jueves, 15 de octubre de 2015

Portero automático.


Las chapuzas suponían unos ingresos extras para familias numerosas a las que les costaba trabajo llegar a fin de mes. En mi casa, éramos los pintores. En la del vecino de abajo, vivía el fontanero. Entre ambas familias sumábamos catorce personas. No era extraño que alguien llamara al telefonillo de casa confundiéndose:

- ¿Está el Fonta?

- No, es abajo.

O bien:

- ¿Está el pintor?

- No, es arriba.

Los telefonillos del bloque también servían para abrir la puerta a la policía. En busca de alguien o a preguntar a alguien o a decirle al del 4º que bajara el volumen de la música y a preguntarle si eso que estaban oliendo era droga. También llamaban los tipos de las ambulancias, y subían a un cuarto sin ascensor y se llevaban un poco de miseria agonizante o dañada. Bajaban las camillas mientras sus frentes y espaldas chorreaban abundantemente. Cargaban la vida hacia la muerte, a veces. Se llevaban un anuncio incierto y el hospital nos devolvía un cadáver.

Una vez, un gamberro quemó el portero automático. Las celdas de los pisos y los botones se derritieron y ennegrecieron, y ya nadie preguntó durante una temporada por el pintor por allí. Mi padre y el Fonta cambiaron el portero automático por otro nuevo con los botones de aluminio. 

A veces llamaba al telefonillo un heroinómano preguntando si queríamos comprarle algo. Nunca queríamos, pero cuando bajabas estaba en el portal con una bolsa de la compra llena de cacharros: mecheros de gasolina, radiocasetes para el coche, colonia, discos o lo que fuera. Los tenía baratos. Al rato volvía a llamar, no por ver si habíamos cambiado de opinión, más bien por no tener la memoria en su sitio. 

Si te venían a pegar, llamaban al telefonillo. Los Testigos de Jehová llamaban al telefonillo, y la primera chica de la que me enamoré llamó al telefonillo. Los que vendían aceite de colza a domicilio, llamaban al telefonillo. La vida y la muerte en una voz distorsionada, el olor hediondo del aceite que subía por los tendederos desde las cocinas, y como al hambre le daba igual, algunos dejaron que la muerte les invadiera las tripas. Venid a las cloacas. Y la gente se iba. Abandonaban los portales para no volver. Cuando mi vecino de arriba apuñaló a su cuñado en el brazo y el pobre tipo bajó sangrando como un cochino, dejó un reguero de sangre por todo el portal, justo hasta el escalón bajo el portero automático. Allí se ató un cinturón de cuero en el brazo y cortó algo la hemorragia. Desde arriba, alguien había descolgado el telefonillo:

- No te vayas, por favor - dijo su mujer al otro lado.

Se ha roto muchas veces, como los vecinos. A la señora del 4º vinieron a llevársela. Sus hijas pulsaron el botón compulsivamente para abrir la puerta, y los hombres subieron con la camilla. Mientras bajaban o no, junto al portal, uno de sus hijos pequeños era sujetado por su hermana mayor. Los ojos chorreando y la boca abierta, y vino un tío y llamó al portero automático.

- ¿Está el Fonta?

- No, es abajo.

Y mientras, un crío vio pasar a su madre, visiblemente asustada. Ella le dedicó la mejor de sus sonrisas de agonía y le dijo adiós con la mano, y el niño bajó la cabeza como si se acabara de dar cuenta de que le habían arrancado algo del pecho, que es como se queda uno cuando se le va la madre.

A veces llamaban porque algún chorizo había intentado robarle la moto a mi hermano mayor. A veces llamaba el tipo de la luz y entraba en el portal y dejaba a una familia sin suministro eléctrico. A veces, dejaba sin luz el portal. A veces, algún vecino le amenazaba y el hombre salía corriendo sin cumplir su cometido. 

Periódicamente, llamaba al portero el de los muertos, que venía a cobrar el seguro, pues por alguna extraña razón, saber qué van a hacer con tu cuerpo cuando se está pudriendo, es algo muy importante.

- Al menos tengo los muertos pagados - decía mi madre.

Y así subía y bajaba la muerte. 

No había ascensor allí.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Parques y jardines

Hay un jardín entre dos bloques del barrio. En esa zona de los bloques no suele haber nada, salvo maleza que el ayuntamiento decide cortar cuando intuye que los vecinos podrían salir ardiendo dada la frondosidad que suele adquirir. No es que les importe más allá de titulares feos en la prensa, supongo.

El jardín está vallado con rejas, trozos arrancados aquí y allá de la vida de las personas, que son sus hierros, herrumbrosos y descascarillados, chatarra superviviente que poco a poco se ha ido cubriendo por las enredaderas y los rosales, como si por una vez la vida abrazara a la muerte en el desierto de hormigón. 

A veces he visto a alguna vecina regando.  Saca una manguera del portal hasta el jardín. La mujer entra apartando un trozo de somier metálico.  Las plantas enredaderas suben a través de hierros forjados de un lado a otro. Supongo que esa bóveda se debe de ver desde los pisos superiores. Pero nadie entra en el jardín salvo para regar. Nadie puede tocar lo que hay dentro, salvo los vecinos y algún gato callejero. No hay paseos en su interior, sólo plantas. Los vecinos plantaron eso, supongo, hartos de ver un descampado a sus puertas. No está muy cuidado, pero es frondoso. Apenas puedes intuir algo del interior desde fuera. Quizá, desde arriba, se pueda ver lo que hay dentro, un oasis que libera de la asfixia.

Cuando vuelvo al barrio, recorro la parte exterior hasta llegar a mi bloque. A la izquierda comienza el glorioso casco histórico. A mi derecha, unas enormes jardineras de hormigón dejan vivir dentro a algunos pinos. Uno de los pinos ha resquebrajado la jardinera, los escalones adyacentes y parte del pavimento con las raíces. Puedes subir en una de ellas, recorrerla por un sendero de adoquines rotos hasta una zona con chopos talados hace años. Parece como si el pino quisiera huir del barrio, arrancarse del hormigón, salir corriendo sin mirar atrás. Tal vez es el ser vivo más vivo del paseo ancho, y probablemente acabará partiendo la jardinera del todo, y no podrá huir, caerá desplomado al suelo, y operarios del ayuntamiento se lo llevarán donde quiera que mueran los árboles.

De niño veía cómo mi padre cuidaba las plantas de la jardinera frente a nuestro portal. Recuerdo adelfas y romero y un rosal. Recuerdo una pasionaria y mi padre explicándome que su flor duraba apenas unos días. A mí me parecía la flor más bonita que había visto nunca y pasaba mucho tiempo mirándolas. Quizá fue entonces cuando comprendí que la belleza es efímera y que la muerte nos acompaña. 

Hace unos días fui a ver a mi padre. La jardinera está vacía salvo por una solitaria adelfa. Ha sido limpiada en su totalidad, las vallas han desaparecido. No pregunté por el autor de aquello. Ahora, en la plaza, no hay jardines de ningún tipo. Unos pinos torcidos a punto de caer al fondo, cuatro falsos plátanos, nada más. La plaza está un poco más muerta que de costumbre.

El jardín frondoso está dos bloques más allá. No fui a verlo. Me pregunté si habría corrido la misma suerte que el de nuestra jardinera. Deseo con todas mis fuerzas que siga allí.

Los jardines, eso sí, han tardado más en morir que muchos de los que quedaron atrapados en la heroína. Pero como el pino, quieren salir de allí. Por los que no pudieron, tal vez. Por los muertos y los que han caído en el olvido. Un desierto de hormigón salpicado de verde.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Ya te llamaremos

El tío que me entrevistó era un hombre de mediana edad que fumaba Ducados sin parar. Aplastaba los cigarrillos en el cenicero con el logo de la Gran Empresa, una cadena de hamburgueserías conocida mundialmente. Hacía un mes había entregado una solicitud de empleo allí, y me llamaron. A través de unas gafas redondas y bajo unas cejas superpobladas, la mirada escrutadora de aquel hombre se me clavó en el cerebro desde el otro lado de la mesa.

- Mmmm - dijo, y volvió a mirar la solicitud. Dio una calada intensa al cigarrillo y soltó el humo por la nariz. 

Aplastó el cigarrillo y sacó otro que no encendió. Mientras le daba vueltas en la mano derecha, desgranó las condiciones laborales. Según iba hablando, me imaginé vestido con el uniforme de la empresa sudando como un cochino rodeado de freidoras enormes y grasientas. Las condiciones laborales eran insultantes y no demasiado legales. El sueldo, menos de 30000 pesetas. Ahí estaba el fruto del progreso. Del suyo, concretamente. 

- Aquí dice que vives en el Polígono... - dijo.

- Sí, vivo allí.

- ¿Y eso?

No entendí muy bien lo que quería decir. ¿Y eso qué? 

- Esa zona es un poco... - siguió.

- Sí, es un poco. 

Encendió el cigarrillo. Hizo los mismos malabares con él en la mano, y de repente, el local, lleno de carteles de la última película de dibujos animados estrenada en los cines, me pareció un lugar terriblemente hostil. Un sitio gris donde la gente va a hacer sudar a los desdichados. 

