jueves, 6 de noviembre de 2014

Una boda.

Ella miraba con asombro a través de la ventana de la cocina, mientras me tenía cogido de la mano con fuerza. Abajo, en la calle que apenas es un descampado con una farola y lúgubres soportales a un lado, gitanos y gitanas iban y venían frenéticamente, luciendo sus mejores galas, cantando,  riendo y gritando. Algunos iban a esas horas un poco bebidos.

Minutos antes, me preguntó:

- ¿Qué es? ¿Una fiesta?

- Una boda. Una boda gitana.

No es fácil olvidar aquellos enormes ojos verdes, luminosos y tristes a un tiempo. Uno podría perderse en aquella mirada profunda durante horas, o contemplar el asombro de aquellos dos focos sorprendidos ante un espectáculo que para mí no lo era, y desear que le deslumbraran para siempre.

Ella, que nació en una familia acomodada de Galicia, en cuyo vecindario sólo se escucha el mar por las noches, retirado, en lugar de la banda sonora de los reyes del barrio que acompaña sin ritmo alguno los fines de semana, descubría en ese momento otro mundo totalmente distinto al suyo.

Más tarde, cerca del Colectivo Gitano, algunos continuaban celebrando la boda, tocando y cantando flamenco. Recuerdo a una chica con una voz tremenda que se te clavaba en el pecho y te helaba la nuca, sobreponiéndose al mediocre guitarrista y exhibendo el talento que no cuenta, que es el de los pobres, entre columnas de hormigón, papeleras rotas y locales abandonados, casi un oasis en sí misma.

Cuando pasamos por allí, la gallega se agarró a mi brazo derecho y se paró unos segundos, fascinada con aquel portento de mujer, y yo encendí un cigarrillo, y luego los dos nos miramos sabiendo que estábamos separados por una barrera invisible e infranqueable, y lo cierto es que los hechos me confirmaron esto poco tiempo después, sin que aquel recuerdo de la boda pierda su brillo, y sin que se me olvide que en aquel momento supe que lo nuestro no podía ser.

La boda terminó, y no he vuelto a ver a los novios, que eran muy jóvenes, pero sus familias siguen aquí, algunos más muertos que otros, con sus sillas a la puerta de casa en verano y sus niños gitanos a los que les sorprende el payo aquel gordo de las barbas.