martes, 10 de junio de 2014

Los fuegos.

De niño, al volver del colegio, vi a una mujer estampada contra el suelo de hormigón. Al parecer, se había lanzado desde la terraza del tercer piso. Un charco de sangre alrededor de la cabeza indicaba qué parte del cuerpo había chocado primero. El amasijo había sido tapado por los policías y los tíos de la ambulancia. Cuando pasé por allí, el viento destapó parte del cadáver y vi lo que me pareció un trozo de lengua colgando de su boca, y esa mueca espantosa se ha ido deformando en mi memoria, violenta y feroz, tal vez un último grito de ira contenida durante toda una vida.

Aquí antes la gente se moría mucho. Todos los años alguien salía volando por los aires debido a una explosión de gas butano,  y hubo quienes saltaron por las terrazas huyendo del humo, y cuando nos enterábamos de lo sucedido íbamos a veces al lugar de los hechos a ver el destrozo: ventanas involuntariamente abiertas, comedores y cocinas calcinados, toldos partidos en dos, colgando como brazos sin vida balanceados por el viento. 

Los braseros también provocaban incendios. Era difícil mantener caliente estos monstruos de hormigón, y no había dinero para calefacción, ni para nada que no fuera lo básico. 

Uno de estos incendios, hace pocos años, estuvo a punto de acabar con todo el edificio ardiendo de arriba a abajo, un par de bloques detrás del mío. Fue tremendo, pues hay varios portales en cada bloque y el fuego podría haberse extendido sin problemas por los portales colindantes. Estuvo a punto de calcinar todo el bloque debido a que los iluminados que construyeron el barrio no pensaron en la posibilidad de que los bomberos tuvieran que entrar precisamente por esa zona, lo que retrasó considerablemente su actuación. 

Resulta curioso el sentido del humor que exhiben los vecinos del barrio cuando ocurren estas cosas:

- Es que en esa zona ardemos muy bien - me comentó un amigo que vivía en el portal incendiado.

Justo frente a su bloque, años antes hubo otro incendio considerable. Un hombre del portal se jugó la vida y atravesó el fuego para salvar la vida a una cría que se había quedado dentro de su casa. Lejos de parecer un héroe, G., el salvador, camina habitualmente por el barrio arrastrando los pies y con la espalda doblada hacia delante, muchas veces tirando del carro de la compra. El incendio le provoco quemaduras por todo el cuerpo y estuvo a punto de dejarle ciego. 

Tiene la voz grave y potente, y mi primer recuerdo de G. me lo trae a la mente con cuatro libros bajo el brazo. Iba mucho a la biblioteca. Aquel día, entre los libros sacados de allí, llevaba una biografía de Martin Luther King.

- Era un tío muy majete - me dijo con esa voz atronadora.

No recuerdo que G. trabajara nunca. A decir verdad no conozco mucho sus circunstancias personales, más allá de las charlas que me daba cuando era pequeño. Hoy veo su triste figura arrastrarse por los rincones del barrio con poca frecuencia. Siempre me pareció un hombre muy cansado, quizá lo que dobla su espalda es el peso sobre los hombros de algún mal pasado, o tal vez ha ido deteriorándose desde el incendio y aún hoy le salen heridas de dentro.

Por su edad, podría haber caído en la heroína, o haber tenido posibilidades nada despreciables de sufrir esa epidemia, pero fue cauto, tal vez, y prefería leer biografías de líderes negros o lo que quiera que cayera en sus manos regordetas. En su mirada perdida aún parecen clavados restos del incendio, como si le costara ver. Pero en este barrio no hay mucho que ver, así que tampoco se pierde nada.

G. no es considerado un héroe. Hizo lo que tenía que hacer, y quizá lo que deberíamos hacer todos, salvarnos los unos a los otros en este parque de desgracias. Una de ellas, fue la muerte de un vecino en Pamplona durante los encierros de San Fermín. Sus amigos pidieron al alcalde que el nombre del insensato se le diera a una de las plazas del barrio, y el alcalde tuvo a bien atenderles con esa amabilidad derechista que establece muertes de primera y de segunda, e incluso de tercera y cuarta.  La plaza pedida es la plaza 1º de mayo. Los héroes son extraños, pero aún lo son más
sus amigos. Por eso nunca me acabaron de gustar.