- Verás, no solemos contratar a personas de por allí. No digo que no vayas a trabajar con nosotros, pero nuestra política...

El tío no estaba seguro de si vivía donde el creía que vivía por la dirección, por eso preguntó. Y yo fui tan estúpido que se lo confirmé. Quién sabe lo que podría haber llegado a hacer de haber sido contratado allí un chaval de dieciocho años como yo. Ir con el revólver a trabajar, o matar a mis compañeros metiéndoles la cabeza en la freidora. O robar dinero de la caja para comprar porros en el barrio. O robar a algún cliente. O vender heroína a los niños. 30000 pesetas de mierda para mí eran un mundo. Es más, no había visto tanto dinero junto en efectivo en mi cartera nunca. Casi podía escuchar monedas cayendo de mi bolsillo, hasta 30000 pesetas huyendo de mí. Treinta talegos que minutos antes soñé gastarme en una chupa de cuero.

- Pero bueno, vete a casa e igual te llamamos. Tendré que consultar.

Igual te llamamos si todos los solicitantes de empleo han fallecido repentinamente por un virus desconocido. Tal vez te llamemos cuando chavales de clase obrera como tú, pero que no viven en un barrio marginal, decidan amotinarse en la cocina y secuestrar al encargado. Tal vez te llamemos si queremos carne de cerdo en lugar de carne de vaca, y las alegres familias que traen a sus niños podrán degustar tus jugosas carnes a la parrilla entre dos trozos de pan. Con patatas fritas y refresco a elegir. Vamos, que no te llamaremos.

El odioso encargado me acompañó a la puerta del establecimiento. Antes de despedirme con su mano fofa y sudada, me dio una palmadita en la espalda. Sentí unas ganas horribles de hacerle sentir de lo que es capaz un poligonero y romperle esa fofa y sudorosa mano y hacerle comer sus apestosos cigarrillos. Vives donde vives, eres lo que queremos que seas. Cuando ven que quizá no eres lo que suponen que eres, es casi peor: te ven como alguien digno de admiración y de pena al mismo tiempo. Tú no eres como esos. No eres un cani o un lolailo o una choni. Deberías estar orgulloso. Nadie se para a pensar que ellos fui yo. Soy yo. 

Volví a casa cabizbajo rumiando la entrevista. En aquel entonces no fui consciente de la discriminación clasista que había sufrido, sólo pensaba en la chupa de cuero. Algunos dicen que si vives en un barrio así, puedes ser como los demás, como los que viven fuera.

No. No puedes. No te dejan. Y da igual que te largues de allí, llevarás eso sobre los hombros, arrastrarás la mierda en la memoria como un elefante.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Viejos

Era un viejo grandón con la nariz y las mejillas rojas. Sus ojos claros arrojaban miradas mortecinas empapadas en lágrimas involuntarias que se limpiaba de vez en cuando con un pañuelo de tela arrugado. Miraba a las chicas jóvenes y a los chicos en la edad del pavo tonteando en la plaza, quizá añorando esa edad en la que nos volvemos gilipollas.  Arrancaba el pañuelo del  bolsillo del pantalón con bastante dificultad, pues estaba en una silla de ruedas, y tenía escasa movilidad de cintura para abajo. Las manos temblonas subían tirando de la tela que salía poco a poco del pantalón gris, y acercaba una punta del pañuelo y se recogía las lágrimas con cuidado. Volvía a meter el pañuelo en el bolsillo aunque apenas un minuto después tuviera que repetir la operación.

Se alojaban en su rostro las vidas que había visto desaparecer, y le supuraba la muerte por los poros. Allí languidecía las tardes de verano, en el soportal, pues en la plaza podrían freírsele los sesos, aunque no es seguro que eso tenga algún inconveniente cuando te está rondando el pasado y tu vida se ha vaciado desde que no te puedes mover y todo son recuerdos y el presente ya no existe más que como una molestia.

Su hija le bajaba todas las tardes ayudada por algún vecino. En el barrio no había ascensores en aquel entonces, y aún hoy son pocos los que se han construído a pesar de que el gobierno autonómico hizo todo lo que pudo para no pagar la subvención que prometió para ello. Vivir en un tercero sin ascensor es terrible para esto. 

Ya sabes cómo funciona. No solemos pararnos a pensar en ello, pero lo cierto es que si logras ser viejo, algún día dejarás de aguantarte los pedos y tus hijos te llevarán a una residencia o a sus casas, aunque no tengan ascensor y aunque tengan que bajarte de la silla, llevarte a cuestas hasta un sillón, y plegar la silla para poderla meter en casa, pues cuando se construyó tu piso nadie pensaba que algún día llegarías a viejo con esa mierda de vida que has llevado y en la actualidad no tienes el dinero suficiente para ampliar todas las puertas de casa. Eso si tienes hijos, que de no tenerlos es mejor que arrojen tu cuerpo lleno de recuerdos, de dolores y alegrías, al primer barranco que vean.  Así, te llevan a casa y bajas a la calle mientras puedes, y luego te bajan, y luego te da un parraque, todo desaparece contigo y los gusanos se comen tus recuerdos. 

El viejo del pañuelo un buen día dejó que la muerte que le supuraba por los poros le abrazara y le envolviera y le secara las lágrimas. Su hija no estaba en casa, a saber donde estaría currando, y cuando volvió se encontró huesos y pellejo en el sillón. Nadie le echó de menos allí abajo, en el soportal. 

Las circunstancias de la vida me llevaron a pasar parte del verano en un piso del Barrio de Salamanca no hace mucho. Por las mañanas cogía un libro y me iba a pasear al Retiro. Algunos viejos me miraban raro al salir del portal, no había muchos tíos con mis pintas viviendo en aquel bloque. Los señores como yo adornamos las tascas y robamos carteras. Algunos viejos en silla de ruedas paseaban por las mañanas empujados por un empleado o empleada generalmente sudamericanos. Parloteaban alegremente con sus cuidadores. Otros sentían un evidente desprecio por ellos. Se respiraba la misma calma previa a la muerte que en el viejo del pañuelo, pero en el Retiro los viejos podían dejarse ahogar en sus recuerdos mientras aguardaban. Si lloras, te limpian las lágrimas. 

Arrojadme a un barranco cuando llegue el día, por favor.

domingo, 30 de agosto de 2015

Chonis

La vulgaridad no es una choni gritando en un  barrio marginal. Infinitamente más vulgar es envolverse en un superficial y absolutamente vacío envoltorio posmo. Las personas que optan por lo segundo creen estar por encima de esa vulgar choni, y jamás hablaría de ellas utilizando esa palabra, lo que le lleva a mirar a los habitantes de un barrio marginal exactamente del mismo modo en el que miraría a una tribu perdida del Amazonas. Admira su coraje y su lucha por sobrevivir, pero hay que ser ordenado en esta vida: jamás permitas una intromisión en el barrio marginal. Deja a esos buenos salvajes a su rollo,  no te apropies de su voz. Es una bonita forma de pedir que no mires al otro lado de Disneylandia, y al mismo tiempo presentarte como un puro ser de luz, casi como un sacerdote, dejando que las cosas sigan su curso y que los habitantes del barrio marginal dejen de serlo colectivamente sin ayuda de nadie. 

Esto es muy parecido a pedir que te olvides de ellos. Como en realidad no son habitantes de tierras ignotas, como lo cierto es que viven y trabajan o están en el paro justo a tu lado, necesitas justificarte. Tampoco es una novedad: en prácticamente todos los barrios marginales de España el olvido dura ya más de treinta años, salvo para ilustrar espantosos programas de televisión sensacionalistas de presunto periodismo para que los autoproclamados ciudadanos de clase media se sientan mejor con su mediocridad.

Los términos. Lo realmente terrible de todo esto es llamar choni a una mujer. Decirle a una persona que no se autodenomine así, que está feo. No vayas por ahí diciendo que eres lo que eres. Y mucho menos digas que serlo no te quita derechos, ni te quita compartir las mismas ilusiones que el resto de los estúpidos mortales del planeta. Sólo te diferencia el morro fino para las drogas y el gusto sofisticado por banalidades musicales de sofisticada mediocridad. Unas gafas de pasta y un poco más de sueldo. La diferencia entre un 15M y los disturbios de Londres. Tú no eres de esos.

Mientras, hay que revisarse los privilegios en las olimpiadas de la opresión. Todo lo que sea necesario para parecer que haces algo y no hacer absolutamente nada. Pero orden, ante todo. Que no crucen la frontera y te restrieguen su vulgaridad y malas costumbres. Al fin y al cabo, ellas y ellos no se revisan sus privis. Que lo importante es cómo llamamos a las cosas. Lo demás viene solo.

martes, 25 de agosto de 2015

Aprende a leer

Aunque ya no me escondo como cuando era crío, está ahí, acechando. Por mucho que te cubras o busques refugio, al principio siempre está, no hay capa ni escondite en el que puedas ocultarla y no puedes dejártela en casa o enterrarla en el jardín. Siempre va contigo, aunque a veces no lo parezca, y está dispuesta a salir en el momento menos indicado. Sale cuando alguien te pregunta por una calle, y contestas entrecortadamente que no tienes ni puñetera idea de donde está, y deseas que se largue y te deje en paz, aunque cuando lo hace piensas que igual has sido grosero con esa persona.

