domingo, 22 de febrero de 2015

El circo.

Si miras al hombre de espaldas, parece un payaso de circo. La calvicie le ha dejado una isla de pelo desde las sienes hasta la nuca, de color blanco. Como no se lo corta a menudo, se le encrespa y le da ese aspecto, a lo Charlie Rivel. Viste con ropa de trabajo, aunque tiene edad para estar jubilado. Tiene la cara surcada por engañosas líneas del tiempo, por lo que no es fácil asignarle una edad aproximada. La calle curte a las personas, las convierte en mojama, pellejos vivientes en una percha de huesos.

Al salir tarde del trabajo, no queda mucha gente en el polígono, y los que quedamos vamos largándonos de allí sin mirar atrás.  Esa tarde volvía a casa andando, y al pasar por la nave okupada por la extraña familia que lo es por necesidad, vi al payaso tirado en medio de la carretera, frente al edificio, con los ojos cerrados, un brazo estirado y el otro cogiéndose el pecho, las piernas encogidas, apenas una horquilla liviana en el asfalto. Unos metros más allá, un coche de alta gama de color rojo cortaba la calle, y un hombre trajeado hablaba histéricamente con alguien por teléfono.

Me detuve unos instantes, y al cabo de unos segundos otros trabajadores del polígono se fueron arremolinando alrededor de la escena. El hombre trajeado se guardó el móvil en el bolsillo del pantalón. Cruzó los brazos en el pecho y miró burlonamente al payaso, que mantenía la misma posicion.

- Lo hace otras veces. Se tira a los coches - dijo uno.

Miré al edificio okupado. Ninguno de los compañeros del payaso salió a auxiliarle. Estaban allí, en la parte superior del edificio, pero bastante tendrían con lo suyo.

Seguí mi camino, y me encontré con el dueño del restaurante, que me confirmó que el payaso se tira encima de los coches al pasar. Parece ser que el hombre busca algún tipo de indemnización, o quizá comida caliente, vete a saber. A lo lejos, suena la sirena de una ambulancia y quizá la policía. 

- A ti no se te tira, que no tienes coche - dijo entre risas el restaurador.

Me vino a la mente el tipo sin dedos del metro, que pide dinero mostrando los muñones, que habla como si no supiera hablar, a gritos, y pide disculpas con voz normal si se tropieza contigo al pasar. O el hombre de la pierna hinchada, con el pantalón remangado hasta la rodilla, paseando el grosor enfermo por todo el vagón. Y el tipo sin brazos que pide en la Puerta del Sol con un vaso de litro en la boca, agitándolo para que suenen las escasas monedas que lleva dentro. El libre mercado de miserias tiene una de las más amplias gamas de productos del planeta, y es el más libre de los mercados, pues es de las pocas cosas que puedes comprar en cualquier sitio, y siempre es barato, pues siempre hay excedente de desgracias.

Al día siguiente, el payaso tomaba café en el jardín junto al edificio, visiblemente somnoliento y evidentemente pobre.