domingo, 8 de febrero de 2015

Nuevos modelos de familia

Es un edificio pegado a una nave contigua.  El dueño de la empresa se vio obligado a cerrar, y lo puso todo en venta. Como nadie la compraba, lo puso en alquiler. Como nadie quiso alquilar, abandonó el edificio y la nave a su muerte.

Los chatarreros limpiaron bien la nave. Arrancaron todos los marcos de metal, las vallas que  rodean el jardín a la entrada, los cables, los saneamientos, los cristales, las tuberías, las puertas. Provocaron dos incendios que dejaron negras cuencas vacías y la boca permanentemente abierta, mostrando las marcas de las caricias del fuego. El jardín que rodea aquel monstruo de otros tiempos creció sin control alguno, y muchas de las ramas de los árboles descansaban dentro y fuera, en la calzada exterior, buscando su lugar.

Un día apareció el viejo barbudo, y se puso a limpiar un poco. Pronto llegaron otros dos, y entre los tres limpiaron la selva de árboles caídos y hierbas salvajes que tapaban la boca del edificio, y poco a poco lo fueron despejando, sacando los escombros dejados por los chatarreros por la puerta de la nave. 

Un camping gas ayuda para cocinar. Hay mantas y colchones, y han tapado las cuencas con tablones de conglomerado y hasta parecen haber recuperado algo de su aspecto de ventanas. Pronto llegaron al lugar más personas, y se asentaron allí, pues donde no comen tres, no comen cuatro ni los que hagan falta, será por miseria. Cuando hace buen tiempo, salen al jardín a tomar café por las tardes. Siempre tienen café, lo huelo al pasar por allí, me llega el aroma desde la enorme cafetera italiana de color negro que reposa sobre una mesa de oficina que puedo ver a través de la puerta siempre abierta. Uno de los nuevos inquilinos, el más joven, de unos cuarenta años, con una espesa cabellera negra y rizada tapada con un pañuelo, hace las veces de camarero. Una mujer tiende ropa tras ellos. Vino acompañada de un niño de unos doce años. Aquí y allá comienzan a surgir espejismos de vida.

No sé cuantos son, pero a veces alguno de ellos se para a hablar conmigo cuando vuelvo del bar del polígono a la hora de la comida. Un viejo rumano, con un  bigote enorme y una oreja izquierda que no es tal, apenas un agujero insondable pegado tras la sien, sonríe cuando me ve y me da las buenas tardes. Otro viejo, que viste pantalones de pana verdes, siempre los mismos, me pregunta de vez en cuando qué hay de menú en el bar, y se mira los bolsillos si le gusta, a ver si tiene los ocho euros que cuesta. Generalmente no los tiene y se toma una caña con un pincho o un sandwich, si la venta de chatarra le ha dado para ello. Nunca ha permitido que le preste el dinero que le falta para un menú.

La miserable normalidad les da para muchas risas y para jugar a las cartas por las tardes. Por las mañanas, tres o cuatro recogen chatarra y la venden al peso en la chatarrería cercana, algo que se está convirtiendo en el deporte oficial del Distrito. El dueño de la chatarrería ha ganado mucho dinero estos años y ha adquirido otra nave en uno de los polígonos nuevos de la ciudad con lo sacado comprando y vendiendo las tripas de las casas y las antiguas ilusiones de otros, rotas en mil pedazos pues hay que separar los materiales, aluminio con aluminio, hierro con hierro, o te pagará menos. Decenas de personas machacan lo que encontraron por ahí hasta separar todos los materiales, o bien es lo que algún día compraron sin pensar que la propiedad es algo efímero.

Los nuevos inquilinos del polígono son tranquilos y educados. Si cierras los ojos a la miseria, la pantomima es creíble, pero a veces sus rostros se resquebrajan mirando al vacío, se les rompen las tripas o el alma, la mujer se desespera mirando a su hijo de doce años, que tiene el rostro moreno y unos enormes ojos tristes. Saben que en cualquier momento pueden verse obligados a largarse de allí. Raro es el día que no aparece una pareja de policías y empieza a preguntar.

Documentación, desde cuando están ahí, ¿saben que este edificio tiene dueño? Ellos asienten, y algunos se esconden en la planta superior más por cansancio que por tener algo que ocultar que no sean cantidades delirantes de exclusión. Los policías quieren saber, porque al parecer es algo de suma importancia. ¿Que qué hacen ahí? Vivir, coño. Vivir. ¿Tú no vives o qué?