De niño, mi madre veía en eso un problema tremendo, y ciertamente lo era. Un profesor de Ciencias Sociales que tenía la costumbre de sacar cada día a un alumno a leer de pie ante todos me gritó un día:

- Jorge Matías, lee más alto, joder.

Lo hice, y se estableció un silencio atronador en el aula mientras leía. Cuando terminé, el profesor se acercó a mí y me puso una mano en el hombro. Me hubiera gustado ser una tortuga y esconderme en mi caparazón, o tener el poder de hacerme invisible, o que un  psicópata con un hacha y una máscara de hockey entrara allí a grito pelado y se liara a decapitar a todo el mundo. El profesor tomó aire, y me dio una palmadita en el hombro, y luego una segunda y luego una tercera, y era como si me estuvieran clavando en el suelo, dios mío, podría haber aparecido en clase de los niños de 1º de EGB, o podría haberme cagado allí mismo y el profesor habría quitado la mano tal vez, y se habría apartado, pero yo seguiría allí con un buen boñigo pegado en las nalgas y deseando morir de inmediato, ahogado en mi propia mierda. El profesor volvió a tomar aire, se empujó la montura de las gafas, y con aquella voz estridente que parecía escupir por una boca del tamaño de un buzón de correos, dijo:

- Jorge Matías... te estás poniendo muy gordo.

Risas generalizadas. Mi futuro a la mierda. Moriría virgen, y no me aceptarían en ningún convento por la militancia comunista de mi padre. ¿Podían salir las cosas peor? Me vi a mí mismo más gordo de lo que en realidad estaba. A punto de hacer estallar el jersey de lana tejido por mi madre, casi sin poder aguantarme los pedos, sudoroso y asfixiado, rodeado de dedos acusadores y miradas de reprobación. El profesor volvió a empujarse las gafas y dijo:


- Si sigues leyendo así, llegarás lejos - y miró inquisitorialmente a mis compañeros de clase - así es como se lee, es perfecto, y más os valdría leer como lee Jorge en alto.

Aquel torbellino de emociones aterradoras de espaldas a la pizarra no pudo ser borrado por la segunda intervención del profesor. No no no, de eso nada. Por la tarde, en casa, me pregunté si tal vez el orden de las intervenciones no habría dado un resultado distinto entre mis compañeros, pero daba igual: no había vuelta atrás, y en cualquier caso, tal vez sí que estaba poniéndome demasiado gordo. 

En clase, cuando tomé asiento, las miradas de mis compañeros me quemaron la piel. Muchos sonreían burlonamente, otros únicamente miraban con el ceño fruncido, los menos andaban a su aire, como los gloriosos futuros delincuentes juveniles a los que todo se la traía al pairo y a quienes los profesores hacía tiempo habían decidido abandonar a su suerte. Pero qué gordo te estás poniendo, Jorge Matías.

Cuando el profesor dio por terminada la clase y salió del aula, qué risa, qué gordo. Cierto es que la intensidad de las risas duró poco tiempo, y no menos cierto es que mi cerebro preadolescente quizá estaba magnificando el asunto. Había nuevas estupideces de las que estar pendiente. Pero posteriormente, de forma esporádica, gordo gordo gordo.

¿Y el tipo del hacha y la máscara de hockey, dónde coño estaba que no hizo su aparición triunfal para llenar los periódicos?

                                  AULAS DE SANGRE EN UN COLEGIO PÚBLICO.

Dirían los diarios, pero qué satisfacción, amigo.

Me habría salvado la vida. Bueno, la vida no, probablemente habría muerto al no poder correr tanto como mis compañeros por ser gordo. El jersey me iba a estallar, como al increíble Hulk, un pequeño Bud Spencer saltándose su etapa de atleta. Valiente pedazo de mierda de profesor. En realidad no era un mal tipo, sólo un poco gilipollas, pero era como esas tías de pueblo que te ven de un año para otro y antes de decirte hola:

- Vaya, pero qué gordo te has puesto.

Lejos de contribuir de alguna manera a mi futuro como conferenciante de autoayuda en el TED, aquello me hizo agachar la cabeza y profundizar en mi timidez. Vale, ya estaba allí, forma parte de mí aún hoy, me hace temblar a veces - en momentos en los que, me cago en la leche, no debería hacerlo - y me hace parecer terriblemente torpe en no pocas ocasiones.
¿Y qué? Aprended a leer bien, que parece mentira.

jueves, 20 de agosto de 2015

Violencia

Se hartó de decirnos que trabajaba con gitanos y que no muerden. Casi todas sus intervenciones en el debate empezaban por algo así. Como el que tiene un amigo gay o una amiga negra, su visión del mundo era indiscutible pues para eso había estudiado y trabajaba con gitanos.

Nos habíamos juntado unos cuantos izquierdistas de diverso pelaje en la Casa de la Juventud para ver un documental sobre neonazis. Un skinhead de Alabama llamado Bill Riccio enseñaba a las cámaras lo nobles que eran sus acólitos, el sentimiento de hermandad y justicia, el orgullo borracho y el racismo propio de un gilipollas como él. Después de la película, los que quisiéramos podíamos quedarnos a debatir sobre el nazismo y el racismo que veíamos diariamente a nuestro alrededor.

La película terminó, y toda la juventud de izquierdas más activista que jamás vio la ciudad, salió corriendo de allí. Nos quedamos unos diez o doce, sentaditos en círculo en la sala, presididos por la pantalla donde se había proyectado el documental del pedazo de mierda de Alabama. La mujer que parecía haber organizado el evento comenzó a hablar. ¿Sabéis que trabajaba con gitanos? No muerden.

Yo era muy joven. Me sorprendió que prácticamente no me dejaran hablar. Al final, sólo quedamos siete personas. Todas ellas con algo importante que decir. Se escuchaban fuera los gritos de niños jugando en el parque, perros ladrando y coches frenando. Todo el runrún de la ciudad golpeando las ventanas empezó a adquirir el mismo significado que las palabras de los que no paraban de hablar dentro del edificio de una única planta de la Casa de la Juventud. El sonido se mezclaba en mi cabeza como una melodía extraña: los había hablando de Maquiavelo, o hablando de Rudolf Hess, o de los gitanos con los que trabajaba aquella mujer, y un camión pitaba fuera. Toda aquella batidora de voces y sonidos de la calle, aquel cóctel, me era absolutamente ajeno. Fue la primera vez que me di cuenta.

En realidad allí todo el mundo había ido a escucharse a sí mismo. A presentarse como estupendas personas preocupadas por los problemas sociales de la ciudad, pero estableciendo una distancia entre ellos y "nosotros". Esa distancia estaba implícita en "yo trabajo con gitanos".

El hecho era que precisamente yo era el único que vivía con gitanos. Y sabía perfectamente que a los gitanos y gitanas del barrio les sudaba la entrepierna Maquiavelo cosa mala y podría haber explicado muchas cosas sobre un barrio como el mío. Para la organizadora del evento, una mujer rubia de pelo corto de poco más de treinta años, los gitanos no eran muy distintos de las tribus perdidas del Amazonas. Una cultura milenaria a la que respetar con sus ritos y costumbres, y a la que las comodidades del Primer Mundo les son prescindibles, pues para eso los propios habitantes del Primer Mundo lo han decidido así y mientras tanto sus niños juegan entre montañas de basura.

No supe identificar el sentimiento que me estaba quedando dentro cada vez que intentaba hacerme escuchar. En seguida venía uno o una a recordar que estudiaba esto o había estudiado lo otro o que trabajaba con gitanos o que una vez vio a un yonqui. El tema que habíamos venido a debatir ya no existía, pero es que en realidad ya no existía ningún tema, sólo las entrepiernas de los allí presentes. El sentimiento que tuve yo, un chaval con una chupa de cuero robada a su hermano mayor y con las zapatillas rotas, machacando los dos cigarrillos que le quedaban en el bolsillo del pantalón, era de profundo asco. No me siento muy orgulloso de ello.

Abandoné la estancia y salí a fumar. Entre calada y calada valoré la posibilidad de largarme sin despedirme. Me asomé a la ventana y les vi allí muy concentrados en sí mismos, en hablar bien, en presentarse constantemente. Terminé el cigarrillo y me fui.

