miércoles, 28 de mayo de 2014

El culo de los pobres.

Cuando era niño había un tresillo de scay en casa, de color granate. Hacía juego con dos sillones del mismo material, uno a cada oreja del tresillo, que en verano se te pegaban en la espalda y pretendían despellejarte y cocerte y retenerte en sus regazos.

Si levantabas los cojines de los asientos, podías encontrar tal vez un par de duros, o si el día era bueno, una moneda de diez duros o veinte. Bajo los cojines, también había una raja, más o menos en el centro del tresillo. Siempre pensé que aquella raja estaba ahí debido al paso del tiempo. Mi madre y mi padre lo llevaron a un tapicero para que arreglaran la raja y le cambiaran las correas que hacían de refuerzo interior.

Muchas veces metí la mano en la ranura en busca de monedas perdidas. Lo que no sabía entonces es que allí dentro, en aquella cueva bajo el scay, hubo un tiempo en el que hubo algo más que monedas. Aquella raja no la había causado el uso. Esa raja la hizo mi padre con un cuchillo.

En casa había una caja de caudales que mi viejo conservó durante décadas. Tal vez la conservó por cariño, no lo sé.

Hay algo peor que ser pobres, y es ser pobres, comunistas y del Aleti. Eso, en tiempos de clandestinidad, obligaba a esconder tus pensamientos y vivir entre susurros. Yo he conservado esta tradición familiar parcialmente, pues no me gusta el fútbol.

La raja en el tresillo era el escondite de la caja de caudales. Esa caja estaba ahí para ayudar a los camaradas de mi padre en caso de que lo necesitaran. Me enteré hace muy poco de esto, por boca de uno de mis hermanos mayores.

Había en casa muchas estrecheces, y aquel dinero, evidentemente, no podía tocarse, y mi familia se sentaba allí a ver la televisión. Los culos de mi familia nunca había conocido tanto esplendor económico, y todo sin salir de pobres. 

Mi culo vivió otros esplendores. Cuando tenía unos seis años, entró en casa una silla de enea para niños, pequeñita. Era de color rojo, un rojo que hoy sería estridente y de mal gusto. La silla era mía. Sólo mía.

En aquella época había poco dinero en casa. Quiero decir, éramos más pobres de lo habitual, pues a los pobres sólo les empeoran las cosas. No recuerdo bien si en aquella época mi padre andaba de juicios con la empresa con la que tuvo una batalla por sus derechos que acabó ganando. Pero mientras tanto, había que mantener a cuatro hijos.

Un sábado fui con mi madre a hacer la compra a las galerías de alimentación del casco viejo. Al volver, paseando por la Calle Mayor, vi la silla de enea en el interior de una tienda donde vendían cosas de mimbre, a la derecha de la entrada. Me pareció la mejor silla del mundo: pequeñita, roja, con un cartel de cartulina donde se leía el precio.

Mi madre se puso a mirar el escaparate, con aquel rostro de incertidumbre de malos tiempos, la chaqueta de punto sobre los hombros, el carrito de la compra en la mano derecha. Supuse que simplemente estaba cansada y que la razón por la que nos habíamos parado allí era esa. Yo no podía quitar la mirada de la silla de enea, pero recuerdo que incluso entonces era consciente de la situación económica de mi familia, y la silla era mi particular utopía.

- ¿Te gusta la silla, hijo? - preguntó de repente.

Asentí. Yo era un crío muy callado. No sé de donde saco esta verborrea que tengo hoy, con lo lacónico que fui siempre. Seguí asintiendo un rato. Mi madre miró la cartulina con el precio y abrió el monedero. Miró dentro y volvió a mirar la cartulina. Suspiró. Cerró el monedero. En la tienda había cola ante el mostrador. Desde allí, la dependienta no podía ver la entrada.

Mi madre me miró. Miró a la tienda. Abrió el monedero y sacó algún dinero - no recuerdo si era un billete de cien pesetas o eran monedas sueltas - y se acercó a la entrada de la tienda. Puso el dinero en una silla de enea grande que acompañaba a la pequeña alargando la mano desde la fuera. Cuando sacó el brazo, también sacó la silla de enea roja, la que yo no paraba de mirar.

La puso sobre el carrito de la compra y volvimos a casa apresuradamente. No entendí que mi madre mirara de vez en cuando hacia atrás desde la Calle Mayor hasta el barrio. En su rostro creo recordar angustia y cierta satisfacción extraña.

Entramos en casa y mi madre puso la silla en la cocina. Me dijo que me sentara, me senté, sonrió y se fue a hacer la comida. La miré mientras lo hacía. Toqué el esmalte rojo de la silla compulsivamente y no me moví de allí hasta que ella terminó. Los dos estábamos contentos.

Tiempo después, mi abuela hizo una funda de ganchillo para el asiento de mi silla. En esa silla leí mucho, hasta que me convertí en un gandul demasiado grande para que soportara mi peso. Aún así, la silla estuvo en casa hasta que cumplí los diecinueve o veinte años. Tenía muchos arreglos, muchos tornillos y clavos y mucha cola saturando sus ranuras. El rojo se caía a pedazos, y la funda de ganchillo había desaparecido. Cuando mi madre se decidió a tirarla, recordé aquel sábado en el que ella y yo cometimos un delito. Uno pequeño, parcialmente pagado.

Mi madre no dejó en la silla de al lado el precio que costaba la silla. Dejó lo que pudo, que no era mucho. No recuerdo que en casa nos fueran concedidos muchos caprichos, pero aquel fue uno, y durante algunos años, el único que se me permitió.

Hasta para sentarse hay clases.