miércoles, 24 de diciembre de 2014

La rumba

Un vagón de metro en la Avenida de América. Estoy mirando mis pies, cabizbajo.

Los zapatos de tacón de una mujer que va, tal vez, a una comida de empresa, rodeada de moscones con zapatos italianos. Los zapatos lustrosos de dos jóvenes encorbatados que acaban de salir de trabajar y parlotean sobre política al mismo nivel que se hace en un debate televisivo. Las botas de trabajo de un hombre con los pantalones azules llenos de pintura. Las deportivas de una mujer con un pantalón de uniforme verde. Las botas de montaña de un tipo desubicado y las zapatillas de jugar al fútbol sala de un chaval con las medias rotas. Zapatos y zapatillas en mal estado que se utilizan para sentirse cómodo al ir al trabajo. Calzado que se desprenderá de sus dueños en algún momento al llegar a casa.

Es entonces cuando unas deportivas rotas y sucias se aproximan con paso cansino, arrastrándose. Cuelgan sobre ellas unos pantalones vaqueros raídos por los bajos y manchados de barro. Es un hombre alto, a juzgar por el tamaño de sus pies, que parecen querer salir de las zapatillas por alguno de los rotos. Se aleja de mí y se coloca un par de metros a mi izquierda, justo donde los vagones se mueven al tomar el tren una curva durante el recorrido. Entonces lo que hay sobre las zapatillas raídas saluda a los presentes y toca las cuerdas de una guitarra, pero nadie mira ni contesta al saludo, pues el metro es un lugar hostil.

Suena una rumba que pretende ser simpática, así, de repente. Canta: "Yo no soy de aquí, yo soy de Alcalá..." mientras rasga una guitarra española, y a media canción se le va la voz, el tono fuerte con el que empezó se apaga y apenas puedo entender la letra, hasta que la voz desaparece entre rasgueos. 

El hombre es de Alcalá de Henares, porque en esta ciudad de mierda exportamos miseria, como si en Madrid no tuvieran ya suficiente, como si el dolor y el hambre no se pudieran contener y tuvieran que salir corriendo a confluír con los zapatos de personas encorbatadas y algo bebidas en diciembre.

El chico vuelve hacia mí, paseando un vaso de plástico para recoger monedas por la actuación. Por primera vez veo sus manos, las de un trabajador, y levanto la cabeza y veo el rostro escondido en una mueca de un tío de treinta y tantos, con barba de varios días, mirada dulce de ojos claros incrustados en la piel morena. Busco en el bolso algunas monedas y las pongo en el vaso sin mirar. Él asiente con la cabeza y se da media vuelta para salir en la próxima estación. Guarda el vaso en el bolsillo de una chaqueta de lana de otro tiempo, y lo hace sin cuidado alguno. Lleva la guitarra a rastras. Mientras espera, apoya el instrumento en la zapatilla derecha, y acto seguido van otros zapatos detrás, más brillantes, o más trabajados, y se va el dolor, cabizbajo, y todos pisan el mismo suelo, y quiero que nadie escuche otra vez esa rumba.