Al volver al barrio, algunos gitanos con los que había ido al colegio, me saludaron con un leve movimiento de cabeza. Quizá, pensé, el debate seguía en la Casa de la Juventud. Años después, unos skinheads me dieron una paliza con porras telescópicas y otros bonitos abalorios. Uno de ellos me rajó la camisa con un cuchillo de montaña. Salvé el culo porque un currela amigo mío vio el panorama mientras iba con su coche e intentó atropellar a los nazis. Se montó la de dios. La paliza me la dieron justo frente al edificio de la Casa de la Juventud, a escasos metros de la estancia donde vimos el documental y donde aquella mujer dijo trabajar con gitanos. Esa noche, dolorido y humillado, volví al barrio desde la comisaría, y las cosas seguían exactamente igual. Quizá aquella mujer ya no trabajaba allí. Sentí asco por todo.



lunes, 10 de agosto de 2015

El lobo

Para fumar, tenía que salir de la pista de la gasolinera. Allí me encogía, de noche, bajo dos chopos, y encendía un cigarrillo. El turno de noche debía ser un suplicio para quienes no fumaban. A mi derecha, las tenues luces de las farolas de la ciudad brillaban para alumbrar a los monstruos. A mi izquierda, la pista de la gasolinera, y tras los surtidores y el lavadero de coches, descampados y una rotonda. La luz de la tienda 24 horas caía sobre los cadáveres de gasolina de algún país de Oriente Medio. Y yo fumaba en mi rincón, embutido en un mono demasiado estrecho y cubierto por una chaqueta demasiado grande llena de quemotes de cigarrillos de vete tú a saber quién. 

Tardé en darme cuenta. El Mercedes aparcado entre los chopos y el edificio del restaurante no estaba vacío. A unos tres metros de mí, un hombre hablaba por teléfono dentro del vehículo. Había aparcado de medio lado para poder caber en aquel espacio demasiado reducido para un coche tan grande, le vi sonreír con el teléfono pegado a la oreja. Le alumbraba la luz interior. Tenía algo más de cincuenta años. El pelo algo grasiento peinado hacia atrás, la nariz grande y los ojos pequeños, la cara roja de quien se afeita a diario concienzudamente. Llevaba traje y corbata y gesticulaba con vehemencia. De vez en cuando bajaba la mano libre y la veía desaparecer en algún lugar de su entrepierna. Cuando reía dejaba ver unos dientes lobunos de mucho reír, y cuando se ponía serio sus labios colgaban haciendo un mohín de desaprobación. A veces cerraba los ojos y movía la cabeza hacia atrás, casi mirando al techo, y volvía a bajar la mano libre que desaparecía bajo el volante. Resoplaba y hacía aspavientos.

En el turno de noche, de vez en cuando, los macarras intentan irse sin pagar, o robar un paquete de chicles en la tienda, o ligar con la cajera. De la oscuridad del descampado surgen los muertos vivientes, con los pantalones rotos, llenos de arena o heridas. En algún lugar entre el final de la ciudad y el comienzo del siguiente pueblo, alguien está inyectándose heroína, preparando una muerte segura con la lentitud de quien sabe que va a ocurrir pronto. Los monstruos de fin de semana son distintos: borrachos o fumados, o hasta el culo de todo, pero de heroína no, que eso es de yonquis. Estos son los peores de todos, pues vienen limpios y no tienen ganas de morir, y está todo al revés. La noche esconde secretos que no están en los garitos, están fuera, y el hombre del Mercedes formaba parte de ellos.

Su mirada de ojos pequeños pareció posarse en mí. Me encogí un poco más tras el árbol y escondí lo que quedaba del cigarrillo a mi espalda. La mirada seguía allí, atravesando la penumbra o tal vez descubriendo mi silueta recortada por las luces de la gasolinera. Tardé en descubrir que estaba vacía, que no miraba. Se le cayó el teléfono.  Sus ojos brillaron al borde de las lágrimas, y volvió a mover la cabeza hacia atrás poniendo los ojos en blanco. Los botones de la camisa parecía que iban a salir disparados, la corbata se descentró, y de repente se incorporó brutalmente hasta casi dar con la cabeza en el parabrisas. Me encogí un poco más a punto de volver a la pista, y entonces el monstruo se relajó. Bajó la mano a la entrepierna y agarró algo. 

Estaba tirando de la prodigiosa cabellera oscura de una mujer negra. Era una chica joven, tan joven que podría ser la hija del lobo si no fuera porque la gente decente no va por ahí acostándose con negras. Ella se incorporó en el asiento del copiloto. Me pareció que aguantaba la respiración. El lobo abrió la guantera del coche y sacó una caja de pañuelos de papel. Se los ofreció a la mujer, que se acercó un puñado de papeles a la cara y escupió en ellos toda una eternidad de apenas treinta años. El lobo metió la mano en el interior de la americana y sacó la cartera. Cogió despreocupadamente unos cuantos billetes que no pude distinguir y se los tiró a ella al pecho. 

La mujer salió del coche mientras el lobo la despedía con movimientos de las dos manos. En realidad intentaba quitársela de encima, como el que espanta odiosas palomas que le ensucian los asientos de cuero. Ella pasó a mi lado con la vista perdida en algún punto de la noche y el paso rápido. Se perdió en la oscuridad en dirección a la rotonda. En el coche, el lobo buscó el teléfono a tientas bajo el asiento. Lo encontró, se subió la bragueta y llamó a alguien. 

De vuelta a la tienda, un compañero me miró, riéndose. Comentó algo de la mujer negra, a la que había visto atravesando la pista de la gasolinera. Un buen rato después salí a la pista otra vez, y descubrí el puñado de papeles donde había escupido. Fui al vestuario y saqué una escoba y un recogedor. 

En algún lugar de la ciudad, el lobo dormía, al acecho.

jueves, 30 de julio de 2015

Cadáveres

El lunes no vi a la pareja.

Surgen de entre los amenazadores edificios de ladrillo y hormigón, bajo los soportales que miles de veces he recorrido desde niño. Suben al autobús para ir a la Avenida de América a la misma hora que yo cuando salgo del trabajo. Ella lleva un gorro de tela vaquera para cubrir la calvicie causada por el tratamiento. El gorro ensombrece dos ojos pequeños y escrutadores. Tiene la nariz aguileña y los labios finos. La piel tiene aspecto pergaminoso. 

Él fuma alejado de la mujer a la espera de que llegue el autobús, y aplasta el cigarrillo negro en el césped antes de sentarse junto a ella. Los dos se cuecen al sol de julio, que aplasta los ánimos y pega la ropa al cuerpo. Aún conserva cierto aire de chulo de barrio, de andares adolescentes, de qué coño miras y ponme una Castellana. Tiene el pelo blanco, la nariz enorme, el cuerpo delgado y la mirada algo perdida. Cuando llega el autobús, ambos caminan con decisión, ella delante, y una vez dentro, él busca un sitio donde no de mucho el sol para que ella se siente y permanece de pie a su lado. A veces ella le quita algún trozo de papel quemado del cigarrillo de las mejillas y ambos sonríen mirándose a los ojos.


Cuando salen del barrio, ella cruza la calle a pasitos cortos y muy rápidos y él va perdonando al mundo con los brazos bamboleándose al caminar. Dos jubilados anunciando la evidente decrepitud de la zona, dos sepultureros de la memoria que no han querido o no han podido salir de allí. 

Entre miradas cómplices, se puede ver el miedo. Cuando llegan a Madrid, ella baja a una velocidad asombrosa del vehículo seguida de él, supongo que de camino al Gregorio Marañón o al Hospital de la Princesa. Tiene prisa por terminar con el tratamiento, como la tenía mi madre. Pero el miedo está ahí. Lo puedo ver.

Lo veo en sus ojos, en los de ambos, como un secreto compartido. Quizá tengan un pacto no escrito y nunca hablado sobre ello: no pensemos en eso ahora. No pensemos en eso nunca.

Vivir con esa incertidumbre es muy complicado. Hay un nudo en el estómago constante que intentas tapar con risas o hablando de cualquier estupidez. Si haces ruido, quizá no escuches que tal vez no exista un mañana para uno de los dos. Así que haz ruido. Él habla a veces sin parar, y suena a como suena el barrio, todo muy de chulería castiza. Ella también, con su hilo de voz aguda pero firme. Cuentan chascarrillos o las historias de algún compañero o compañera de terapia. Alguna vez el silencio ha sacado el hacha al hablar de alguien que ha muerto. Esto sucede sin que se den cuenta, con naturalidad. Cuando ocurre, él se mira los zapatos y ella aprieta los finos labios y se me llevan los demonios. 

El lunes no estaban y pensé que quizá había llegado el día, el final de una u otra forma. Tal vez la curación. Me vi un poco estúpido cuando el martes los encontré allí y él me saludó arqueando las cejas y sentí alivio. Tal vez le suene del barrio, no lo sé. 

Tal vez no se amen, no se quieran. Pero igual se comprenden y necesitan. La naturaleza no comprende y no te necesita, le eres indiferente.  Sólo eres un trozo de materia que se está deteriorando casi desde el día en el que naciste. Estás muriendo constantemente, como el barrio, nacido muerto. El barrio tampoco te comprende ni te necesita, es materia que engulle materia que de vez en cuando escupe a uno de nosotros lejos de él, y al que das la espalda con una extraña sensación de alivio y melancolía. 

Al menos, ellos se tienen. Quién sabe si hasta el próximo lunes.

Nos morimos.



lunes, 6 de julio de 2015

Saltamontes

Corrió por la lúgubre calle del Clavel, justo detrás del Paseo de los Curas, a escasos metros de la frontera con el casco histórico. Llevaba el radio casette de un coche apretado contra el pecho. Los pantalones elásticos, ceñidos sobre las dos horquillas que tenía por piernas, le daban el aspecto de un saltamontes. Las greñas - el peinado que en Estados Unidos se conoce como mullet y en mi casa como lerele - daban saltitos en el cogote mientras se acercaba a la mole de hormigón del barrio, el castillo del lumpen. Atravesó el parque y se perdió en los soportales. Detrás de él, un hombre de unos cuarenta años de aspecto más saludable dio por perdido el objeto del robo. En aquella época, no había muchos valientes dispuestos a cruzar esa carretera.

