miércoles, 29 de octubre de 2014

Si Walter Hill fuera marxista.

En mi colegio había peleas. En el patio y en los alrededores. EGB era un camino complicado en aquella época y en este barrio. Alumnos de 8º quedaban en el parque de enfrente a las cinco de la tarde para zumbarse unos cuantos mamporros y volver calentitos a casa con notable frecuencia.  Aunque casi siempre los protagonistas eran los mismos, los espectadores variábamos en función de si nuestros padres eran severos a la hora de cumplir horarios después del cole o no. En aquel parque, apenas unas cuestas con hierba a los lados de una carretera asfaltada, he visto gafas rotas y narices sangrantes y hasta abrazos fraternales después de cascarse los contrincantes una paliza de miedo.

Pero la madre de todas las peleas, la tía y la abuela y el padre y el tatarabuelo de las batallas, fue una pelea multitudinaria en un descampado que acabó convertido en campo de fútbol y después en iglesia y edificio de Cáritas contiguo. No hemos hecho más que empeorar.

Fue en los primeros días de 8º curso. Corrieron rumores en las aulas de una pelea el viernes por la tarde que tendría lugar en el descampado, y la pelea la protagonizarían los de mi barrio contra los del barrio contiguo. No había ningún motivo especial, más allá de medirse los penes y sacar pecho con esos despreciables seres del barrio de al lado. El odio artificial era mutuo.

Vicente, mi compañero de pupitre, me retó. Por alguna extraña razón, algunos críos del otro barrio iban al colegio del mío. Una extraña razón que consistía en ausencia de plazas escolares en su zona. Al parecer, y siempre según sus palabras, yo no tenía huevos. 

- Vamos a llevar botellas y navajas y cadenas y lo que pillemos por ahí.

- No iré.

- Maricón.

Y diciendo esto, se sacó una chora del bolsillo del pantalón que al parecer le había mangado a su cuñado, que era pescadero (nunca supe la razón de que señalara siempre el oficio de su cuñado), y mostró el metal brillante y afilado por debajo del pupitre. Más tarde dibujó el logo de Iron Maiden en él con la navaja.

Éramos demasiado jóvenes para haber visto en el cine el estreno de The Warriors, la película de Walter Hill de 1979, pero no lo suficiente como para no haber topado con ella en el videoclub. Tardé tiempo en lograr unir estos dos acontecimientos en mi cabeza: aquellos chavales, mis compañeros de clase, estaban emulando a los protagonistas de una de las mejores películas de finales de los 70. Lo que son las cosas. La película me fascinaba y me sigue fascinando hoy. Pero no fue hasta muchos años después cuando me fijé en que se basaba en una novela de Sol Yurick. Ni tan siquiera sabía quién coño era Sol Yurick.

La película diluye considerablemente el mensaje de lucha de clases que se respira en la epopeya de la novela. Aquellos jóvenes barriobajeros que atraviesan Nueva York y tienen que volver a Coney Island, chavales llenos de machismo y estupidez, en la novela tienen una vaga consciencia sobre su situación en la sociedad y lo que les separa de los demás. Odian a la policía, pero aún odian más a todos esos pijos que viven en elegantes e innacesibles castillos de clase media, en sus apartamentos y casas con guardia y perro. No comprenden muy bien todo eso, o lo comprenden de una forma rudimentaria. Lo que hacen lo hacen a modo de venganza contra un mundo que no entienden y que les ha regalado el trozo más raquítico y miserable del progreso, el que nadie en su sano juicio querría poseer. Como no quieren conformarse con ese pedazo, cogen sin permiso parte de lo ajeno.

Sol Yurick escribió su eficaz novela inspirándose en la Anábasis de Jenofonte: los griegos atravesando Asia Menor son los aguerridos y machistas pandilleros que atraviesan territorio hostil para volver a su barrio. Ya no son la Expedición de los Diez Mil, ahora son un puñado de delincuentes juveniles huyendo.  Esta curiosa mezcla de aventura griega y novela marxista me sorprendió aún más que la película.

Pero en aquellos años, con aquellas edades, a nadie le importaba un cojón la lucha de clases, no digamos ya Jenofonte. Llegó el viernes por la tarde, y allí se juntaron una treintena de chavales, unos frente a otros, sacando cadenas, navajas, piedras, palos y lo que se hubieran encontrado por ahí. Armados, pero sin haber protagonizado una pelea de esas características jamás, se miraban a las caras intentando hacer fluir el odio en su interior. Y aquello acabó sin que llegaran los mamporros, pues dos coches de policía nacional que casualmente pasaban por allí, y también fue mala suerte que pasaran precisamente en ese momento quienes no solían pasar nunca, se detuvieron a ver qué ocurría y se encontraron aquel percal inaudito.

No me cuesta imaginar a los maderos sorprendidos al ver a una treintena de menores de edad armados hasta los dientes. Se requisaron hierros, palos, cadenas y navajas, entre estas últimas, la del cuñado de Vicente, el pescadero.

Llegó el lunes, y Vicente no dijo ni buenos días, pero los rumores no tardaron en recorrer la clase, y todos supimos que aquello había sido una decepción total y absoluta, y si hubiera conocido la novela de Sol Yurick, habría pensado que también fue una forma de gastar energías y errar objetivos notoriamente estúpida, pues ninguno de los dos bandos tenía miserias que envidiar al otro.