lunes, 16 de junio de 2014

El Guarro.

Juanito el Guarro siempre tuvo un aspecto como de vejez perpetua que le encogía y doblaba y le hacía diminuto. Con frecuencia, llevaba los pantalones atados con una cuerda un poco por debajo de los sobacos, con la camisa raída metida por dentro. Recuerdo su minúscula presencia atravesando las carreteras que rodean el barrio, arrastrando un carro de dos ruedas lleno de chatarra o cartones, un carro grande que se había mandado forjar y soldar. Los conductores le increpaban por entorpecer el tráfico, a lo que él respondía con aspavientos e insultos.

Era increíble que una persona tan pequeña pudiera arrastrar todo aquel peso desde su casa hasta la chatarrería, cerca de mi barrio. Pero Juanito era un portento, tenía una energía tremenda en aquellas estrechas dimensiones que gastaba.

 Los críos le salían al paso y le gritaban:

- ¡Eh, Juanito el Guarro! ¡Juanito el Guarro!

Juanito agarraba lo que tuviera en las manos o en el carro y que se pudiera utilizar como proyectil, y con una furia insensata lanzaba el objeto a los críos que se escondían donde podían huyendo de su ira entre risas. Yo mismo vi botellas volando por encima de mi cabeza cuando era niño.

Vivía con dos hijos y algunos perros. Uno de ellos, -de los hijos, se entiende- de una delgadez enfermiza, de desaliño evidente y comunicación escasa, acudía en bicicleta, arrastrando un carro atado a ella, a la cristalería de un amigo mío en busca de los retales que le sobraran.

- Tío, es capaz de cargar en el carro de la bici más de doscientos kilos.

Juanito el Guarro y su familia vivían al principio del centro de Alcalá, justo donde empieza el casco histórico, en una vieja y espaciosa casa de una única planta. Poco a poco, la remodelación de la ciudad en vista de ser nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, que ha convertido Alcalá en una ciudad para domingueros, fue comiendo terreno alrededor. Primero fue la Facultad de Económicas y Empresariales, de donde saldrán las futuras y brillantes mentes preclaras que buscarán nuevas e imaginativas formas de arruinar a la clase trabajadora. Luego la plaza frente a ella, los edificios ruinosos junto a su casa, todo, fue transformado con mayor o menor acierto, pero la casa de Juanito el Guarro ofrecía una resistencia numantina contra los especuladores inmobiliarios.

Cuando salía de mi barrio para ir al centro, miraba de reojo a través de la puerta, siempre abierta, y veía un largo pasillo en penumbra, lleno de desconchones, que desembocaba en un patio enorme repleto de chatarra. Cuenta mi padre que si necesitabas algo, una pieza para una lavadora, o para una nevera, o incluso para un coche, el patio de Juanito era un lugar adecuado para buscar por un módico precio.

En aquel palacio de basura había de todo. Hasta donde alcanzaban los muros del patio, cientos de desperdicios se acumulaban en precario equilibrio: chapas, lavadoras, barras de acero, de latón, de hierro, marcos de ventanas y puertas de aluminio, una cámara frigorífica de bar, cartones, latas... todo un universo de inmundicias, un laberinto de óxido que podría sepultarte sin que jamás pudieran dar con tu cadáver.

Juanito el Guarro murió, y así puso fin a las habladurías sobre su presunta inmortalidad. Allí quedó uno de sus hijos, el de la bicicleta, larguirucho y con una mueca de pena, con sus perros negros de aspecto indescriptible, con sus toneladas de chatarra, y para sorpresa de muchos, con la herencia.

Resulta que varios edificios en esa calle pertenecían a la familia. Los herederos se deshicieron de algunos de ellos, lo que en ningún caso supuso el fin de la frenética actividad de cargar retales de cristal con la bicicleta. 

Una tarde me encontré con el cristalero cerca del barrio, y me contó que el hombre estaba muy deprimido.

- Se le ha muerto uno de los perros, y el otro día se puso a llorar en la tienda como una magdalena. Dijo que no sabía qué iba a hacer sin él.

Aún veo de vez en cuando al hijo de Juanito el Guarro. Sigue luciendo un aspecto desaliñado, una mueca de pena y una mirada ausente. Sigue desplazándose en bicicleta, y ahora tiene otro perro, este de color canela que se ira oscureciendo con el tiempo. Así de caprichosa es la rancia burguesía alcalaína.