lunes, 7 de julio de 2014

Los inmortales

Los dos hermanos, morenos, delgaduchos, bajitos, ambos con la nariz partida, iban juntos a todas partes. Habían dejado la esperanza en manos de la heroína, emulando sobradamente a sus hermanos mayores, que eran cuatro, una mujer y tres hombres. A sus padres hacía años que les habían sepultado los disgustos, y antes de morir se les veían las caras largas y curtidas en algún pueblo de Extremadura, simulando una tranquilidad de la que jamás disfrutaron.

A. y R., los dos hermanos, eran un dúo cómico involuntario y amargo. Aún recuerdo ver sus escuálidas figuras por el casco viejo de la ciudad buscando la liebre que uno de ellos juraba haber visto. A veces, el hambre no entiende de drogas, ni de que te faltan casi todos los dientes, y como no eran hidalgos y ninguno de los dos tenía lucidez para señalar el espejismo, cualquier rata de alcantarilla les parecía un manjar.

R. comenzó en algún momento un programa de desintoxicación. Poco se podía salvar de aquel autómata sin vida. El sarcoma de Kaposi le invadía el rostro, su organismo albergaba docenas de enfermedades, y por mucho que llevara tiempo sin ponerse hasta arriba se le había quedado la mirada torva y el ceño fruncido para siempre, como si se lo hubieran cincelado. 


Los hermanos se separaron. A. no tuvo otro remedio que buscar un compañero de fatigas. Había muchas de ellas que compartir, cientos al día, y en algún lugar encontró un perro flaco y mugriento, negro y feo, que le acompañaba a todas partes. Buscó un hogar para sí mismo y para su nuevo amigo, pues por alguna extraña razón no quería volver por el barrio. Encontró un local abandonado lejos de aquí, en la otra punta de la ciudad, cercano a terrenos salvajes con un remoto sabor a campo, donde los yonquis y las prostitutas compartían espacio, rotondas y ambiente insalubre.

Allí no tenía luz ni agua, pero como tampoco tenía ganas de vivir era el lugar idóneo. A veces le veía por el centro pidiendo comida en las pastelerías - un crusán, una napolitana - y algo para el perro. A veces iban los dos, él arrastrando la deteriorada carcasa que le sustentaba el alma y el perro dando alegres saltos a su lado, y era terrible verle sonreír al animal con esa sonrisa vacía de dientes, tan ajena a su mirada.

No sé si le mató la soledad o una sobredosis. A. llevaba varios días muerto cuando alguien, alarmado por los gemidos del perro, llamó a la policía. Lo que quedaba de él yacía en el suelo de cemento, apenas unos harapos sucios y malolientes, y junto a él, aquel perro feo sufriendo su ausencia. La noticia salió en algunos medios de la región, básicamente por lo fiel que fue el animal de cuatro patas con su compañero, pues a nadie le importaba una mierda otro yonqui muerto.

R. apareció por el barrio poco después y no tardó en volver a la heroína. Ahora que se sabía inmortal, no tenía ninguna razón para eludir su destino: la aguja. No se hizo cargo del pobre perro feo, que a saber donde está si es que sigue aún vivo.

R. sigue deambulando por aquí. No hace mucho le vi junto a su hermano mayor - desintoxicado hace años - paseando a varios cachorros de teckel, seguramente robados y con la intención de sacar un dinerillo extra con el que llenarse las venas. De vez en cuando monta algún número en medio de la plaza, gritando a presuntos chivatos de la policía y amenazando a unos supuestos "maricones" que no tienen huevos a no se muy bien qué. Es valiente, pues se sabe inmortal, a pesar del sarcoma y del número indeterminado de enfermedades que sufre, sin contar las mentales.

Ahora quedan él y su hermano mayor. Sólo puede quedar uno.