Fue un yonqui tardío, un drogadicto incomprensible. Llegó tarde a la heroína, cuando las agujas ya habían dejado un reguero de cadáveres ante la indiferencia absoluta de las autoridades. Tenía mi edad, de niños jugábamos en la plaza, junto con sus hermanas y hermanos, a los que costaba distinguir, todos con esos ojos oscuros incrustados en el cráneo, como botones negros. Una vez me pisó el pie con la bicicleta y su hermana me pidió disculpas en su nombre. Era un yonqui muy tonto, en realidad. 

No había marrón en el barrio que no le tocara a él. Antes que la heroína, fueron los mamporros los que le hicieron perder los dientes. Y los que le dejaron la nariz hecha unos zorros. Llegó un momento en que los progenitores se le fueron muriendo y sus hermanos y hermanas abandonando, y convirtió el piso, una vez solo y su familia independizada de él, en un auténtico búnker o una chabola en un tercer piso, según se mire. 

En una ocasión alguien le dio un palo a un albañil del barrio. Entraron en los trasteros del portal y le mangaron todo lo que tenía, incluída una taladradora Hilti que costaba un pastón. Nadie sabía, nadie conocía, nadie vio nada, pues las paredes de hormigón tienen eso, que te guardan el secreto y te esconden las vergüenzas en la penumbra. 

Imagino que D., el yonqui tardío, no se lo esperaba, pero un colega del albañil llamó al telefonillo y le dijo que bajara. Y bajó. Y se llevó una carracuca que aún le deben estar temblando las rodillas al recordarlo, si es que sigue vivo. Mientras le pegaba con el casco de una moto, no dejó de preguntarle que donde estaba la Hilti. Después de curtirle el lomo durante unos minutos interminables, le dijo:

- Mañana quiero que todo lo robado aparezca donde debe estar.

Así fue. Al día siguiente todo lo robado apareció en el trastero. D. estuvo unos días deambulando por el barrio con la cara como un colchón y doblado sobre sí mismo. Es poco probable que él tuviera algo que ver con el robo más allá de haber dado el soplo, pero se comió el marrón entero: la parte que le correspondía y de regalo la de los demás. Su enclenque constitución drogodependiente no daba para cargar con todo aquello a ningún sitio, bastante tenía con cargar con su alma entumecida.

Su hermana pequeña volvió al barrio. Y trajo a una niña de unos dos años que era siniestramente parecida a su madre, sus tíos y sus tías. La mujer intentó ayudarle a dejar la mala vida. Le encerró en casa, y él se quiso tirar por la ventana. Ella no ganaba para disgustos, así que se fue por donde vino. 

La ventana de la cocina se ve desde la casa de mi padre. Tiene media persiana torcida y una tabla pegada con celofán tapando el roto del cristal. El tendedero que da a la calle, está tapado toscamente con ladrillos, allí están lapidados los ánimos y allí encerró D. su futuro para que no fuera a ningún sitio.

No sé donde está, aunque probablemente esté muerto. Su cuerpo de ortóptero ya no deambula por el barrio, y el mío, orondo, tampoco. Y me pregunto qué pasó con nosotros, qué me mantiene vivo, y dónde estarán su hermana y su sobrina.

domingo, 31 de mayo de 2015

Morir

No sé si has visto morir a alguno. Mueren invadidos de miseria y enfermedades. Aunque para morir hay que estar vivo, y no es seguro que lo estén. Tal vez sueñan antes de morir, y en ese sueño recuperan los dientes, y desaparece el sarcoma, y van limpios y viven en una casa, no en un poblado, no en un local vacío con un cubo en un rincón donde hacen sus necesidades, y no tienen cicatrices en los brazos, ni tienen que salir a pillar, ni la morfina invade sus cerebros, ni asoman los dedos de los pies por el roto de las zapatillas. Tal vez sueñan que comen bien, y descansan en una habitación aséptica, que huele a limpio, y hasta tienen un cuarto de baño. Tal vez sueñan que no hay otro yonqui cerca robándoles en un descuido o discutiendo por estupideces. Tal vez sueñan así, en el último suspiro, con la última dosis, y tienen mofletes en lugar de pómulos y la tez blanca o morena, pero no amarillenta, y tal vez es como volver atrás, antes de la aguja, antes de las colas de la metadona, antes de ir al Lianchi o a San Blas o a la Cañada Real, antes de robar y antes de la cárcel.

- Le conozco de trabajar en Urgencias, tiene todas las enfermedades que te puedas imaginar y las que no también. Lo increíble es que siga vivo - me dijo un tipo.

Ojalá tengan un último sueño, unos instantes de felicidad falsa y efímera

Pero no. Seguro que mueren solos, como aquel, mi vecino, con su perro pulgoso y sucio que aulló toda la noche frente al cadáver sobre un colchón que olía a excrementos. Y el perro está solo y el hombre está muerto, y ya es tarde para soñar, y lo único que queda es el dolor dentro de un perro. Un perro vivo y un perro muerto, un local abandonado, una aguja. Muerte
.

Pero yo te recuerdo.

viernes, 1 de mayo de 2015

1º de mayo

Atravesamos nuestro barrio y Nuestra Señora de Belén, el barrio vecino, hasta llegar al descampado. En aquellos entonces, no había nada allí, solo hierbajos, escombros, y algún yonqui languideciendo. A nuestra derecha, el puente de Liade, que sigue hoy manteniendo su nombre aunque la empresa Liade ya no existe, y al fondo, el edificio de Ibelsa (Zanussi) y el de ZUL, la central lechera alcalaína, que también murió, como todo en esta ciudad.

Mi madre llevaba una bolsa con comida, al igual que M. que tenía a su marido encerrado en la fábrica, en huelga. Mi padre nos guiaba por los descampados, y los hijos de M. y C. jugaban conmigo. 

Era 1986. Yo tenia once años cuando Ibelsa decidió poner en marcha un plan de reconversión y mandar a casi quinientos trabajadores a la puta calle, pues en eso, únicamente en eso consistía el plan. No hubo reconversión de ningún tipo. La empresa contaba con mil empleados. El conflicto fue tan tenso que cuando los directivos entregaron las cartas de despido, los trabajadores retuvieron a sus verdugos durante varias horas, entre ellos al pusilánime director de la fábrica, al jefe de personal y a dos jefes de producción.

Aquel día, llegamos a Ibelsa y nos sentamos en los jardines. Por todas partes había grupos de familias en la misma situación, aquello era un curioso picnic del hambre futura, una lucha desigual y constante. Los trabajadores de ZUL, justo al lado, pasaban leche y productos lácteos a los compañeros de Ibelsa a través de la valla. C. estaba muy cansado.

- Estoy hasta los cojones de comer pollo - dijo al vernos.

Mi madre le había llevado cocido. 

No recuerdo cuanto tiempo estuvieron allí encerrados, pero sí que C. perdió su trabajo. Una familia con tres hijos a los que alimentar. Cientos de familias se vieron con el culo al aire después de una lucha muy dura.

C. se puso a pintar casas con mi padre mientras estuvo en el paro. Mi viejo salía de su trabajo para ir a pintar con él, y así estuvieron muchos meses, hasta que C. encontró un trabajo en una empresa que fabricaba cerraduras.

Los trabajadores de Ibelsa perdieron, y aún hoy C. tiene feas palabras para esquiroles, directivos y presidentes de la Comunidad de Madrid de entonces. Mi viejo también. Ambos están unidos por una vieja amistad, por unas ideas, un barrio y un sindicato. Cuando viajo a Madrid hoy, veo los edificios de la empresa, que aún conservan el nombre de Zanussi en uno de ellos. Poco a poco, han ido vaciando el recinto de trabajadores. El edificio de oficinas está abandonado, y lo que fue la fábrica funciona a medio gas hoy como empresa de logística y océano de precariedad. No me cuesta imaginar la tristeza que eso provoca en mi viejo y en C. al pasar por allí, la angustia de la lucha perdida y el orgullo de plantar cara.

C. y mi padre se conocen de toda la vida. Su amistad comenzó cuando aún eran adolescentes, en las Tierras Altas de Soria, donde ambos eran pastores. Esa amistad se hizo más fuerte cuando nuestras familias vinieron a Alcalá a buscarse la vida. La Alcalá industrial, hoy muerta. Por encima de todo, estos dos viejos han sabido mantener su amistad hasta el día de hoy. Están jubilados y juegan a las cartas a diario. La semana pasada fueron juntos a por setas. Trajeron colmenillas y mi padre hizo arroz con ellas. 

Dos trabajadores que tienen mucho que contarse aunque lo sepan todo el uno del otro. Dos hombres con conciencia de clase a los que nada en la delirante historia reciente de este pais ha logrado separar. 

