domingo, 31 de mayo de 2015

Morir

No sé si has visto morir a alguno. Mueren invadidos de miseria y enfermedades. Aunque para morir hay que estar vivo, y no es seguro que lo estén. Tal vez sueñan antes de morir, y en ese sueño recuperan los dientes, y desaparece el sarcoma, y van limpios y viven en una casa, no en un poblado, no en un local vacío con un cubo en un rincón donde hacen sus necesidades, y no tienen cicatrices en los brazos, ni tienen que salir a pillar, ni la morfina invade sus cerebros, ni asoman los dedos de los pies por el roto de las zapatillas. Tal vez sueñan que comen bien, y descansan en una habitación aséptica, que huele a limpio, y hasta tienen un cuarto de baño. Tal vez sueñan que no hay otro yonqui cerca robándoles en un descuido o discutiendo por estupideces. Tal vez sueñan así, en el último suspiro, con la última dosis, y tienen mofletes en lugar de pómulos y la tez blanca o morena, pero no amarillenta, y tal vez es como volver atrás, antes de la aguja, antes de las colas de la metadona, antes de ir al Lianchi o a San Blas o a la Cañada Real, antes de robar y antes de la cárcel.

- Le conozco de trabajar en Urgencias, tiene todas las enfermedades que te puedas imaginar y las que no también. Lo increíble es que siga vivo - me dijo un tipo.

Ojalá tengan un último sueño, unos instantes de felicidad falsa y efímera

Pero no. Seguro que mueren solos, como aquel, mi vecino, con su perro pulgoso y sucio que aulló toda la noche frente al cadáver sobre un colchón que olía a excrementos. Y el perro está solo y el hombre está muerto, y ya es tarde para soñar, y lo único que queda es el dolor dentro de un perro. Un perro vivo y un perro muerto, un local abandonado, una aguja. Muerte
.

Pero yo te recuerdo.

viernes, 1 de mayo de 2015

1º de mayo

Atravesamos nuestro barrio y Nuestra Señora de Belén, el barrio vecino, hasta llegar al descampado. En aquellos entonces, no había nada allí, solo hierbajos, escombros, y algún yonqui languideciendo. A nuestra derecha, el puente de Liade, que sigue hoy manteniendo su nombre aunque la empresa Liade ya no existe, y al fondo, el edificio de Ibelsa (Zanussi) y el de ZUL, la central lechera alcalaína, que también murió, como todo en esta ciudad.

Mi madre llevaba una bolsa con comida, al igual que M. que tenía a su marido encerrado en la fábrica, en huelga. Mi padre nos guiaba por los descampados, y los hijos de M. y C. jugaban conmigo. 

Era 1986. Yo tenia once años cuando Ibelsa decidió poner en marcha un plan de reconversión y mandar a casi quinientos trabajadores a la puta calle, pues en eso, únicamente en eso consistía el plan. No hubo reconversión de ningún tipo. La empresa contaba con mil empleados. El conflicto fue tan tenso que cuando los directivos entregaron las cartas de despido, los trabajadores retuvieron a sus verdugos durante varias horas, entre ellos al pusilánime director de la fábrica, al jefe de personal y a dos jefes de producción.

Aquel día, llegamos a Ibelsa y nos sentamos en los jardines. Por todas partes había grupos de familias en la misma situación, aquello era un curioso picnic del hambre futura, una lucha desigual y constante. Los trabajadores de ZUL, justo al lado, pasaban leche y productos lácteos a los compañeros de Ibelsa a través de la valla. C. estaba muy cansado.

- Estoy hasta los cojones de comer pollo - dijo al vernos.

Mi madre le había llevado cocido. 

No recuerdo cuanto tiempo estuvieron allí encerrados, pero sí que C. perdió su trabajo. Una familia con tres hijos a los que alimentar. Cientos de familias se vieron con el culo al aire después de una lucha muy dura.

C. se puso a pintar casas con mi padre mientras estuvo en el paro. Mi viejo salía de su trabajo para ir a pintar con él, y así estuvieron muchos meses, hasta que C. encontró un trabajo en una empresa que fabricaba cerraduras.

Los trabajadores de Ibelsa perdieron, y aún hoy C. tiene feas palabras para esquiroles, directivos y presidentes de la Comunidad de Madrid de entonces. Mi viejo también. Ambos están unidos por una vieja amistad, por unas ideas, un barrio y un sindicato. Cuando viajo a Madrid hoy, veo los edificios de la empresa, que aún conservan el nombre de Zanussi en uno de ellos. Poco a poco, han ido vaciando el recinto de trabajadores. El edificio de oficinas está abandonado, y lo que fue la fábrica funciona a medio gas hoy como empresa de logística y océano de precariedad. No me cuesta imaginar la tristeza que eso provoca en mi viejo y en C. al pasar por allí, la angustia de la lucha perdida y el orgullo de plantar cara.

C. y mi padre se conocen de toda la vida. Su amistad comenzó cuando aún eran adolescentes, en las Tierras Altas de Soria, donde ambos eran pastores. Esa amistad se hizo más fuerte cuando nuestras familias vinieron a Alcalá a buscarse la vida. La Alcalá industrial, hoy muerta. Por encima de todo, estos dos viejos han sabido mantener su amistad hasta el día de hoy. Están jubilados y juegan a las cartas a diario. La semana pasada fueron juntos a por setas. Trajeron colmenillas y mi padre hizo arroz con ellas. 

Dos trabajadores que tienen mucho que contarse aunque lo sepan todo el uno del otro. Dos hombres con conciencia de clase a los que nada en la delirante historia reciente de este pais ha logrado separar. 

Va por ellos. Feliz 1º de mayo. Viva la lucha de la clase obrera.