martes, 1 de julio de 2014

Nº 8 de la Calle 3.

Un hombre de más de sesenta años, alto, calvo y barrigón, atraviesa la Calle 3 del polígono industrial acompañado de su hijo, algo más bajo, delgado, pantalones cortos y camiseta de tirantes, que luce carísimos tatuajes en brazo derecho y pantorrilla izquierda, de cuando se podía adornar el cuerpo, y arrastra un carrito de la compra sin la bolsa de tela del carrito de la compra. Vienen de vender chatarra, de la chatarrería en la nave número 8 de la Calle 3.

El hijo tiene entre veinticinco y treinta años. El padre lleva una mueca de incredulidad y camina como avergonzado por el maltrecho asfalto triturado a diario por los camiones, tropezando con las grietas y los desniveles. El hijo parece haberlo asimilado mejor. Tal vez, si juntan algún dinero, puedan comprar un carro más grande para arrastrar penosamente hasta la chatarrería.

Miran a los que aún conservamos un trabajo con curiosidad. Nosotros salimos y entramos de las naves, llevando y trayendo cajas, empujando traspalés con transicubas encima, mil litros de podredumbre sobrante, bamboleándose a izquierda y derecha.

Tal vez la incredulidad del padre viene de haberse prometido un futuro tranquilo, para él y para su hijo, el de los tatuajes de otro tiempo. No pensaba arrastrarse con más de sesenta años por las feas calles de un viejo polígono industrial que anuncia su decrepitud crepuscular desde la entrada, exhibiendo sus naves vacías o abandonadas y a sus trabajadores sudorosos que no quieren verse arrastrando un carrito de la compra con chatarra.

El calor me está matando. Siento la camiseta pegada a la espalda, los pantalones pesados y los pies cociéndose en las botas de seguridad. Se me pega el pelo en la cara, siento el sol cayendo como una pedrada al salir de la nave, y ahí están padre e hijo volviendo con el carrito lleno de tuberías de plomo que malamente les darán para comer. No sé la cantidad de viajes que han hecho ya.

En el patio de una de las naves abandonadas hay un olivo. Las ramas del árbol han sido atraídas hacia el suelo por algún poder desconocido, y el único trozo de valla que queda impide que se desparrame del todo en la acera. Las vallas han ido desapareciendo de esa nave y apareciendo tiempo después en la misma chatarrería en la que padre e hijo han ido a vender las tuberías. Parece como si los ladrones de vallas no quisieran que el olivo toque el suelo, que luce calvas aquí y allá, y lo cierto es que no se merece un olivo tan innoble final.

Después de vender las tuberías, padre e hijo se plantan en la esquina, junto al árbol. Allí hay algo de sombra para resguardarse del rugido del sol que nos fustiga. Hablan un rato. El padre se apoya un poco en la pared y mira a su hijo. Se pone las manos en los ojos y quiero pensar que no está llorando.

Finalmente se van. A la hora de la comida, un gitano joven lleva un carrito de la compra lleno de chatarra. Detrás va un niño de unos ocho o nueve años. El carro se tambalea, una puerta de nevera amenaza con desplomarse, y al pasar por el olivo, se paran un rato tras sus ramas para recuperar el aliento. El crío se sienta en la acera. El padre enciende un cigarrillo. Media hora después los encuentro en el restaurante del polígono compartiendo un refresco, pues un padre debería cumplir sus promesas. Igual crees que esto es un cuento, pero en los cuentos se narran cosas extraordinarias e inusuales. Piénsalo.