Va por ellos. Feliz 1º de mayo. Viva la lucha de la clase obrera.

domingo, 5 de abril de 2015

Las mejores familias

F. subió a las escaleras de hormigón para poder ver a su madre. Era demasiado bajo para su edad, trece años. Estaba nervioso, flexionando las rodillas, izquierda y derecha, izquierda y derecha, como si se estuviera meando. La camilla salió del portal. Dos chicos jóvenes habían bajado desde un 3º sin ascensor aquel cuerpo en vías de extinción, y a F. el corazón le golpeó en el pecho cuando el montón de carne parcialmente cubierto se dirigía hacia la ambulancia. El rostro que se dejaba ver miraba al techo de los soportales. Una mueca de dolor y de que se le escapaba el aire, una mujer rota por fuera, ajada como un juguete viejo.

- Mamá... - susurró F.

Sus hermanas le agarraron para llevárselo de allí mientras la madre desaparecía en el interior del vehículo. Las puertas se cerraron, y F. ya no pudo hablar, sólo le salían sonidos guturales y las lágrimas resbalaban por las mejillas para desembocar en las comisuras de los labios y en la barbilla, dejando surcos en su rostro sucio de juegos de barrio. Al rato, el silencio se impuso, un silencio que era el anuncio de que jamás volverían a ver a su madre viva. Lo supe porque mi madre estuvo muy triste en casa ese mismo día.

Quedaba el padre, claro. Pero estaba en la cárcel. Era un hombre que jamás conoció un peine, y al que le faltaban casi todos los dientes. Tenía un tatuaje trenero en el brazo izquierdo, una mujer con los pechos al aire, apenas un dibujo infantil. Cuando vivía en el barrio, iba a trabajar con una bolsa de deportes de Naranjito en la que llevaba el almuerzo. Los trabajos le duraban poco porque tenía que invertir parte de su vida en beber, y uno no puede estar en todo. 

Dos hijos y tres hijas, una madre muerta y un padre en la cárcel y comer con lo que les daban en Cáritas o lo que les daban algunos vecinos si ningún miembro de la familia tenía trabajo. F. era el hijo pequeño, al que se le descompuso el alma al ver partir a su madre.

El padre salió del cautiverio y volvió al barrio. Traía la bolsa del Naranjito, y un color amarillento adornando los ojos. Venía con menos dientes, si es que eso es posible, y aún no se había peinado. Sonrió a su hija mediana, en la puerta del portal, y se abrazaron, y ya nadie se acordó de qué le había llevado a la cárcel, y es que quizá daba un poco igual, se estaba muriendo y sería un alivio.

C., la madre de F., solía sentarse en verano en la plaza, en uno de los bancos de hormigón, con una botella de vidrio llena de agua helada y una bolsa de pipas. Cruzaba las piernas maltrechas y varicosas y las estiraba sobre la tierra, apoyando los talones que apenas cubrían las zapatillas en el suelo. Se puede ser feliz cuando un marido sin dientes está en la cárcel, o al menos intentarlo. 

Yo jugaba con sus hijos. Íbamos al parque que separa nuestro barrio del casco antiguo, y desde la parte de arriba  del tobogán podíamos ver parcialmente las películas de kung fú que proyectaban en el cine de verano, justo enfrente. Una vez, cavando en la tierra del parque, encontramos una cartera vacía y las llaves de un Talbot. Una vez me caí en el terrible asfalto que circundaba el recinto con arena de los columpios y aún conservo la cicatriz en la rodilla derecha, y mi madre y la hermana de F. me limpiaron la herida. 

A veces, eran felices, pero duraba poco. Han ido acumulando varias generaciones de desgracias desde la muerte de sus padres. Las más grandes se daban en silencio, las que no incluían sangre, se entiende. Las que marchitan en silencio, que te van minando con sigilo, que te recuerdan que no formas parte de nada más que tus miserias. 

Pasaron los años, y tanto F. como yo ya no éramos como fuimos. Creí que nunca le volvería a ver cuando se largó por ahí a trabajar con apenas dieciséis años. Las noticias no eran buenas: rumores de lo mal que le iba que se fueron apagando a medida que todos nos olvidábamos de él. Hasta que volvió.

Llegó en un coche nuevo, un todoterreno. Salió del vehículo, y se dirigió a la parte de atrás. Abrió una de las puertas y hurgó en el interior del coche. Sacó una niña de unos tres años que se puso a corretear por allí. Una mujer morena de rostro risueño salió del lado del copiloto, y los tres se juntaron en el aparcamiento. Venían de visita, pues aún les quedaba gente sufriendo aquí.

El recuerdo de las llaves del Talbot en la arena del parque me vino a la mente, y quise pensar que en algún momento de su vida, o quizás en ese mismo instante, a F. también. Nos saludamos apenas, con un movimiento tímido de cabeza, y me fui a lo mío. Dos personas absolutamente diferentes, unidas por un recuerdo bobo, pero unidas de alguna manera, de esa manera en la que se pueden unir dos extraños.

Periódicamente, recuerdo a C., moribunda, en la camilla, dejándose el alma en el barrio y viajando con su cuerpo al cementerio.

lunes, 23 de marzo de 2015

Apellidos de la pobreza.

En el barrio siempre ha habido pobreza. Se hacía patente, entre otras muchas formas,  cada vez que un piso volaba por los aires por la mala utilización de una bombona de butano, y aquello era un festival de cotillas, de personas seriamente preocupadas, de bomberos y policías.

- Señora, hay que tener cuidado con el butano - decía un agente.

Y la señora, en bata, aturdida y con los ojos llorosos, asentía e intentaba permanecer en pie, destrozada por dentro más que su vivienda por fuera. Ser pobre cansa. A ninguno de los que vieron cómo sus salones o sus cocinas saltaban por los aires por un fogón mal apagado o una estufa catalítica fabricada en tiempos inmemoriales, se le había ocurrido nunca que su pobreza pudiera tener apellidos. Si no podías pagar la electricidad, o el gas, era poco probable que te sobrara la pasta. Si dejabas de pagar algo, era para poder pagar otra cosa más importante, mera subsistencia. Si pagas la luz o el gas, quizá hay que alargar la vida de los zapatos de los críos, o comer menos carne, o no salir nunca, o no coger el coche, o sacar punta a los lapiceros de los niños hasta que apenas midan unos centímetros. En cualquier caso, la pobreza estaba ahí, y no tener gas o luz era una forma de salir adelante. Hoy a esto lo llaman pobreza energética.

Existen múltiples pobrezas, parece ser: pobreza hídrica, si no tienes agua. Y si no tienes casa, necesitas una solución habitacional, vamos, lo que viene a ser una vivienda de toda la puta vida, pero en versión telediario. Imagínate, necesitar una solución habitacional para luego no poder pagar la luz y el agua y sufrir pobreza hídrica y energética, o dejar de pagar la solución habitacional para poder dejar de ser pobre hídrico y energético, o no pagar ninguna de estas cosas para no sufrir inseguridad alimentaria, y al no pagar la solución habitacional, ser finalmente pobre hídrico, alimentario, energético, pobre de abajo y pobre de arriba, y todas las formas de ser pobre que en realidad son una: pobre. Pobre-pobre. Y así no hay solución, ni habitacional ni ninguna otra.

La pobreza hoy es eso que avergüenza más que antes, que la gente estaba tan cansada que le daba igual que se le vieran las costuras. Pero sigue siendo la misma, aunque antes podías sentirte mejor señalando la pobreza de otros  y pensando que a ti no te iba a tocar. De ahí los apellidos de la pobreza.

No es aquí donde vas a encontrar una pobreza determinada. Siempre hemos sido campeones en pobreza en este barrio y en otros cientos de barrios del país, una pobreza de Campeonato Nacional de Pobreza Multidisciplinar, medalla de oro en todas sus provincias, campeones indiscutibles de la mugre y de lo que es mejor no querer ver, auténticos atletas de la miseria, equilibristas en el filo de la exclusión, los deportistas de a ver qué hay mañana jugando en el circuito nacional del extrarradio. Antes éramos la élite, hoy quizá puedan desbancarnos, o quizá igualar nuestros récords. Cosas de la crisis. 

Quizá lo entiendas si piensas que, de haber pobres con tantos apellidos, habrá ricos con los mismos. Riqueza hídrica, ya ves. Todo con tal de no admitir que existen pobres, más de los que creías, y que te puede tocar a ti.

sábado, 7 de marzo de 2015

Cosas del Primer Mundo

En aquellos años nos juntábamos en el parque para fumar y beber litronas los fines de semana antes de meternos en algún garito feo sucio y ruidoso. Una noche de viernes, dos chicos con indumentaria oficial de lo alternativo de aquellos entonces, uno de ellos, alto y delgado, cargando una mochila, se acercaron a nuestro banco. Nos entregaron un panfleto del montón que extrajeron de la mochila, apenas un folio doblado por la mitad, nos dieron las gracias y se largaron de allí a panfletear a otros.

El panfleto advertía: no comas en
McDonald's ¿Era por su mala calidad? ¿Por el bien de tu colesterol? No, nada más lejos de la realidad, en el más amplio sentido de la expresión.

