domingo, 20 de septiembre de 2015

Parques y jardines

Hay un jardín entre dos bloques del barrio. En esa zona de los bloques no suele haber nada, salvo maleza que el ayuntamiento decide cortar cuando intuye que los vecinos podrían salir ardiendo dada la frondosidad que suele adquirir. No es que les importe más allá de titulares feos en la prensa, supongo.

El jardín está vallado con rejas, trozos arrancados aquí y allá de la vida de las personas, que son sus hierros, herrumbrosos y descascarillados, chatarra superviviente que poco a poco se ha ido cubriendo por las enredaderas y los rosales, como si por una vez la vida abrazara a la muerte en el desierto de hormigón. 

A veces he visto a alguna vecina regando.  Saca una manguera del portal hasta el jardín. La mujer entra apartando un trozo de somier metálico.  Las plantas enredaderas suben a través de hierros forjados de un lado a otro. Supongo que esa bóveda se debe de ver desde los pisos superiores. Pero nadie entra en el jardín salvo para regar. Nadie puede tocar lo que hay dentro, salvo los vecinos y algún gato callejero. No hay paseos en su interior, sólo plantas. Los vecinos plantaron eso, supongo, hartos de ver un descampado a sus puertas. No está muy cuidado, pero es frondoso. Apenas puedes intuir algo del interior desde fuera. Quizá, desde arriba, se pueda ver lo que hay dentro, un oasis que libera de la asfixia.

Cuando vuelvo al barrio, recorro la parte exterior hasta llegar a mi bloque. A la izquierda comienza el glorioso casco histórico. A mi derecha, unas enormes jardineras de hormigón dejan vivir dentro a algunos pinos. Uno de los pinos ha resquebrajado la jardinera, los escalones adyacentes y parte del pavimento con las raíces. Puedes subir en una de ellas, recorrerla por un sendero de adoquines rotos hasta una zona con chopos talados hace años. Parece como si el pino quisiera huir del barrio, arrancarse del hormigón, salir corriendo sin mirar atrás. Tal vez es el ser vivo más vivo del paseo ancho, y probablemente acabará partiendo la jardinera del todo, y no podrá huir, caerá desplomado al suelo, y operarios del ayuntamiento se lo llevarán donde quiera que mueran los árboles.

De niño veía cómo mi padre cuidaba las plantas de la jardinera frente a nuestro portal. Recuerdo adelfas y romero y un rosal. Recuerdo una pasionaria y mi padre explicándome que su flor duraba apenas unos días. A mí me parecía la flor más bonita que había visto nunca y pasaba mucho tiempo mirándolas. Quizá fue entonces cuando comprendí que la belleza es efímera y que la muerte nos acompaña. 

Hace unos días fui a ver a mi padre. La jardinera está vacía salvo por una solitaria adelfa. Ha sido limpiada en su totalidad, las vallas han desaparecido. No pregunté por el autor de aquello. Ahora, en la plaza, no hay jardines de ningún tipo. Unos pinos torcidos a punto de caer al fondo, cuatro falsos plátanos, nada más. La plaza está un poco más muerta que de costumbre.

El jardín frondoso está dos bloques más allá. No fui a verlo. Me pregunté si habría corrido la misma suerte que el de nuestra jardinera. Deseo con todas mis fuerzas que siga allí.

Los jardines, eso sí, han tardado más en morir que muchos de los que quedaron atrapados en la heroína. Pero como el pino, quieren salir de allí. Por los que no pudieron, tal vez. Por los muertos y los que han caído en el olvido. Un desierto de hormigón salpicado de verde.