domingo, 8 de junio de 2014

Catadores de tierra.

Cuando visité el Museo Arqueológico Regional con unos amigos hace años, vi algunas fíbulas en las vitrinas. Una fíbula es una pieza metálica que se usaba para atar prendas antes de que existieran los botones y las braguetas.  Algunas habían sido encontradas en un yacimiento situado en un pueblo entre Madrid y Guadalajara. En el museo, estaban limpias, debidamente clasificadas, cuidadosamente expuestas al visitante. Otros objetos extraídos del mismo lugar estaban repartidos en la misma sala. 

El yacimiento era un poblado carpetano. Las fíbulas eran de cobre, creo recordar, y al desenterrarlas tenían una tonalidad verdosa debida al óxido. Había que cogerlas con cuidado para que no se te desintegraran entre los dedos. Estuve trabajando en esa excavación, un par de años antes de ir al museo y descubrir mi insignificante y ridícula contribución a la arqueología.

Nos dieron un mono de trabajo de color naranja que aún conservo. Me lo puse únicamente ese día, no quería parecerme a esos pobres miserables que esperan en el corredor de la muerte de algún lugar del sur de Estados Unidos. Casi podía verme a mí mismo, como en la película de Newman, "La leyenda del indomable":

- ¿Puedo ir a mear, jefe?

- Puedes ir a mear, Gómez. Pero mueve la rama.

- ¡Muevo la rama, jefe, muevo la rama!.

Había pocas ramas que mover. Aquello es un descampado donde no hay ni una solitaria sombra bajo la que cobijarse, y en verano el sol cae como una losa, aplastándote contra la dura tierra de las catas.

Te asignaban por la mañana a una cata arqueológica, junto con uno o dos estudiantes que manejaban el cotarro y otros dos o tres comedores de tierra como yo. Allí transcurrían las horas con una lentitud horrible. Me ponía crema protectora para que la piel no se me desprendiera a jirones, y cuando llegaba el mediodía toda la crema había desparecido como tal, y tenía tierra en los sobacos, en la espalda, en la cara, en la raja del culo, en los pies, en las orejas, en la entrepierna y hasta masticaba tierra crujiente. En algunas partes de mi cuerpo, la crema protectora había formado un barrillo indescriptible con el sudor que te dejaba escocido después de varias horas caminando con él barnizándote la piel. Durante ocho horas, picabas, paleabas, carretillabas y comías mierda. Entre los jóvenes universitarios y los jóvenes tirados que picábamos había una línea que no se podía cruzar, a pesar de estar en el mismo sitio.

Nos contrató una empresa a su vez contratada por la Universidad. El encargado era un canadiense al que casi todos llamaban el Gabacho o directamente el Gilipollas de mierda.

Era un tío de algo menos de cuarenta años, menudo, rubio con el pelo largo, perilla, que iba por la excavación paseando torso desnudo y pavoneándose patéticamente frente a las mujeres de la universidad. Cuando creía ver que en alguna cata no se trabajaba en condiciones, bajaba a ella y agarraba una piqueta, o una azada, y picaba cinco, diez minutos, y  eran unos cinco o diez minutos de una intensidad increíble, y temblaba la tierra a cada embestida. Era tan increíble verle trabajar, que tanto él como nosotros sabíamos que nadie puede picar a ese ritmo durante ocho horas sin provocarse una lesión o fenecer y pasar a la historia de la arqueología.

- Así se hace, coño, maricones - decía, y se largaba de allí y no volvía a doblar el lomo.

- Si fuera encargado de una obra de verdad, ya le habrían tirado por el hueco del ascensor - decía un compañero.

Estoy seguro de que en el fondo, lo que le hubiera gustado al Gabacho es bajar a las catas y picar el suelo o las paredes directamente con el pene.

Me quemé la piel en aquel infierno de tierra y calor, y cuando terminamos el trabajo, la empresa, a través del Gabacho, nos informó de que nos pagarían con un cheque. Algún día indeterminado del siguiente mes. Nos olió mal. 

Una semana después, decidimos quedar unos cuantos compañeros para ir a cobrar lo que nos correspondía a la empresa, en Madrid. 

Ocupaba la planta baja de un edificio de oficinas. A través de las rejas de una de las ventanas, vimos una habitación en la que algunos trabajadores limpiaban piezas frenéticamente: trozos de vasijas y otros cacharros de cerámica, seguramente extraídos de la excavación donde se me había quedado la piel como la superficie de una empanada gallega. Algunos de aquellos trabajadores habían sido compañeros nuestros.

Por la ventana principal, vimos al Gabacho. Nos reconoció al instante: el ejército de Pancho Villa, los tiraos que fueron a trabajar a  aquel llano en medio de la nada al no tener otro sitio mejor en el que dejarse parte de la vida. Nos miró, dio media vuelta y desapareció tras la puerta de una oficina. Cuando entramos, estaba junto a quien identificamos como el Gran Jefe. 

- Caballeros, la secretaria irá dándoles los cheques, si son tan amables.

Nada de coño, maricones. 

Entre los que fuimos a cobrar lo nuestro, había dos personas a punto de jubilarse que vieron como la empresa en la que habían currado toda la vida les despidió justo para no poder tener el 100 % de la jubilación. Algún buscavidas de mi barrio de edad indefinida, de esos que parecen conservados en alcohol y curtidos bajo el sol durante decenios, y jóvenes sin estudios como yo que tampoco teníamos otro lugar mejor a donde ir. El Gran Jefe nos miraba con sorna, y pensé que había muchos huecos de ascensor tristemente desiertos.

En la placidez del Museo Arqueológico Regional, todo tiene un orden lógico, todo está pensado y medido y catalogado, y quizá alguna de las fíbulas que vi, o alguno de los objetos de cerámica, o una preciosa punta de lanza, habían sido encontrados por mí. A pesar de lo que me gustan estas cosas, en aquel momento me dio exactamente igual. No sentí nada. Quería engañarme con la ilusión de haber contribuído de alguna manera a exponer aquellos bellos descubrimientos, e intenté buscar algún tipo de orgullo en mi interior, pero el dinero del cheque hacía años que lo había gastado.