domingo, 31 de mayo de 2015

Morir

No sé si has visto morir a alguno. Mueren invadidos de miseria y enfermedades. Aunque para morir hay que estar vivo, y no es seguro que lo estén. Tal vez sueñan antes de morir, y en ese sueño recuperan los dientes, y desaparece el sarcoma, y van limpios y viven en una casa, no en un poblado, no en un local vacío con un cubo en un rincón donde hacen sus necesidades, y no tienen cicatrices en los brazos, ni tienen que salir a pillar, ni la morfina invade sus cerebros, ni asoman los dedos de los pies por el roto de las zapatillas. Tal vez sueñan que comen bien, y descansan en una habitación aséptica, que huele a limpio, y hasta tienen un cuarto de baño. Tal vez sueñan que no hay otro yonqui cerca robándoles en un descuido o discutiendo por estupideces. Tal vez sueñan así, en el último suspiro, con la última dosis, y tienen mofletes en lugar de pómulos y la tez blanca o morena, pero no amarillenta, y tal vez es como volver atrás, antes de la aguja, antes de las colas de la metadona, antes de ir al Lianchi o a San Blas o a la Cañada Real, antes de robar y antes de la cárcel.

- Le conozco de trabajar en Urgencias, tiene todas las enfermedades que te puedas imaginar y las que no también. Lo increíble es que siga vivo - me dijo un tipo.

Ojalá tengan un último sueño, unos instantes de felicidad falsa y efímera

Pero no. Seguro que mueren solos, como aquel, mi vecino, con su perro pulgoso y sucio que aulló toda la noche frente al cadáver sobre un colchón que olía a excrementos. Y el perro está solo y el hombre está muerto, y ya es tarde para soñar, y lo único que queda es el dolor dentro de un perro. Un perro vivo y un perro muerto, un local abandonado, una aguja. Muerte
.

Pero yo te recuerdo.