franklin Rutherford. El fundamentalismo cristiano llegó aquí mucho antes de que llegaran las sectas evangélicas desquiciadas que hoy están por todas partes. Curiosamente, estas últimas siguen cazando a sus adeptos entre los más pobres.

Un Salón del Reino de los Testigos de Jehová hace que los miembros de la secta se sientan unidos. El aislamiento progresivo al que son sometidos, probablemente agudiza esta sensación: en todas partes hay un comprensible rechazo a su religión, esto les refuerza y les une. Supongo que la endogamia es algo que buscan. Les proporciona una falsa sensación de seguridad, y lo que es peor, una falsa creencia de que tienen razón y los demás estamos equivocados. Vivir en una burbuja alejada de la realidad, es dañino. Tanto como dejar morir a tu hijo por no dejarle recibir una transfusión de sangre.

Y todo esto, evidentemente, dejaba en una situación complicada a mi compañero F. En un mundo aislado, ajeno a la realidad, dominado por los prejuicios, sin una rendija de aire fresco, F. estaba aislado por partida doble: dentro del mundo real y dentro de su secta. Y esto es muy inquietante. El rechazo que provocaba en algunos su mera presencia en el colegio debía ser una tortura para él. Muchas veces las burlas terminaban en peleas en las que se defendía violentamente y solía acababar llorando y con las gafas rotas. Allá donde fuera, era rechazado.

Ignoro qué fue de él. Quiero pensar que finalmente decidió tomar las riendas de su vida y hacer lo que le saliera de las narices. En realidad no sé si era homosexual, pero da igual, todo el mundo había emitido un juicio sin que nadie se lo pidiera y sin que existiera nada que juzgar, y casi todo el mundo había decidido que era culpable de algo. Lo único que sé es que no me gustaría haber estado en su pellejo.