Según el panfleto, alguien, un señor o una señora en Estados Unidos, había descubierto que la empresa de comida rápida no vendía carne de pollo o de vaca. En realidad, habían desarrollado una tecnología que les permitía criar miembros de pollos y vacas. Me explico: en una fotografía borrosa, como toda la fotocopia, se veía algo parecido a un muslo de pollo enchufado a unos cables. Las fotografías venían acompañadas por un texto horroroso lleno de tópicos que me interesaron menos. Me interesaban las fotos. Mostraban una tecnología como de película de James Whale, era todo bastante ridículo. Si no querían que matáramos animales para comer carne, ¿qué problema había con eso? Y si en realidad alguien estaba haciendo muslos de pollo sin el resto del cuerpo, ¿en serio había que tragarse que eso se conseguía enchufando lo que fuera a unos cables? ¿Habría en aquella fábrica algún sirviente parecido a Marty Feldman? Me imaginaba aquellos muslos de pollo palpitando con las sacudidas eléctricas, creciendo a gusto del consumidor: muslos de 100 gramos, de 500, muslos de un kilo y una tonelada de muslo de pollo. También habría pechuga, latiendo como un corazón delator. Un científico sin peinar con una bata roñosa sonreiría tras ellos.

Creo que esa fue la primera vez que fui consciente del miedo que siente parte de la izquierda a la tecnología. Aún no sabía nada sobre anarcoprimitivismo o neoludismo, pero ya me empezaba a chirriar toda esa gente. 

Había un tío que solía frecuentar el parque que llevaba una camiseta con la imagen del retrato robot de Ted Kaczynski, el terrorista anarcoprimitivista más conocido como Unabomber. Creo recordar que hasta existía una banda de hardcore llamada así. Kaczynski era un matemático con un cerebro privilegiado que con el tiempo se transformó en un gilipollas asesino. Digamos que atravesó la línea que separa el abrazar árboles del envío de cartas bomba. Las razones por las que se consideraba a un indeseable como él un héroe, siempre me chocaron, y más aún cuando veías a un tío con una camiseta con su presunta efigie que seguramente había sido impresa con tecnología. Hasta el propio Unabomber acudía a enviar sus paquetes bomba en bicicleta, y la bicicleta es tecnología. Por mucho que se fuera a vivir al bosque, como hizo, rodeado de mierda y harapos, quienes siguen las ideas de este señor tienen acceso a internet. Todo eso me sonaba terriblemente reaccionario. 

Cosas del Primer Mundo.

Timothy McVeigh, el racista de extrema derecha que perpetró el atentado contra el edificio federal Alfred P. Murrah en Oklahoma, donde murieron 168 personas, niños incluídos, era también un gilipollas. Cuando David Koresh y los suyos fueron asediados en Waco por el FBI, McVeigh intentó sin éxito acercarse al edificio de los davidianos. Las autoridades impidieron su paso, y se largó por donde vino.

En 1995, Ted Kaczynski fue detenido en su mugrienta cabaña gracias a un chivatazo de su propia familia. Fue internado en la prisión de máxima seguridad de Colorado, y dos años después, compartió bloque de celdas con Timothy McVeigh y algún otro gilipollas. Al parecer, la conducta de Kaczynski entre rejas siempre ha sido bastante antisocial, lo cual suele ser común entre iluminados salvadores del planeta, que no ven con buenos ojos eso de que les metan en el mismo sitio con la chusma miserable y mundana que pretende liberar. Aunque Unabomber no es un racista, al parecer se llevaba bastante bien con McVeigh. Y esto es lo realmente reseñable: se llevaban bien debido a que ambos eran profundamente reaccionarios. El asesino McVeigh recibió la inyección letal a la que había sido condenado el 11 de junio de 2001. Kaczynski sigue entre rejas.

Reaccionaria es la oposición a la tecnología y a la ciencia, y reaccionario es el racismo y la xenofobia, así que los dos tenían mucho más en común de lo que al tío aquel de la camiseta de Unabomber le gustaría creer. Como aquellas personas preocupadísimas por comer sano que los fines de semana esnifan cocaína, fuman porros y se beben cuarenta cubatas, pero se preocupan mucho de que su papel de fumar no contenga transgénicos.

Una vez comí en
McDonald's, y pedí una hamburguesa de pollo. 

Daría mi vida por volver a encontrar ese panfleto.

domingo, 22 de febrero de 2015

El circo.

Si miras al hombre de espaldas, parece un payaso de circo. La calvicie le ha dejado una isla de pelo desde las sienes hasta la nuca, de color blanco. Como no se lo corta a menudo, se le encrespa y le da ese aspecto, a lo Charlie Rivel. Viste con ropa de trabajo, aunque tiene edad para estar jubilado. Tiene la cara surcada por engañosas líneas del tiempo, por lo que no es fácil asignarle una edad aproximada. La calle curte a las personas, las convierte en mojama, pellejos vivientes en una percha de huesos.

Al salir tarde del trabajo, no queda mucha gente en el polígono, y los que quedamos vamos largándonos de allí sin mirar atrás.  Esa tarde volvía a casa andando, y al pasar por la nave okupada por la extraña familia que lo es por necesidad, vi al payaso tirado en medio de la carretera, frente al edificio, con los ojos cerrados, un brazo estirado y el otro cogiéndose el pecho, las piernas encogidas, apenas una horquilla liviana en el asfalto. Unos metros más allá, un coche de alta gama de color rojo cortaba la calle, y un hombre trajeado hablaba histéricamente con alguien por teléfono.

Me detuve unos instantes, y al cabo de unos segundos otros trabajadores del polígono se fueron arremolinando alrededor de la escena. El hombre trajeado se guardó el móvil en el bolsillo del pantalón. Cruzó los brazos en el pecho y miró burlonamente al payaso, que mantenía la misma posicion.

- Lo hace otras veces. Se tira a los coches - dijo uno.

Miré al edificio okupado. Ninguno de los compañeros del payaso salió a auxiliarle. Estaban allí, en la parte superior del edificio, pero bastante tendrían con lo suyo.

Seguí mi camino, y me encontré con el dueño del restaurante, que me confirmó que el payaso se tira encima de los coches al pasar. Parece ser que el hombre busca algún tipo de indemnización, o quizá comida caliente, vete a saber. A lo lejos, suena la sirena de una ambulancia y quizá la policía. 

- A ti no se te tira, que no tienes coche - dijo entre risas el restaurador.

Me vino a la mente el tipo sin dedos del metro, que pide dinero mostrando los muñones, que habla como si no supiera hablar, a gritos, y pide disculpas con voz normal si se tropieza contigo al pasar. O el hombre de la pierna hinchada, con el pantalón remangado hasta la rodilla, paseando el grosor enfermo por todo el vagón. Y el tipo sin brazos que pide en la Puerta del Sol con un vaso de litro en la boca, agitándolo para que suenen las escasas monedas que lleva dentro. El libre mercado de miserias tiene una de las más amplias gamas de productos del planeta, y es el más libre de los mercados, pues es de las pocas cosas que puedes comprar en cualquier sitio, y siempre es barato, pues siempre hay excedente de desgracias.

Al día siguiente, el payaso tomaba café en el jardín junto al edificio, visiblemente somnoliento y evidentemente pobre.

domingo, 8 de febrero de 2015

Nuevos modelos de familia

Es un edificio pegado a una nave contigua.  El dueño de la empresa se vio obligado a cerrar, y lo puso todo en venta. Como nadie la compraba, lo puso en alquiler. Como nadie quiso alquilar, abandonó el edificio y la nave a su muerte.

Los chatarreros limpiaron bien la nave. Arrancaron todos los marcos de metal, las vallas que  rodean el jardín a la entrada, los cables, los saneamientos, los cristales, las tuberías, las puertas. Provocaron dos incendios que dejaron negras cuencas vacías y la boca permanentemente abierta, mostrando las marcas de las caricias del fuego. El jardín que rodea aquel monstruo de otros tiempos creció sin control alguno, y muchas de las ramas de los árboles descansaban dentro y fuera, en la calzada exterior, buscando su lugar.

Un día apareció el viejo barbudo, y se puso a limpiar un poco. Pronto llegaron otros dos, y entre los tres limpiaron la selva de árboles caídos y hierbas salvajes que tapaban la boca del edificio, y poco a poco lo fueron despejando, sacando los escombros dejados por los chatarreros por la puerta de la nave. 

Un camping gas ayuda para cocinar. Hay mantas y colchones, y han tapado las cuencas con tablones de conglomerado y hasta parecen haber recuperado algo de su aspecto de ventanas. Pronto llegaron al lugar más personas, y se asentaron allí, pues donde no comen tres, no comen cuatro ni los que hagan falta, será por miseria. Cuando hace buen tiempo, salen al jardín a tomar café por las tardes. Siempre tienen café, lo huelo al pasar por allí, me llega el aroma desde la enorme cafetera italiana de color negro que reposa sobre una mesa de oficina que puedo ver a través de la puerta siempre abierta. Uno de los nuevos inquilinos, el más joven, de unos cuarenta años, con una espesa cabellera negra y rizada tapada con un pañuelo, hace las veces de camarero. Una mujer tiende ropa tras ellos. Vino acompañada de un niño de unos doce años. Aquí y allá comienzan a surgir espejismos de vida.

