jueves, 30 de julio de 2015

Cadáveres

El lunes no vi a la pareja.

Surgen de entre los amenazadores edificios de ladrillo y hormigón, bajo los soportales que miles de veces he recorrido desde niño. Suben al autobús para ir a la Avenida de América a la misma hora que yo cuando salgo del trabajo. Ella lleva un gorro de tela vaquera para cubrir la calvicie causada por el tratamiento. El gorro ensombrece dos ojos pequeños y escrutadores. Tiene la nariz aguileña y los labios finos. La piel tiene aspecto pergaminoso. 

Él fuma alejado de la mujer a la espera de que llegue el autobús, y aplasta el cigarrillo negro en el césped antes de sentarse junto a ella. Los dos se cuecen al sol de julio, que aplasta los ánimos y pega la ropa al cuerpo. Aún conserva cierto aire de chulo de barrio, de andares adolescentes, de qué coño miras y ponme una Castellana. Tiene el pelo blanco, la nariz enorme, el cuerpo delgado y la mirada algo perdida. Cuando llega el autobús, ambos caminan con decisión, ella delante, y una vez dentro, él busca un sitio donde no de mucho el sol para que ella se siente y permanece de pie a su lado. A veces ella le quita algún trozo de papel quemado del cigarrillo de las mejillas y ambos sonríen mirándose a los ojos.


Cuando salen del barrio, ella cruza la calle a pasitos cortos y muy rápidos y él va perdonando al mundo con los brazos bamboleándose al caminar. Dos jubilados anunciando la evidente decrepitud de la zona, dos sepultureros de la memoria que no han querido o no han podido salir de allí. 

Entre miradas cómplices, se puede ver el miedo. Cuando llegan a Madrid, ella baja a una velocidad asombrosa del vehículo seguida de él, supongo que de camino al Gregorio Marañón o al Hospital de la Princesa. Tiene prisa por terminar con el tratamiento, como la tenía mi madre. Pero el miedo está ahí. Lo puedo ver.

Lo veo en sus ojos, en los de ambos, como un secreto compartido. Quizá tengan un pacto no escrito y nunca hablado sobre ello: no pensemos en eso ahora. No pensemos en eso nunca.

Vivir con esa incertidumbre es muy complicado. Hay un nudo en el estómago constante que intentas tapar con risas o hablando de cualquier estupidez. Si haces ruido, quizá no escuches que tal vez no exista un mañana para uno de los dos. Así que haz ruido. Él habla a veces sin parar, y suena a como suena el barrio, todo muy de chulería castiza. Ella también, con su hilo de voz aguda pero firme. Cuentan chascarrillos o las historias de algún compañero o compañera de terapia. Alguna vez el silencio ha sacado el hacha al hablar de alguien que ha muerto. Esto sucede sin que se den cuenta, con naturalidad. Cuando ocurre, él se mira los zapatos y ella aprieta los finos labios y se me llevan los demonios. 

El lunes no estaban y pensé que quizá había llegado el día, el final de una u otra forma. Tal vez la curación. Me vi un poco estúpido cuando el martes los encontré allí y él me saludó arqueando las cejas y sentí alivio. Tal vez le suene del barrio, no lo sé. 

Tal vez no se amen, no se quieran. Pero igual se comprenden y necesitan. La naturaleza no comprende y no te necesita, le eres indiferente.  Sólo eres un trozo de materia que se está deteriorando casi desde el día en el que naciste. Estás muriendo constantemente, como el barrio, nacido muerto. El barrio tampoco te comprende ni te necesita, es materia que engulle materia que de vez en cuando escupe a uno de nosotros lejos de él, y al que das la espalda con una extraña sensación de alivio y melancolía. 

Al menos, ellos se tienen. Quién sabe si hasta el próximo lunes.

Nos morimos.