jueves, 17 de julio de 2014

Un hombre libre.

N. es uno de los cientos de miles de ciudadanos rumanos que no pudieron disfrutar de las infinitas bondades y ventajas del libre mercado que han convertido su país en uno de los más corruptos de Europa. Muchos Enes se vieron obligados a dejar Rumanía en busca de algo mejor, pero tuvieron la mala suerte de acabar en España.  Sus dos nietas nacieron aquí, a pesar de lo cual N. dice que son rumanas, no españolas. Incluso a pesar de que las dos niñas hablan más español que rumano.  Compartía piso, al menos hace tiempo, con su mujer, su hija, sus nietas y su yerno. Ochenta metros cuadrados para no perderse de vista unos de otros.

Conocí a N. cuando cuidaba de las cabras que un empresario español tenía en los terrenos contiguos a su empresa. Pasó de conducir un camión en Sibiu a beber las mieles del capitalismo español sin contrato y durmiendo en una casucha sin calefacción hasta que pudo reunir dinero para un alquiler. También hacía labores de jardinería ( le recuerdo subido a un árbol en enero, con un pasamontañas, cortando ramas con un hacha ), y cualquier chapucilla que fuera necesario hacer allí. Un año pidió vacaciones para ir a su pueblo, y cuando volvió su puesto de trabajo lo ocupaba otro hombre rumano sin papeles ni contrato.

Así, N. fue dando tumbos por algunas empresas de aquel polígono industrial perdido de la mano de dios: la chatarrería, los jardines de una empresa de componentes electrónicos, lo que fuera necesario para salir adelante.

Cuando viajaba a Rumanía traía varias maletas llenas de comida. Me sorprendió conocer que buena parte de esas maletas contenían un cerdo cortado en trozos y ahumado.

- En España no carne como en Rumanía, Orje – me decía, con esa manera extraña de pronunciar mi nombre.

N. tenía problemas para aprender español, al fin y al cabo ya era viejo cuando llegó a España, con sus arrugas y sus problemas de corazón y su dedo pulgar de la mano derecha cercenado y su sueño de volver a su pueblo cercano a Sibiu. N. aguantaba como una mula de carga todo lo que le tiraran encima, y se ponía a trabajar jurando en rumano, vete tú a saber lo que decía, aunque luego me contaron otros rumanos que mejor que no lo supiera.

Con su último jefe, solía tener unas discusiones tremendas y surrealistas. El rumano juraba en rumano y chapurreaba en español mientras el empresario español ejercía de español.

- N. haz esto, coño.

- N. haz lo otro, coño.

Coño, siempre coño, y con el tiempo dejó de haber N. y todo era “haz esto, coño”.

Un día N. discutió con aquel jefe y acabó obedeciendo algo más desesperado de lo habitual.

- He dicho que tengo yo razón. Tengo yo razón y punto, coño. - le dijo el español.

Si la tenía como si no, N. fue a contarle lo ocurrido a un compañero rumano a la hora de la comida.

- Y me dijo que él tiene corazón. ¡Él! - contó, y se golpeaba el corazón en el pecho con la mano del pulgar cercenado, como señalando lo que el jefe no tenía.

Los problemas de N. con el español no le preocupaban mucho. Había ahorrado para comprar una bonita casa en Rumanía, cerca de Sibiu. Una prima lejana le cuidaba la casa en invierno, y le daba de comer a los perros y le trabajaba el huerto. Se sentía orgullosísimo de aquella casa que él mismo había ayudado a construir. Un año al volver de vacaciones, exhibió fotografías de la propiedad, de sus perros, de su huerto, del cuarto de baño ( de esto parecía estar especialmente orgulloso ), y un compañero de trabajo mío fue de vacaciones a aquel bello país y pasó unos días en casa de N. Casualmente, este compañero compaginaba el trabajo con su afición por la fotografía, así que las fotos que vi hacían parecer la casa el castillo de Vlad Tepes.

Yo sólo había oído hablar de Sibiu. Sabía que estaba en Rumanía, pero poco más. Un día vimos juntos fotografías de la ciudad en mi móvil. N. me señalaba en la pequeña pantalla lo que era cada edificio, esforzándose por que le comprendiera. En verdad es una ciudad bellísima, o al menos en las fotos me lo pareció, y juraría que a N. le faltaba muy poco para emocionarse de verdad y dejar caer alguna lagrimilla, pero un verdadero hombre rumano no llora. Nunca he acabado de comprender eso, yo que siempre estoy con la lágrima colgando por cualquier cosa.

Como en invierno suelo ir por el polígono en manga corta, N. bromeaba con ello.

- Orje, ¿tu madre es rumana? Tú serías buen rumano eh.

Así establecimos una pequeña y superficial amistad, un macarra barriobajero y un viejo habitante de un pueblucho cercano a Sibiu, que las jornadas laborales suelen dar para poco más.

Aquel hombre de manos terroríficamente fuertes había trabajado tanto en España que pudo comprar un terreno para cada una de sus hijas, albergando la cándida esperanza de que ellas quisieran volver a su país algún día y construir su propia vivienda aunque por lo que sé, ni tan siquiera en vacaciones se acercan por allí. Esas manos callosas del huído del Este apretaban las tuyas como piedras, hasta hacerte daño, mientras los profundos ojos grises de su dueño te miraban fijamente con cierta ironía. Siempre se alegraba de verme.

Finalmente, le llegó la hora de jubilarse, y tuvo la suerte de cobrar dos pensiones: una pensión de mierda en España y otra de doble mierda en Rumanía. Los últimos días de trabajo, su jefe andaba diciéndole coño esto y coño lo otro, y mira qué coño y qué coño hace esto aquí que debería estar allí, coño. Hacía mucho calor, era un día de julio, y N. llevaba cosas en un traspalé de aquí para allá frenéticamente, y martilleaba trozos de artilugios de metal para desmontarlos y llevarlos a la chatarrería. Siempre he sabido que la paciencia de toda persona tiene un límite, y aquel día se rompió.

- Vamos, coño, ¿en Rumanía trabajabas así? – dijo el jefe.

N. soltó el traspalé y se puso los brazos en jarra.

- ¡No!. Yo N. ¡N!.

El otro le miró sin comprender.

- ¡Yo N.! ¡TÚ COÑO! - siguió el rumano, y señaló al empresario con el dedo índice de la mano derecha para enfatizar sus palabras.

Para lo que le quedaba en el convento, se cagó un poco dentro.

De vez en cuando vuelvo a ver a N. No ha vuelto a su país, y me dice que quiere estar con sus nietas, aunque intuyo que su situación económica tiene bastante que ver con esa decisión. Periódicamente aparece con algunos cacharros por la chatarrería en la que trabajó durante algún tiempo para sacar un dinerillo extra, y me cuentan que lo han visto aquí y allí buceando en los contenedores de basura del distrito, imagino que respirando libertad.