domingo, 5 de abril de 2015

Las mejores familias

F. subió a las escaleras de hormigón para poder ver a su madre. Era demasiado bajo para su edad, trece años. Estaba nervioso, flexionando las rodillas, izquierda y derecha, izquierda y derecha, como si se estuviera meando. La camilla salió del portal. Dos chicos jóvenes habían bajado desde un 3º sin ascensor aquel cuerpo en vías de extinción, y a F. el corazón le golpeó en el pecho cuando el montón de carne parcialmente cubierto se dirigía hacia la ambulancia. El rostro que se dejaba ver miraba al techo de los soportales. Una mueca de dolor y de que se le escapaba el aire, una mujer rota por fuera, ajada como un juguete viejo.

- Mamá... - susurró F.

Sus hermanas le agarraron para llevárselo de allí mientras la madre desaparecía en el interior del vehículo. Las puertas se cerraron, y F. ya no pudo hablar, sólo le salían sonidos guturales y las lágrimas resbalaban por las mejillas para desembocar en las comisuras de los labios y en la barbilla, dejando surcos en su rostro sucio de juegos de barrio. Al rato, el silencio se impuso, un silencio que era el anuncio de que jamás volverían a ver a su madre viva. Lo supe porque mi madre estuvo muy triste en casa ese mismo día.

Quedaba el padre, claro. Pero estaba en la cárcel. Era un hombre que jamás conoció un peine, y al que le faltaban casi todos los dientes. Tenía un tatuaje trenero en el brazo izquierdo, una mujer con los pechos al aire, apenas un dibujo infantil. Cuando vivía en el barrio, iba a trabajar con una bolsa de deportes de Naranjito en la que llevaba el almuerzo. Los trabajos le duraban poco porque tenía que invertir parte de su vida en beber, y uno no puede estar en todo. 

Dos hijos y tres hijas, una madre muerta y un padre en la cárcel y comer con lo que les daban en Cáritas o lo que les daban algunos vecinos si ningún miembro de la familia tenía trabajo. F. era el hijo pequeño, al que se le descompuso el alma al ver partir a su madre.

El padre salió del cautiverio y volvió al barrio. Traía la bolsa del Naranjito, y un color amarillento adornando los ojos. Venía con menos dientes, si es que eso es posible, y aún no se había peinado. Sonrió a su hija mediana, en la puerta del portal, y se abrazaron, y ya nadie se acordó de qué le había llevado a la cárcel, y es que quizá daba un poco igual, se estaba muriendo y sería un alivio.

C., la madre de F., solía sentarse en verano en la plaza, en uno de los bancos de hormigón, con una botella de vidrio llena de agua helada y una bolsa de pipas. Cruzaba las piernas maltrechas y varicosas y las estiraba sobre la tierra, apoyando los talones que apenas cubrían las zapatillas en el suelo. Se puede ser feliz cuando un marido sin dientes está en la cárcel, o al menos intentarlo. 

Yo jugaba con sus hijos. Íbamos al parque que separa nuestro barrio del casco antiguo, y desde la parte de arriba  del tobogán podíamos ver parcialmente las películas de kung fú que proyectaban en el cine de verano, justo enfrente. Una vez, cavando en la tierra del parque, encontramos una cartera vacía y las llaves de un Talbot. Una vez me caí en el terrible asfalto que circundaba el recinto con arena de los columpios y aún conservo la cicatriz en la rodilla derecha, y mi madre y la hermana de F. me limpiaron la herida. 

A veces, eran felices, pero duraba poco. Han ido acumulando varias generaciones de desgracias desde la muerte de sus padres. Las más grandes se daban en silencio, las que no incluían sangre, se entiende. Las que marchitan en silencio, que te van minando con sigilo, que te recuerdan que no formas parte de nada más que tus miserias. 

Pasaron los años, y tanto F. como yo ya no éramos como fuimos. Creí que nunca le volvería a ver cuando se largó por ahí a trabajar con apenas dieciséis años. Las noticias no eran buenas: rumores de lo mal que le iba que se fueron apagando a medida que todos nos olvidábamos de él. Hasta que volvió.

Llegó en un coche nuevo, un todoterreno. Salió del vehículo, y se dirigió a la parte de atrás. Abrió una de las puertas y hurgó en el interior del coche. Sacó una niña de unos tres años que se puso a corretear por allí. Una mujer morena de rostro risueño salió del lado del copiloto, y los tres se juntaron en el aparcamiento. Venían de visita, pues aún les quedaba gente sufriendo aquí.

El recuerdo de las llaves del Talbot en la arena del parque me vino a la mente, y quise pensar que en algún momento de su vida, o quizás en ese mismo instante, a F. también. Nos saludamos apenas, con un movimiento tímido de cabeza, y me fui a lo mío. Dos personas absolutamente diferentes, unidas por un recuerdo bobo, pero unidas de alguna manera, de esa manera en la que se pueden unir dos extraños.

Periódicamente, recuerdo a C., moribunda, en la camilla, dejándose el alma en el barrio y viajando con su cuerpo al cementerio.