lunes, 12 de enero de 2015

El cartonero

Aquí se murió un gitano que ya no podía cargar más con su hígado y al que la vida le había dejado fuera, con seis hijos, cinco de ellos con algún grado de minusvalía, un gitano que cojeaba un poco de la pierna izquierda y era alto y torcido como una vela. Tenía los ojos azules y las cejas permanentemente arqueadas, y sonreía cuando veía niños aunque no con los ojos, los ojos no sonreían, que estaban para dentro.

Como no podía mantener a la familia vendiendo cartones, cogió un carrito de supermercado, de esos de cuando aún no había que poner una moneda en ellos, y se lo trajo al bloque y por las tardes vendía chucherías y el carrito le servía de muestrario. 

Tenia todo tipo de gominolas. Las compraba en un almacén para mayoristas que había cerca del barrio, y te las traía aquí sin cobrar el transporte. En invierno, llevaba el anorak con la capucha subida, abrochado hasta la nariz, y parecía que le estabas comprando gominolas a la mismísima Muerte.

El negocio le duró poco, pero obtuvo otro, un puesto de venta de helados, gracias al ayuntamiento, y allí trabajaban todos, él y sus seis hijos. El puesto no estaba en el barrio, pero si querías helados como los del puesto, sólo tenías que ir a su casa y preguntar a la hija mayor qué helados tenía, y te sacaba el cartel, pues apenas sabía hablar, y elegías. 

Su mujer se ha ido derritiendo poco a poco desde aquellos años, temblando como un flan al caminar, acompañada siempre de alguno de sus hijos que llevan y traen a la madre con cuidado de que no se desborde, pura agonía ya, y no puedan recogerla.

Quizá aún recuerda a aquel imponente gitano alto que algún día durmió con ella, el de los ojos para dentro y el hígado cargado, el cojo del anorak, la muerte anunciada entre la miseria y ni una alegría en la vida, aquel gitano que me veía en el portal y siempre me acariciaba el pelo y murmuraba mi nombre y me preguntaba por mi viejo, y se iba a vender cartones  o a por gominolas. Un día te llevan al hospital y al otro estás muerto,  y ya sólo eres recuerdos en la cabeza de alguien y aún ser eso es una suerte.

domingo, 4 de enero de 2015

Artistas

En la plaza hay una especie de parque absurdo con un extraña montaña de planchas de hormigón cuadradas rodeada de arena. El hormigón está feo después de pasar tantos años ahí fuera sin poder moverse, y la arena ha ido desapareciendo poco a poco y hoy apenas hay la justa para tapar los cimientos de la montaña. Algunas mierdas de perro salpican el parque aquí y allá como pequeños oasis que flotan en los días de lluvia.

Cuando era niño también era un sitio feo, aunque conservaba la arena y los ángulos de la montaña intactos. No recuerdo haber jugado mucho allí, porque allí era donde los macarras se juntaban a fumar canutos o a taladrarse las venas, o a beber litronas de Mahou o a consumir la basura que estuviera de moda. Se sentaban en la montaña, o bien en los pequeños muros de hormigón que rodean el parque, y allí se tiraban las horas muertas, pues es así como los muertos pasan las horas. Todo era gris. Hormigón gris, sucio y hostil. Los hermanos pequeños de los macarras deambulaban por allí en bici o en monopatín, esperando, quizá, que les llegara el turno con la edad, y pasar a formar parte de las élites de la plaza. 

R. era un tío raro. No sé si tenía talento, pero ponía mucho entusiasmo. Unas navidades vino a tomar café a casa con su novia, y nos regaló un póster diseñado por él. Había mandado hacer unos cuantos para la gente a la que apreciaba, y mi hermano mayor y mi familia habíamos sido agraciados. Era el dibujo de un cíclope de varios colores sentado en la posición de loto, rodeado de extrañas formas. Tengo un vago recuerdo de la explicación que dio R. de lo que pretendía transmitir. Con aquella mirada perturbadora, algún diente de menos, y el eterno Ducados en los labios, machacaba las palabras, y con su voz desgarrada, dijo:

- Mis locuras, tío. - y de repente dejó de explicar como si no supiera muy bien de qué estaba hablando.

Estaba loco. Tanto, que un buen día se plantó en el parque de la montaña de hormigón con varios botes de esmalte sintético de diferentes colores, brochas, pinceles y un bloc de dibujo con algunos bocetos. Desde la ventana del salón, en casa no dejábamos de mirar, preguntándonos qué estaría tramando. Creímos que se iba a liar a pintar algo sin ayuda de nadie, y nos preguntamos si le durarían mucho los botes de pintura antes de poder dar un brochazo. Al rato, los macarras de la zona empezaron a llegar, y los chavales en bici y monopatín también. Rodearon a R. Empezó a explicar, y los demás asintieron como el que está escuchando a un profesor. Repartió los bocetos a todos los que andaban por allí, y fue abriendo los botes de esmalte. 

Fue un espectáculo, en serio. Todos los macarras, yonquis de los de antes, de los que aún no eran cadáveres, los fumados y chorizos de medio pelo del bloque, se pusieron manos a la obra. Cuando R. veía que no se estaba haciendo lo que él pretendía que se hiciera, se acercaba y les pegaba la bronca, y los yonquis agachaban la cabeza y asentían con humildad. Estuvieron todo el día pintando, y al final de la jornada no quedó ni un solo rincón de la plaza sin pintar: unas montañas allá, un velero en el otro lado, flores, vivos colores por todas partes, figuras casi infantiles, apenas unos torpes monigotes, salpicaban las paredes de una punta a otra de la plaza, y los macarras tenían la ropa llena de pintura y reían entre ellos mientras los más pequeños eran vigilados de cerca por R.

Aún no eran los cadáveres que luego fueron, de los que caminan embrujados por las enfermedades y la heroína o de los que ya no caminarán nunca. Estaban allí dándose palmadas en la espalda, con las camisetas de tirantes o de mangas cortadas, los vaqueros elásticos y los tatuajes treneros, felices, comportándose como críos. Se me hiela la sonrisa cuando pienso que no se comportaban como críos: en realidad lo eran. Dejaron de serlo a patadas. Hicieron algo, y lo hicieron juntos. Y se sintieron bien. No era fácil verles sonreír, aunque aún tenían dientes.

R. se fue del barrio y estuvo muchos años fuera, pero ha vuelto. El otro día me topé con él en el estanco. Aunque conserva esa extraña mirada bajo una única ceja, parece como si el entusiasmo se le hubiera acabado para siempre. Ni tan siquiera queda ya algún resto del arte de aquel día en la plaza. El esmalte se fue y volvió el hormigón, y prácticamente ninguno de los que estuvo allí pintando está aquí para saludarle. 

Quizá es que dejó un barrio y encontró un cementerio.