No sé cuantos son, pero a veces alguno de ellos se para a hablar conmigo cuando vuelvo del bar del polígono a la hora de la comida. Un viejo rumano, con un  bigote enorme y una oreja izquierda que no es tal, apenas un agujero insondable pegado tras la sien, sonríe cuando me ve y me da las buenas tardes. Otro viejo, que viste pantalones de pana verdes, siempre los mismos, me pregunta de vez en cuando qué hay de menú en el bar, y se mira los bolsillos si le gusta, a ver si tiene los ocho euros que cuesta. Generalmente no los tiene y se toma una caña con un pincho o un sandwich, si la venta de chatarra le ha dado para ello. Nunca ha permitido que le preste el dinero que le falta para un menú.

La miserable normalidad les da para muchas risas y para jugar a las cartas por las tardes. Por las mañanas, tres o cuatro recogen chatarra y la venden al peso en la chatarrería cercana, algo que se está convirtiendo en el deporte oficial del Distrito. El dueño de la chatarrería ha ganado mucho dinero estos años y ha adquirido otra nave en uno de los polígonos nuevos de la ciudad con lo sacado comprando y vendiendo las tripas de las casas y las antiguas ilusiones de otros, rotas en mil pedazos pues hay que separar los materiales, aluminio con aluminio, hierro con hierro, o te pagará menos. Decenas de personas machacan lo que encontraron por ahí hasta separar todos los materiales, o bien es lo que algún día compraron sin pensar que la propiedad es algo efímero.

Los nuevos inquilinos del polígono son tranquilos y educados. Si cierras los ojos a la miseria, la pantomima es creíble, pero a veces sus rostros se resquebrajan mirando al vacío, se les rompen las tripas o el alma, la mujer se desespera mirando a su hijo de doce años, que tiene el rostro moreno y unos enormes ojos tristes. Saben que en cualquier momento pueden verse obligados a largarse de allí. Raro es el día que no aparece una pareja de policías y empieza a preguntar.

Documentación, desde cuando están ahí, ¿saben que este edificio tiene dueño? Ellos asienten, y algunos se esconden en la planta superior más por cansancio que por tener algo que ocultar que no sean cantidades delirantes de exclusión. Los policías quieren saber, porque al parecer es algo de suma importancia. ¿Que qué hacen ahí? Vivir, coño. Vivir. ¿Tú no vives o qué?

lunes, 12 de enero de 2015

El cartonero

Aquí se murió un gitano que ya no podía cargar más con su hígado y al que la vida le había dejado fuera, con seis hijos, cinco de ellos con algún grado de minusvalía, un gitano que cojeaba un poco de la pierna izquierda y era alto y torcido como una vela. Tenía los ojos azules y las cejas permanentemente arqueadas, y sonreía cuando veía niños aunque no con los ojos, los ojos no sonreían, que estaban para dentro.

Como no podía mantener a la familia vendiendo cartones, cogió un carrito de supermercado, de esos de cuando aún no había que poner una moneda en ellos, y se lo trajo al bloque y por las tardes vendía chucherías y el carrito le servía de muestrario. 

Tenia todo tipo de gominolas. Las compraba en un almacén para mayoristas que había cerca del barrio, y te las traía aquí sin cobrar el transporte. En invierno, llevaba el anorak con la capucha subida, abrochado hasta la nariz, y parecía que le estabas comprando gominolas a la mismísima Muerte.

El negocio le duró poco, pero obtuvo otro, un puesto de venta de helados, gracias al ayuntamiento, y allí trabajaban todos, él y sus seis hijos. El puesto no estaba en el barrio, pero si querías helados como los del puesto, sólo tenías que ir a su casa y preguntar a la hija mayor qué helados tenía, y te sacaba el cartel, pues apenas sabía hablar, y elegías. 

Su mujer se ha ido derritiendo poco a poco desde aquellos años, temblando como un flan al caminar, acompañada siempre de alguno de sus hijos que llevan y traen a la madre con cuidado de que no se desborde, pura agonía ya, y no puedan recogerla.

Quizá aún recuerda a aquel imponente gitano alto que algún día durmió con ella, el de los ojos para dentro y el hígado cargado, el cojo del anorak, la muerte anunciada entre la miseria y ni una alegría en la vida, aquel gitano que me veía en el portal y siempre me acariciaba el pelo y murmuraba mi nombre y me preguntaba por mi viejo, y se iba a vender cartones  o a por gominolas. Un día te llevan al hospital y al otro estás muerto,  y ya sólo eres recuerdos en la cabeza de alguien y aún ser eso es una suerte.

domingo, 4 de enero de 2015

Artistas

En la plaza hay una especie de parque absurdo con un extraña montaña de planchas de hormigón cuadradas rodeada de arena. El hormigón está feo después de pasar tantos años ahí fuera sin poder moverse, y la arena ha ido desapareciendo poco a poco y hoy apenas hay la justa para tapar los cimientos de la montaña. Algunas mierdas de perro salpican el parque aquí y allá como pequeños oasis que flotan en los días de lluvia.

Cuando era niño también era un sitio feo, aunque conservaba la arena y los ángulos de la montaña intactos. No recuerdo haber jugado mucho allí, porque allí era donde los macarras se juntaban a fumar canutos o a taladrarse las venas, o a beber litronas de Mahou o a consumir la basura que estuviera de moda. Se sentaban en la montaña, o bien en los pequeños muros de hormigón que rodean el parque, y allí se tiraban las horas muertas, pues es así como los muertos pasan las horas. Todo era gris. Hormigón gris, sucio y hostil. Los hermanos pequeños de los macarras deambulaban por allí en bici o en monopatín, esperando, quizá, que les llegara el turno con la edad, y pasar a formar parte de las élites de la plaza. 

R. era un tío raro. No sé si tenía talento, pero ponía mucho entusiasmo. Unas navidades vino a tomar café a casa con su novia, y nos regaló un póster diseñado por él. Había mandado hacer unos cuantos para la gente a la que apreciaba, y mi hermano mayor y mi familia habíamos sido agraciados. Era el dibujo de un cíclope de varios colores sentado en la posición de loto, rodeado de extrañas formas. Tengo un vago recuerdo de la explicación que dio R. de lo que pretendía transmitir. Con aquella mirada perturbadora, algún diente de menos, y el eterno Ducados en los labios, machacaba las palabras, y con su voz desgarrada, dijo:

- Mis locuras, tío. - y de repente dejó de explicar como si no supiera muy bien de qué estaba hablando.

Estaba loco. Tanto, que un buen día se plantó en el parque de la montaña de hormigón con varios botes de esmalte sintético de diferentes colores, brochas, pinceles y un bloc de dibujo con algunos bocetos. Desde la ventana del salón, en casa no dejábamos de mirar, preguntándonos qué estaría tramando. Creímos que se iba a liar a pintar algo sin ayuda de nadie, y nos preguntamos si le durarían mucho los botes de pintura antes de poder dar un brochazo. Al rato, los macarras de la zona empezaron a llegar, y los chavales en bici y monopatín también. Rodearon a R. Empezó a explicar, y los demás asintieron como el que está escuchando a un profesor. Repartió los bocetos a todos los que andaban por allí, y fue abriendo los botes de esmalte. 

Fue un espectáculo, en serio. Todos los macarras, yonquis de los de antes, de los que aún no eran cadáveres, los fumados y chorizos de medio pelo del bloque, se pusieron manos a la obra. Cuando R. veía que no se estaba haciendo lo que él pretendía que se hiciera, se acercaba y les pegaba la bronca, y los yonquis agachaban la cabeza y asentían con humildad. Estuvieron todo el día pintando, y al final de la jornada no quedó ni un solo rincón de la plaza sin pintar: unas montañas allá, un velero en el otro lado, flores, vivos colores por todas partes, figuras casi infantiles, apenas unos torpes monigotes, salpicaban las paredes de una punta a otra de la plaza, y los macarras tenían la ropa llena de pintura y reían entre ellos mientras los más pequeños eran vigilados de cerca por R.

Aún no eran los cadáveres que luego fueron, de los que caminan embrujados por las enfermedades y la heroína o de los que ya no caminarán nunca. Estaban allí dándose palmadas en la espalda, con las camisetas de tirantes o de mangas cortadas, los vaqueros elásticos y los tatuajes treneros, felices, comportándose como críos. Se me hiela la sonrisa cuando pienso que no se comportaban como críos: en realidad lo eran. Dejaron de serlo a patadas. Hicieron algo, y lo hicieron juntos. Y se sintieron bien. No era fácil verles sonreír, aunque aún tenían dientes.

R. se fue del barrio y estuvo muchos años fuera, pero ha vuelto. El otro día me topé con él en el estanco. Aunque conserva esa extraña mirada bajo una única ceja, parece como si el entusiasmo se le hubiera acabado para siempre. Ni tan siquiera queda ya algún resto del arte de aquel día en la plaza. El esmalte se fue y volvió el hormigón, y prácticamente ninguno de los que estuvo allí pintando está aquí para saludarle. 

Quizá es que dejó un barrio y encontró un cementerio.